
Madre mía, que les da por crecer a lo loco, y se me hacen adolescentes. Y que suerte ver como se hacen mayores.


Pero esta vez le he preparado un regalo envenenado, por si alguna vez quiere ganar jejeje.

Madre mía, que les da por crecer a lo loco, y se me hacen adolescentes. Y que suerte ver como se hacen mayores.


Pero esta vez le he preparado un regalo envenenado, por si alguna vez quiere ganar jejeje.
Ya nadie recordaba a Andrés. No como si hubiese desaparecido, más bien como si nunca hubiese existido.
Teníamos amigos en común con los que crecimos, con los que nos dolimos, que siempre preguntaban: ¿Andrés? ¿Qué Andrés?
Tampoco nadie recordaba ni una sola de sus actuaciones como mago. Andrés el grande, nunca fue el mejor prestidigitador. No destacaba ni por arriba ni por abajo. Llegaba hacia volar una carta a la que se le veían los hilos y lo solucionaba con alguna gracieta. Pero es que se habían borrado los videos de sus actuaciones, se esfumaron todas sus fotografías, desaparecieron los recuerdos
Ni siquiera sus padres parecían saber quien había sido. Para ellos solo estaba Iván, su hermano pequeño, que tampoco pensaba en el mas que como un amigo invisible al que había llamado Andrés.
Unicamente yo parecía haberlo conocido. Como un esquizofrénico que inventa voces, volviendo una y otra vez a nuestra última conversación.
-El consejo – me hablaba del consejo secreto de magos y brujas – me ha convocado para una misión de la que no creo poder volver.
Luego me entregó el medallón de Lera y nos despedimos con un abrazo.
Esa misma noche el medallón brillo antes de que todo el mundo se olvidara de él.
LaRataGris
En el silencio de la noche se quebró en un ruido seco y constante.
– Es la hora – se dijo en el ritual de poco antes de la una. Recogió el desorden del momento y, como una inercia más, se derrumbó derrotado.
Una madera a la deriva; dejando que las olas de las sabanas empapen su espalda y la deshagan lentamente.
La piel cae como polvo, como semillas.
Respira un poco más lento, intentando concentrar sus heridas a lo largo de la columna vertebral, consciente del grito de cada una de sus células.
Inunda el colchón con los flujos de la desesperación, de la aceptación.
Respira tan profundo que se arquea hasta quebrarse con un sonido seco y penetrante. Las costillas atraviesan su piel, se retuerce como los nudos de un árbol. Sus huesos atraviesan la cama, se transforman en raíces con las que absorbe los nutrientes del suelo. Entonces germinan las semillas que había plantado, se le enredaban atándole un poco más a la tierra.
El cansancio, el dolor, le abandonan, desaparece en dirección contraria a los nutrientes.
Llora en ausencia de tormento. Completamente desconectado se hace consciente del daño. Se hace uno con el miedo y, finalmente, se duerme en la tortura de no sentir.
Se desprende, desaparece.
Al día siguiente, como cualquier otro día, rompe raíces y vuelve a rodar ajeno al descanso. Obviando cada pinchazo, todos los rotos. Normaliza el daño y la pena.
No hubo nada extraño en caer muerto, en que drenase su sangre, que cayera como hilos de olvido. Durmió como un vegetal y se levantó dispuesto a dolerse de nuevo.
LaRataGris
Respiraba el dolor de una forma tan orgánica que ya era parte de su vida. Tomaba una fuerte bocanada de aire y era el daño de inspirar. Caminaba notando cada hueso quebrarse, hablaba en el sollozo que era su voz.
Pero nunca se detenía por que había sido así desde que tenía memoria. Se había hecho al sufrimiento y, si no lo notaba, es que algo raro le pasaba.
Cuando se sentía en demasiada paz respiraba de nuevo , se le clavaban finas agujas en el corazón y todo volvía a estar bien.
LaRataGris
A las siete siempre esperaban al asesino: con sus uniformes impolutos y la pose marcial.
Oteaban el horizonte esperando verlo aparecer y, casi, era un alivio que no sucediera.
No había enfrentamiento, no necesitaban imponerse aunque, bien es cierto que, un asesino andaba suelto.
Mientras, él, el asesino, se reía de sus trajes condecorados, de la larga espera y de la hora prefijada.
Media hora más tarde podía salir a matar con tranquilidad. A las siete siempre estaba en casa. Preparaba una mochila con cuatro cuchillos, destornilladores y una lija del dos con la que despellejar a sus víctimas. Todo a los siete y media mientras, siempre a las siete, esperaban al asesino.
LaRataGris.