– Antes – decía Teodoro Martínez-, antes si que había libertad de expresión.
Y es que en ese antes que tanto añoraba Teo podía ser un racista con la complicidad de la sociedad, podía ningunear a las mujeres sin que ni una sola se quejase de su machismo recalcitrante, podía, porque tenía el poder, ser él mismo.
Un insulto era una broma de la que hasta las mariconas se reían.
Pero ahora, toda esa generación de cristal – Son unas nenazas.
Y evitaba decirlo en voz alta, sólo entre sus iguales, para que no se le echasen encima como los salvajes que eran.
Porque ahora era Teodoro el que se ofendía, él el que se sentía ninguneado por el peso de sus antepasados.
Le hacían bullying progre por lo que había sido, y por lo que era.
Un Sant Jordi más, una de las fiestas que más me gusta porque se llena todo de libros e historias. Y, de entre todo lo que sucede, una pequeña tradición para mi casa: cada año les hago un tebeito a mis cachorros y este no iba a ser menos. Además, en esta ocasión, he querido hacerlo todo en una página, (idea que le he robado al genial ilustrador Puño y que él, a su vez, cogió prestada de otra artista que ahora no recuerdo).
Aquí te dejo el cómic por si también te lo quieres leer, aunque para hacerlo bien tendrás que imprimir los dibujos en un folio, por las dos caras, y seguir las instrucciones de montaje. Si te animas tú también puedes hacer algo así.
Además este año hay una cosita muy especial, esos puntos de libro que ves en la foto. Están hechos con unos sellos que hemos fabricado Pau y yo, pero silencio que su madre y su hermana aún no se han enterado.
Feliz Sant Jordi, que tengas una muy buena lectura.
Miró a su alrededor, las cosas estaban en su sitio: el cielo, la tierra, las catacumbas sombrías del suicidio. Habló con sus amigos, abrazo el amor de su vida y distraído cantó de la misma forma en que respiraba.
– Que maravilla el mundo – se dijo sin convicción. Sabía que en realidad todo era mentira, una fantasía que no aguantaba la distancia. Y él, claro, había tenido que alejarse, adentrarse en la oscuridad, donde no existe alegría. No viajó kilómetros.
A veces en el barrio de al lado, en su propia calle, solo tenia que mirar apartando ligeramente sus ojos de la seguridad conocida. Miró a su alrededor, diez metros más allá las cosas estaban bien jodidas, desubicadas, desequilibradas.
-Que maravilla de mundo- se dijo ahora más convencido. Había apartado la niebla de la fantasía, ya no se engañaba, podía intentar cambiar.
Regresó a su desierto abandonado, lleno de nada importante y soledad. Hasta donde podía alcanzar su vista se perdían juguetes rotos entre dunas de polvo y cristal.
Recordaba todos y cada uno de aquellos fracasos, la tristeza de la lejanía.
-¿Por qué volver tras tantos años? – Sin respuesta.
Había aprendido tantas cosas inútiles en aquel desierto. En silencio fue recogiendo cachivaches, piezas de un museo del óxido.
– Allí- señaló. De repente la puerta por la que había vuelto a entrar, abierta.
Cada duna, en realidad, era una salida, abierta de par en par; pero que no quería. En el mundo seguro del exterior las normas le dan confianza, le indican un camino que no le hace feliz.
Todo estaba tranquilo, una página seguía a otra, la historia crecía sin que el mundo explotase pero a la vez explotó.- No esta pasando nada- me dijo- pero noto como el corazón se me acelera y me late más rápido.
Creo que sintió que empezaba a respirar cada una de las palabras, se bañaba en el color de cada linea, cada matiz lleno de esa compleja sencillez.
Aquel mundo ya era parte de él, se había abierto la puerta y ya nada lo detendría. Millones de páginas esperando al turista accidental, le daban la bienvenida al universo.
Era su primer libro llave, sentido emocional para que nada vuelva a ser pequeño.