Tenía el aspecto de un cantante de tango en decadencia. Gordo, bajito, con una hilera de hormigas sobre los labios y la cabeza enmarañada de ausencias. Estaba viejo para esa mirada de borracho social y caminar con el vaivén del mundo.
Se apartaban a su paso, lo miraban de reojo y el cantaba viejas penas que se había llegado a creer.
-Canción de la tristeza y la soledad – berreaba triste y solitario.
Reptó hasta un rincón al que no llegaba el sol, su cuerpo frio respiraba muerte y tristeza.
-Pobre Jorge – musitó Alden en terciopelo-. Ha sido con diferencia el peor de nosotros y, aún así, su final llega como una ráfaga de pena.
– Yo – lapidó Ger- no siento ninguna compasión por sus huesos. Igual que él tampoco tuvo ningún remordimiento en ser brazo ejecutor.
No suficientemente lejos, Jorge, escuchaba toda la conversación, intentando que no afectara al mundo que se había montado. Repaso todos los fracasos de su vida, los excesos en el éxito. Nunca había hecho nada que no quisiera.- Todo lo hice con convicción- susurró
– iY sin piedad!- le gritó Ger-. i Hijo puta!- e inmediatamente murió sin que nadie quisiera recoger el Cadáver.
Se acercó en silencio, intentando que su respiración no moviera las moléculas de aire.
– El Observador- susurró su presa – modifica el experimento.
Si lo escucho hizo caso omiso. Agazapado continuó de cacería mientras el sujeto a estudiar fingía pacer en aparente tranquilidad.
Creo que no me ha detectado. Rasga sobre el papel, esboza una imagen del animal, su entorno; intenta reflejar todos y cada uno de sus detalles. Unicamente respira cuando cree haber capturado su esencia.
– El observador- vuelve a decir la cobaya justo antes de salir brincando.
Pero el observador no hace caso, ya ha obtenido su trofeo. Lo vuelca todo en un libro que ofrece al mundo.
Baja flexible, reincorporación gradual,… llámalo como quieras que sigue siendo lo mismo. Las personas tienen derecho a enfermar sin que nadie te tenga que decir nada.
Su nombre era la contracción de dos nombres que se rompían, el susurro silencioso de una enredadera llena de flores marchitas.
Nos conocimos un mes de enero, junto al estanque.
Él llevaba a cuestas su vida triste mientras yo caminaba con cuidado por no pisar ninguna bomba.
La conexión fue inmediata; caímos muertos sobre el mismo lecho de hojas. Nuestras almas atrapadas en la tierra de los vivos y nuestros cuerpos sin poder tocarse, intangibles.
Mi nombre era el suyo invertido, mis ideas suyas también.