El hombre que no había hecho nada

2 febrero 2026

Las noches de verano salía a respirar al balcón. Se sentaba y, sin mirar las estrellas, leía las historias del cielo inalcanzable.

-¿Te gustaría volver a surcarlo? – siempre le preguntaba su memoria.

-¿Yo?- se contestaba-Nunca hice nada importante para merecerlo.

– Y, sin embargo, viajaste por el firmamento, te bañaste en esponjosas nubes,…

-Niñerías- como si no tuviese pasado – solo era mi forma de vivir, nada especial, nada que añorar.

Entonces miraba el futuro infinito y sonreía arrugando un poco más su cara. -Lo hecho hecho está y, en realidad, no es nada. He sido feliz, lo tengo todo por delante.

– Ya tienes ochenta y tres años – le recordó su memoria.

– ¿Ochenta y tres? Nunca había estado en un país como ese.

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El rey solitario

26 enero 2026

Hacía tiempo que el rey no recibía a nadie. Pasaba día y noche jugando en la soledad absoluta de su cuarto. Solo permitía que llamasen tres veces a su puerta; un golpe cada vez. Escuchaba el «toc” y esperaba diez minutos antes de abrir y encontrar desayuno , comida o cena en bandeja de plata.

Comía y dejaba los restos del otro lado, sin ningún contacto con sus subditos.

Preso de lujos por decisión, no quería ni necesitaba salir. Era el rey solitario, le debían obediencia y el mundo tenía que girar en la dirección que había escogido aunque, siempre, lloraba su aislamiento.

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Normalidad

19 enero 2026

Era nadie. Se había fundido hasta ser paisaje. Con sus movimientos maquinales. Hasta el descanso era rutinario y frío, carente de significado.

-¿Jugaras hoy conmigo ? – Le dijo el pequeño a destiempo.

– No hemos programado esta diversión. En tres horas tal vez, – repasó la agenda – tengo un hueco.

– Nadie te necesitará en el infinito. La eternidad puede ser una carga pesada.

-Yo soy nadie- dijo extraño de tanta normalidad.

LaRataGris.


Uno, dos, tres…

12 enero 2026

Era aún pequeño cuando aprendió a contar. Podía agrupar hasta veinte objetos sin esfuerzo; llegaba a treinta si se concentraba. El treinta y uno, al principio, se le escapaba.

Como no sabía hablar nadie se enteró de su proeza.

Creció y creció también su habilidad. Claro que superó los treinta y seis colores de su caja de lapiceros, los trescientos sesenta y cinco días de un año pasaron mientras él contaba los granos de arroz de cada paella, la arena del desierto, el número de estrellas que veía: las que se le escapaban, las vivas, las muertas.

Contaba horas, minutos y segundos; los latidos de su corazón, su ausencia: cero y murió demasiado pequeño como para poder ser algo más que una estadística.

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Superviviente del frío

22 diciembre 2025

sobrevivió al invierno. Se despertó en primavera, escuálido como una ramita quebradiza; ya sin fuerzas, con la despensa temblando como había temblado él.

La nieve se derretía, la vida regresaba. Salió con la inercia de quien quiere recuperar su existencia.

Una brisa suave lo tambaleaba en un baile extraño.

– Mmm – Musitó como si fuese esa palabra la única que podía pronunciar. Rió, cerró los ojos y se dejó caer.- He sobrevivido al invierno, ya puedo morir- como si sobrevivir fuese el objetivo.

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Hombre roto

15 diciembre 2025

De alguna manera que era incapaz de comprender, se había roto. Se le veía en la cara, incluso antes de desmoronarse. No tenía que decirlo, había caducado como caducan los árboles en otoño.

– Ven – quiso repararlo. Lo abrazó esperando una reacción que no llegaba. Dejaba que el viento lo rodease; sin crecer, sin desmoronarse.

Se separó, aflojó la presa sabiéndose insuficiente. De alguna forma se había roto y no se quería reparar.

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La Caída

8 diciembre 2025

Hubo al principio una ascensión lenta y dirigida. Hacia abajo, la caída, se veía terrible. Hacia arriba lenta, dirigida, monótona; parecía interminable. Como si el pico de la montaña fuese un cielo inalcanzable.

Ya no importa. Resbaló y cayó como un relámpago fulminante. Cuando la fricción lo desposeyó de fuerza e iniciativa continuó deslizándose pendiente abajo, paulatina e irremediablemente.

Contrariamente a lo que te puedas imaginar, con cada giro, cada metro perdido; se sentía más lleno y feliz. Se iba quitando el lastre innecesario hasta que, desnudo, frenó contra un saliente.

Con el cuerpo magullado y las fuerzas reducidas gritó- ¡Fuera la careta del triunfo!¡Adiós al disfraz de la aceptación!

Hasta el averno había sido un viaje rápido y trepidante, mucho más de lo que fue la pesada subida. La adrenalina de tantos años explotó en luces dolorosas.

De pie respiró el aire puro del infierno y se sintió como en la promesa de un paraíso perdido. Se sentó a admirar aquel lugar idealizado.

Sobre su cabeza sonaban los cantos de sirena. Por debajo, en un abismo más profundo, los lamentos condenados.

Estaba en el lugar perfecto y  no decidió quedarse. Se lanzó de cabeza dispuesto a ser uno más de los únicos que aún pueden cambiar el mundo.

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Cuarenta y pocos

1 diciembre 2025

-Cuarenta. Cuarenta y pico- un pico pequeño, piensa intentando fingir que no existe el peso de los años. Luego sonríe para la foto, sin poder esconder sus ojos tristes.

-¿Cuánto llevas en la empresa?

-Más de media vida- eternidad. Como si su tiempo anterior  fuese inexistente, una anécdota sin importancia, que nadie recuerda. Todo comienza al empezar a trabajar y, ahora, este homenaje.

La plantilla posa con uniformes nuevos, aseados hasta en lo invisible. Son el recuerdo y los valores de algo que la empresa necesita transmitir.

Otras tres fotos más para la revista interna.

-Cuarenta y pico años- esta vez deja que lo grabe un móvil. Montaran un video con los mejores instantes de la fiesta, mientras que él, desubicado, piensa que el mundo puede ser un lugar mejor. Sigue llorando por las injusticias, sigue teniendo las tonterías del adolescente que respira sueños y maravillas.

-La madurez-se dice- es solo una manera de aceptar la derrota: El mundo no va a cambiar,  te insisten; asume que es así y así será. Con el consejo sentaras la cabeza, aceptarás la tristeza de este mundo de mierda. No quieren cambiar nada, ni lo malo ni lo peor.

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Formulario B-11

24 noviembre 2025

Había una verdad de la que nadie hablaba. La sombra del régimen anterior continuaba siendo larga y pesada pero, había que callar por el bien de la estabilidad.

Convivíamos con los reflejos incluso cuando alguien pedía explicaciones, se le podía ignorar de una forma tan sencilla.

-El formulario b barra trescientos quince- Solicitó Iker haciendo que el funcionario levantase la vista del móvil para fingir tranquilidad.

– Tercera planta a la derecha, sección A cuatro.

Nadie negaba nada pero tampoco nadie entregaba nada en ese sube y baja constante: Planta dos, planta cuatro de nuevo, cinco, uno…

– Precisa el formulario B-11 para desbloquear la misiva 3 A

La ley amparaba sus preguntas, reconocía el nuevo poder, protegía al viejo.

-¿Puede hacerlo?

-Sí

-¿Vas a hacerlo?

-No- y era un no evasivo pues nadie quería quedar expuesto.

Todos sabíamos hacia dónde mirar para no quedar con las vergüenzas al aire. La normalidad se había instalado en ese terror silencioso.

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Parecía un poeta

17 noviembre 2025

En sus largos trayectos en metro Andrea se escondía tras las páginas de un libro. Eso la volvía invisible a los extraños que viajaban con ella.

Fue el poeta quien no pudo dejar de mirarla mientras pasaba las páginas entre suspiro y respiración.

-A veces encuentro una flor en el desierto ¿Qué letras la habrán atrapado?- Se preguntó en prosa. Pero había forrado con papel de periódico la supuesta novela y él solo veía la pálida mano pasando páginas.

Un año vigilante antes de dar un primer paso; ella había desaparecido casi todo noviembre y la había echado de menos.

-Habrás estado enferma-pensó en decirle mientras se acercaba.

Aún se le notaba el rubor que la había alejado, la debilidad implícita en sus gestos. Antes de abordarla leyó por encima de su hombro, respirando el mismo compás.

-Casi te pierdo, mi amor.- como un susurro que ella intenta ignorar-. Te he echado tanto de menos que prácticamente no he vivido.- Asustada, ni se movió.

Mentalmente, el poeta, había anotado los libros que intuía en la emoción de su cara, con cada aventura le tejía el traje para una personalidad imaginada. Folletines para una chica soñadora.

Un día carraspeo antes de preguntarle la hora.

-Las dos y media- respondió cada vez más incómoda.

-Seguro que pasan algunos minutos, pero no te lo tendré en cuenta.

Cada dos días le repetía-¿Tienes hora?- Cada dos días ella pasaba más miedo-. Al final tendré que comprarme un reloj para no molestarte. Me llamo Ferran.

-Andrea- le dijo sin querer mirarle.

– Pareces tímida- pensó en voz alta- tendrás que cambiar.

Andrea llevaba más de un año viendo a Ferran. Siempre la miraba mientras ella procuraba disimular su nerviosismo. Se cambiaba de vagón y el aparecía. Adelantaba su viaje, lo atrasaba y él parecía conocer cualquiera de sus rutinas, sus giros programados.

Después de un año ya no tenía bastante con el metro; bajaba en su misma parada, aceleraba el paso hasta igualarlo.

Caminaba a cierta distancia, aprovechando las sombras para pasar desapercibido pero era imposible no verlo.

Empezó a correr para llegar a un trabajo que él ya conocía. Salía mirando en todas las direcciones y lo más rápido que podía regresaba a la seguridad de su casa.

Únicamente se sentía segura los domingos cuando atrancaba la puerta con siete cerraduras y nadie entraba ni salía de su fortaleza.

No sirvió de nada. Una mañana la asaltó a dos calles del metro. Llevaba un libro de poesía y cloroformo; llevaba muchas ganas de hacer lo que quisiera y Andrea desapareció.

-¿Te gusta?- Estaba atada a una silla de mimbre, con un libro abierto en el regazo con las letras apuntando en la dirección equivocada-. Lo siento- dijo mientras lo recolocaba hacia su invitada. Señaló una palabra al azar-. Me he fijado lo mucho que te gustan los libros de aventuras. Esté parece de los buenos.

Pasó las páginas al ritmo que creía que se tenía que leer. A veces demasiado deprisa, a veces más calmado; miraba el párrafo, contaba las conjunciones que le aceleraban. Se detenía en los puntos. Pero ella no leía- ¿Qué es tanto lloro? así no vas a poder leer nada.

-Por favor -respondió la prisionera-, deja que me vaya, no se lo contaré a nadie.

-¿Qué no vas a contar? ¿acaso ha pasado aquí algo que tu no hayas querido?- la golpea contra el suelo. Se le escapan las ideas en forma de sangre:»Es que no hay nada que contar», escribió el poeta con la nueva tinta roja.

No había días en la habitación. El poeta la alimentaba, ella olía su propia mierda y orín acumulados. Había pretendido controlar sus esfínteres sin suerte, tuvo que dejarse, olvidarse del pudor

-Por favor, deja al menos que me limpie.

– Me gusta como pides las cosas, tan educada, tan leída.

-Por favor….

le dió un beso condescendiente, en el pelo pegado por la sangre seca.

-Te quiero-.y se fue dejándola atrapada en la oscuridad más absoluta.

– Por favor, déjame salir. Haré lo que quieras.

Las capas de  mierda, la falda un cartón de meados, la mirada perdida. El poeta observó con preocupación cómo se consumía su invitada.

¿No te está gustando el libro?- sin respuesta.-¿No lees?- miró las moscas que zumbaban sin interés-. Pensé que tú serías distinta, especial. Lo nuestro ya no funciona.

En diciembre conoció a otra. Se escondía tras un libro electrónico. La retroiluminación hacía que brillase como la luna brilla con el sol.

-Nunca me cansaré de ti- se dijo más para él que para ella-. Te amaré para siempre.

Mientras, su otro amor para toda la vida, moría de hambre en un sótano sin ventiLación

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