La loca tenía un título universitario, pensamiento claro y la soledad no como amiga pero tampoco como enemiga. Sólo trataba de vivir, luchaba contra las adversidades igual que haría un cualquiera.
Pero le llamaban la loca porque no cumplía el cien por cien de las normas establecidas, los estándares aceptados.
La loca buscaba su propia felicidad por mucho que la quisieran atrapar.
La señalaban, la criticaban y ella, por el camino difícil, los ignoraba.
En un rincón iluminado, del que salen risas y música, allí vive Lulú. Y todo el mundo la conoce aunque ella no conoce a nadie.
Los ve pasar señalando, la marcan: la loca, la rara, la extraña, la diferente, la que sirve de mofa para los normales.
Ellos, que no se distinguen entre si, que actúan de forma similar y sueñan con cosas grandes que nunca van a tener. Son tan iguales que ni Lulú, la loca, puede diferenciar entre sus burlas. No sabe quien es malo o quien peor. Para ella todos son lo mismo y, Lulú, no conoce a nadie.
Decidió vivir la fugacidad, dejar un bonito cadáver. Se metió de todo en el cuerpo, exhalaba rapidez y salvajismo pero no murió.
Atrapado en los vicios de una vida que apenas recordaba, solo flashes a altas horas de la noche, paranoias, dolor. Tenía el cuerpo destruido, la movilidad reducida pero, iJoder!, no moría.
Vivía ralentizado, recuperando todo lo que había corrido. se maldecía sin fuerzas ni para sostener una cucharilla, atacada por las melancolías echando de menos a todos los que habían conseguido salirse de la carrera.
Aunque le atraparon los demonios, a pesar de la derrota, murió con una sonrisa. Abrazando a la mujer que le había sufrido, tranquilo y feliz. No escondía sus miserias, no se arrepentía de nada.
El velatorio, siempre para los vivos, para mostrar cariño, para decir estamos aquí, contigo; aunque nadie estuvo cuando ella lloraba su vida alegre.
Descansa más la que se queda que el que se aleja. Se acaba la rumba, enciende un ritmo caribeño con el que escapar de la tristeza que se le supone.