El señor Mustélido, de ojos vivos y sagaces cuando era joven, se había embelesado con los placeres inmediatos; se le había nublado la mirada y el juicio.
Trabajaba para llenarse de niebla, caminando siempre por un laberinto desconocido que le arrastraba irremediablemente al mismo callejón sin salida.
-¿Dónde Vas Mustélido? – y él gruñía una respuesta ininteligible, sonreía sin saber porqué y continuaba atrapado, perdido.
Selina dejó las llaves en el mueble del recibidor, se quitó los zapatos, se quitó la ropa y se tiró en el sofá sin siquiera pensar en ponerse el pijama.
Alberto seguía muerto, donde lo había dejado al irse a trabajar, dándole a los botones del mando; mientras su elfo oscuro brillaba en la pantalla.
-¿Cuando has llegado? No te he oído entrar – Preguntó sin apartar la mirada del videojuego.
– Acabo de abrir la puerta ¿Has comido algo o te has pasado el día incrustado en los cojines?
– Pues – pensó – Si ya estas aquí debe ser lo segundo.
Con desgana le preparó algo rápido, lo puso frente a su hocico.
– ¿ Cómo te ha ido el día?
– Trabajar es un puto asco
– Ya.
Sin más palabras murieron frente al televisor por lo que quedaba de día.
Llevaba más de media vida trabajando para Alienación S.A. y la sensación de que había pedido muchas de los horas que había invertido en la empresa. Por más que buscaba no era capaz de encontrar todos los minutos que había gastado.
Jamás llegaba tarde y sólo se había cogido una vez la baja, incluso había regresado antes de estar totalmente recuperado. Siempre dando el doscientos por cien en todo lo que hacía.
-¿Dónde están los horas? – le preguntó a su jefa.
– Aquí y aquí – señaló el cuadre horario.
Sumó los minutos, los segundos, los instantes más insignificantes y entre todos, en teoría, estaban todas aquellos horas perdidas.
No tenía sensación de haberlas poseído. Se habían esfumado como humo por la chimenea.
– ¿Pero, dónde están realmente?- volvió a preguntar sabiendo que todo cuadraba, que todo era perfecto aunque el sentía que nada estaba bien.
Habían creado una máquina que pintaba el cielo azul celeste. No importaba la hora del día ni la lluvia.
La llamaron Azul Eterno.
Al principio la gente cantaba, bailaba contenta con sus días sin final. Ciudades de risas y alegrías se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Incluso los góticos parecían haberse adaptado a esta nueva situación cogiendo algo más de color.
-Tendremos que alargar las horas de trabajo- Dijeron cuando hasta el más reticente se había acostumbrado a días de veinticuatro horas.
Mantener todo aquello no era barato: los comercios tendrían que abrir más horas, las fábricas trabajar a destajo y, los robots humanos, sonreír complacientes para que aquel milagro durase lo máximo posible.
ya nadie sabía si dormía de noche o de día, si vivía o fingía vivir.
Se organizaron turnos para que la ciudad estuviese siempre despierta. Se separaron familias para que todo estuviese cubierto y el cielo, siempre azul, como recuerdo de una paraíso que nadie podía disfrutar.