Hace tiempo, como en un cuento lejano, sucedió algo mágico: la gente se puso de acuerdo para hacer el bien.
Por supuesto el capitalismo se apropió de la idea.
-Os apoyamos- dijo ese capitalismo-. Seguid comprando.
Y la gente empezó a pagar por la idea que dijo era suya. Compró su compromiso y aplaudió hasta tener las manos rojas porque el capitalismo solo había tardado varios siglos en hacer lo correcto.
-Bravo- gritaban
-Gracias, comprad- les insistía el capitalismo.
Mientras la tendencia estuvo en alza todo fue muy especial. Todos reforzaban la idea, todos se sentían orgullosos, todos a super muy, mucho, a tope.
Pero la moda pasó como los segundos en el reloj.
– Esta moda, este ahora es nuestro verdadero yo. Seguid comprando.
y mutó como cientos de veces había hecho antes, el capitalismo siempre se adaptaba para que siguiéramos comprando: mentía, fingía.
-Lo que sea necesario; eso haré pero no dejéis de comprar. Por favor, por Dios, por Shiva, por las Tortuga Ninja en el capítulo cuarenta y tres. Comprad.
Como si abres un libro por la mitad. No sabes el título, no sabes de que va y allí está Rosso que acaba de robar el ídolo de los Martínez. Nadie conoce el principio ni el porque de las cosas.
A partir de la tercera generación todos empezaron a actuar como autómatas sin sentimiento.
Eso sí, se gritaban los unos a los otros de forma sentida a la par que vacía.
Rosso se deslizó en una sombra al ver al clan contrario. Respiró lo más despacio posible mientras el ídolo se le pegaba a la piel sudada. Sujetó sus cuernos moldeados, observó antes de arriesgarse de nuevo. Aquel robo era más importante que su vida, no podía dejarse atrapar.
Caminó intentando no hacer demasiado ruido, adentrándose en un callejón sin salida, con la idea de esperar en el hasta que los otros se fueran.
Dejando atrás las sutilezas salió corriendo, calculando el salto que le permitiría subir hasta el muro y escapar.
Infravaloró la altura o sobrevalora sus capacidades. Chocó y el ídolo se hizo añicos. Ya no había objeto por el que pelear. Mil pedazos de Cerámica entrechocaban y se le clavaban mientras le apaleaban hasta la muerte.
Lo dejaron tirado para que lo recogiera el barrendero. Nadie lo registro, nadie sabia que allí estaba su preciado estatuilla.
Las refriegas continuaron generación tras generación, sin saber que el motivo de su disputa estaba roto y perdido. Como si hubiesen cerrado el libro por la mitad, sin saber ni que acababan de leer.
Fueron los mejores años, empapada de toda la literatura previa. Respiraba tinta mientras leía de forma compulsiva cualquier libro con sabor a clásico.
Leía y también releía sin freno, hasta que conocer íntimamente a los protagonistas. Cualquier personaje secundario, aunque saliese de forma fugaz, para ella era un familiar con el que convivía.
– ¿Por qué haces eso, Julieta?- sufría con la muerte de los amantes- Tom, ten cuidado en el cementerio- le reprendía con cada lectura.
Necesitaba que que fueran más inteligentes así que empezó a reescribir a sus favoritos.
Convirtió a protas y secundarios de lujo en señoras y señores tranquilos, sentados en el comedor, tomando te y pastas.
-¿Algo más, Frankie ?- Preguntaba sin respuesta-¿Está de acuerdo señor Hyde?- Pero el alterego terrible estaba ocupado, ayudando a cruzar ancianas a la otra acera.
Eran historias perfectas que no le interesaban.
¿Por qué releer aquellos relatos que habían dejado de explicar ninguna mentira plausible? Y, aún así, continuaba reescribiendo mejor para nada.
En el número treinta y siete de la calle Delicias vive Andrea con sus dos hijos y un mosquito gordo, bien alimentado.
Cada noche, Andrea, duerme con los ojos abiertos, atenta al lugar del que proviene el zumbido. En la oscuridad el blanco de sus ojos son como faros que el insecto usa para orientarse.
Surca el viento de su respiración, esquivando uno y otro de los manotazos de la soñadora.
A veces el mosquito invita a varios amigotes y les permite picotear su sangre gran reserva; en esas ocasiones acribillan a los niños sin remordimiento, sin conciencia.
Andrea, desesperada, ya no sabe que hacer. El bicho tiene una tolerancia espectacular a los insecticidas y es capaz de esquivar sus aspaviento como si le leyera la mente.
Nada ni nadie parece poder detenerlo, no hay leyes, no hay moral que lo frenen. Sólo es un prodigio de la naturaleza que vive en el treinta y siete.
-¿Cómo te llamas?- preguntó mientras ella se desnudaba-. Tu nombre de verdad.
– Rubí – Repitió el nombre que ya le había dado al acordar la transacción.
– Vamos, hay confianza.
Y ella buscó un segundo nombre que tenía para estas ocasiones, su nombre de pobre – Isabel -. Ella sabe que a los puteros les gusta saber que se la chupa Isabel, que se humilla sin otra salida. Así se pueden correr pensando que le hacen un favor, que el billete que pagan les da para comer a ella y a sus cuatro hermanos.
¿Isabel? que bonito, te llamas como mi hija. Ven, Isabel, hoy podrás comer caliente.
Entonces ella sonríe fingiendo timidez y poco a poco se degrada.
Pero ¿¡qué!?¿dibujos invertidos?¿gatos?¿caos e infamia? Exactamente, ya estoy aquí un Sant Jordi más para mostrarte el cómic que he hecho para mis queridos chiquis. Como bien sabrás, con el que les hice el año pasado, tendrás que imprimir en un folio por las dos caras y montarlo según las instrucciones que te dejo por aquí abajo. La idea para esté tipo de fanzines en una única hoja la saque del ilustrador Puño, al que siempre es bueno seguir para poder disfrutar de sus grandes ocurrencias.
Feliz Sant Jordi, disfruta de los libros y los dragones. Que yo me voy a pasear con mis, ya no tan, peques.
Salud.
Aquí tienes una foto del resultado final, así como algunas pruebas y bocetos. Las pruebas en dina4 la definitiva en dina3
No, no era uno de esos malvados megalómanos de opereta, de los de conquisto o destruyo. El simplemente era un malo nivel usuario.
Esas pequeñas cosas de tirar un papel al suelo, tirarse un pedo en el ascensor y mirar con sospecha al de al lado, beber demasiado, conducir contra el mundo. No le pegaba a nadie aunque siempre decía: Si me tocas los cojones te rajo.
Escupía, maldecía, no tenía problema en mentir para ahorrarse discusiones o meterse en discusiones para encontrar problemas. Por supuesto no reciclaba, ni daba los buenos días ni las buenas noches.
Era un imbécil prepotente; un problema para el mundo, suma y sigue.
Cosas pequeñas como las que todos nos perdonamos para hacer la vida agradable, plausible. Es más fácil eso que dejar de ser malvado.
Los verdaderos malos quedan para telefilmes de bajo presupuesto, cómicos, megalómanos que lo destruirían todo. Como nosotros pero a gran escala.
Y las grandes corporaciones que podrían poner su granito de arena, se frotan las manos después de señalar al pequeño malvado de turno.
La pared quedó como un recordatorio de todo lo que había pasado. Incluso aunque los asesinos se encargasen de que alguien limpiase la sangre, el muro se alzaba imponente a ojos de los silenciosos ciudadanos.
Nadie se atrevía a hablar frente a aquel paredón pero, los pensamientos, volaban libres. Había miradas esquivas con la realidad que sólo hacían inevitable que el resto de ojos acabasen en el rincón que las primeras evitaban.
No importaba aquella verdad de gritos silenciosos, los represores no iban a detenerla para que su memoria evitase un estallido del pueblo.
Un pelotón de fusilamiento mató a sangre fría, acalló con disparos el ruido de la revolución. -El pueblo quiere paz, no libertad – sentenció el poder pensando que el miedo no dejaría a nadie responder. No entendía que en sangre se escribe el miedo pero, también, señala otro camino.
Una noche más juntó en un cesto de mimbre los restos de viva que había podido recuperar. Parecía la frágil piel de una serpiente tras varios días al sol. Pasó sus manos desnudas, intentando recordar como se había hecho cada herida, como se había caído y si se había levantado o se había quedado tumbada allí, muerta.
Con cada noche que pasaba su traje era más pequeño. Los retales que quedaban para coser eran casi ridículos; como si la antivida fuera comiéndose sus momentos más felices, como si necesitase recargarse de algo que no podía. Cogió parte de los vicios que había acumulado.
Antes, siempre antes, dormía bien con una pequeña dosis pero, con su traje tres tallas menos, comido por las polillas de la tristeza… intento parchearlo con más y más vicio.
-Mañana será otro día -se mintió. Sería el mismo día, la misma repetición con un disfraz más pequeño, con una vida más quemada que ya no sabía con que rociar para apagar el incendio.