Inercia del cansancio

13 mayo 2013

Alberto empezaba a cansarse. Cada movimiento le costaba una vida y el aliento lo tenía contado para pasar el día sin sobresaltos: ir al trabajo, ganar algo en negro para las facturas y dormir, se acostaba siempre que podía. Cerraba los ojos e intentaba recuperarse un poquito. Por desgracia volvía a levantarse con menos fuerzas y menos ganas.

Siempre tenia que seguir arrastrando su cuerpo viejo y marchito. Empezaba a tener la edad adecuada para que le cedieran el asiento en el metro. Pero la vida llegaba con retraso y aún tendría que esperar para viajar por todo el país con un grupo de jubilados. El gobierno de turno había decidido que aún era un buen esclavo y el tenia que seguir preguntándose cuando podría caer muerto sobre el sofá, cuando habría pagado su condena por haberse atrevido a nacer en tiempos de crisis.

Cuando lo despidieron no hubo muchos aspavientos; era legal y fácil, cualquier niño lo haría por menos dinero y, ademas, todos los ministros premiaban las plantillas jóvenes y precarias… la lógica del dinero era aplastante ¿ por qué no hacerlo? – Si yo fuese empresario… – pero no lo era y nadie se ponía en su piel y huesos. A aquella edad ya no encontraría trabajo, su pensión se iría reduciendo por los años que le quedaban sin cotizar. Si llegaba a jubilarse, sólo con lo que ganaba de estraperlo, ya podía sentirse afortunado.

De tanto en tanto Isabel bajaba a quererle. Pasaban un buen rato besando las palabras, recordando minutos que eran tan viejos como ellos mismos y compartían puchero para que se alargaran las migajas. Cuando el se quedo sin trabajo ella dejo de irse, necesitaban acariciar sus penas a cada instante y le ayudó a redactar un curriculum de toda su vida laboral. Resulto una forma de pasar el tiempo como otra cualquiera, nunca sonaba el teléfono pero ellos eran felices inventando futuros en los que podrían comer un poquito más, no demasiado.

Al poco, unas monedas de menos al subir la luz, les complico el equilibrista presupuesto. Luego el agua, el alquiler, los gastos básicos les fueron acorralando hasta que ya no quisieron seguir intentándolo. Se apagaron sin más, apretaron el botón de desconexión en el horno de gas y el estado se ahorro dos jubilados.- Es evidente- clamó el ministro- que el país presenta claros signos de recuperación económica.

LaRataGris


Violent-ando

6 mayo 2013

¿ Quieres saber la verdad? Allí había mucha gente que no esperaba cambiar el mundo. Estaban frustrados, atrapados en una situación incontrolable que los consumía hasta que solo les quedaba gritar, y necesitaban hacerlo. Aquel era un buen lugar para romperse la voz.

Las manifestaciones eran una especie de válvula de escape, cada vez acudía mas gente y, aunque supusieran su inutilidad, daba mala imagen del amo. Por eso empezó a acorralarlos. La mala prensa los volvió terroristas para poder aumentar las medidas represoras sin demasiadas quejas. Más antidisturbios, más penas, más malos, más y más para que cada vez acudieran menos. Lo consiguieron, desconvocaron todas las manifestaciones. Ya no hubo más huelgas, se transformaron en sabotajes, luchas encarnizadas, ….violencia. Y, ¿sabes? no es que unos cuantos se revolucionasen, es que la mayoría silenciosa, esa que nunca hace nada, lo aprobaba y empezaba a tener ganas de bailar con la más fea, la revolución inminente estaba a punto de llegar.

LaRataGris


Despierta. Huelga general

6 noviembre 2012

 

Despierta. Huelga general

 

O en chiquitito, más directo.

 

Despierta. Huelga general (en chiquitito)


Dormidos

19 julio 2012

dormidos


Recuerdos de septiembre

14 diciembre 2011

Se acababan los últimos días de vacaciones, este año septiembre, y con ellos la felicidad de no tener obligaciones. Me sentaba a respirar y nadie venía a molestarme.

Irene me preparaba una fiesta sorpresa. Se movía ligera, marcando números en su teléfono de forma descuidada, casi al azar. Mantenía un ojo constante en mi despiste y otro en el móvil, portátil, portátil, móvil… Mi cometido era hacer ver que no sabía nada, ignoraba sus idas y venidas, esquivando la mirada para que mi posterior asombro fuese algo más convincente. Al día siguiente era mi cumpleaños pero el futuro nunca llegó. De repente era un octubre de prisas y volver al trabajo.

El treinta y uno de septiembre había desaparecido sin que nadie pareciese darse cuenta. No estaba en ningún calendario, se habían esfumado todas sus horas y nadie las iba a reclamar, yo tampoco. Supuse la borrachera, el olvido y me fui a trabajar con mucho mono por más vacaciones.

Pasaron los correspondientes trescientos sesenta y cinco días sin volver a pensar en lo que no había sucedido. Crujimos las hojas de otoño, bailamos los vientos fríos del invierno, la lluvia de primavera nos floreció y en verano la noche se tejió de aromas a jazmín mientras mi cumpleaños seguía desaparecido. Cinco años y la vejez continuaba eludiendo mis recuerdos. Empecé a creerme loco, había memorizado todas las listas inútiles de la niñez; no podía olvidar el dolor, los reyes godos y los ríos de españa… pero no conseguía retener una pequeña anécdota de un día cualquiera. Decidí obligar a mi mente. Busque por hemerotecas, en grabaciones antiguas,… hablaba con todo el que me quisiese escuchar y… nadie sabía decirme nada del treinta y uno de septiembre. Me lo tenía que haber inventado, seguramente nací el día de antes, el último del mes al fin y al cabo.

Irene me dio la razón en seguida. Llevaba más de un lustro organizando una fiesta que nunca empezaba. Ya ni enviaba las invitaciones, se limitaba a decirme que haríamos algo, me explicaba todo lo que había pensado para conseguir que fuera especial y después se deshacía de las ideas con una mueca invisible.- Esta vez será diferente-. Juntos recuperaríamos las tartas y velas que no habíamos disfrutado.

Guardé cada segundo, los amigos y abrazos. No quería ver como todo desaparecía un año más. Disfrute de cada acorde de la vida hasta bien entrada la noche nos fuimos a dormir sabiendo que por fin lo habíamos celebrado. Amaneció dos de octubre y volví a correr desesperado. Las estaciones de aquel año fueron ráfagas de un instante. Los meses eran anécdotas fugaces y, sin darme cuenta, era otra vez mi aniversario. El tiempo parecía replegarse sobre si mismo para reconstruir mis errores. Adelantaba acontecimientos cuando no los hacía desaparecer como ya paso con mis celebraciones. Mi día no parecía el único perdido. Cada vez más los doce meses se acortaban hasta que las cosas parecían suceder de un día para otro. Como si la humanidad olvidase las fechas no nos extrañaba empezar un mes el día cuatro, saltar al diez y terminarlo en veinticinco. El mundo se había vuelto loco, lo inamovible ya no estaba y lo real era cambio.

Un tres de enero la tele, los periódicos, las radios y el boca a boca no pudieron seguir fingiendo. No hablaban de otra cosa. Se habían regulado las edades a la nueva situación, los acontecimientos importantes se reestructuraban a marchas forzadas y el gobierno nos pidió un pequeño esfuerzo. Eramos jóvenes envejecidos de palabra. Vigorosos ancianos que veían el horizonte de la muerte muy lejano. Cada tres días volvíamos a crecer y así fue fácil que aceptásemos ampliar la edad de jubilación. El sistema no podía sostener una sociedad decrepita como la nuestra, eramos fuertes y podíamos seguir en nuestros puestos un tiempo más. Recalcularon nuestro retiro para cuando todos tuviéramos dos mil quinientos años, apenas una fracción de segundo. En nueve días llegaríamos a ser aptos para dejar de trabajar.

Una vez aprobado, y celebrado por todos, el tiempo volvió a su cauce. Se recuperaron los días perdidos, los meses y se añadieron algunos nuevos que convirtieron los siglos en años. Nos transformaron en carcamales sin fuerza que jamás podrían descansar. Crecíamos de una forma tan paulatina que pocos llegarían a los treinta años antes de morir. Eramos esclavos de los amos del reloj.

LaRataGris.


Sombras de poder

7 septiembre 2011

Nadie conocía aquella habitación en la mansión de los sirvientes. Se escondía entre sombras, tras una puerta cerrada con siete llaves y mil cerrojos. La habitaban seres olvidados que alguna vez habían sido humanos o al menos lo habían intentado. Era un pequeño club que pagaba a todo el personal. En apariencia no daban ordenes, no se relacionaban con sus esclavos y no existían. El viejo caserón era una buena tapadera para cualquier magnate excéntrico que quisiese pasar desapercibido o para una sociedad secreta que prefiriese mantenerse en el anonimato, desviando la atención.

Entre los mayordomos uno siempre tenía que ejercer de señor para levantar el menor número de sospechas posibles. Vivía a cuerpo de rey por tener un comportamiento disoluto y una actitud relajada ante la vida, se dejaba llevar.

Un día, en aquella habitación en la que no se ocultaba ni salia el sol, el cónclave observo a través de las pantallas que vigilaban el mundo, como este caía en un caos terrible. La gente empezaba a pedir libertad, a exigir derechos y ayudas para sobrevivir a la desesperación. Los amos del planeta se reunieron temiendo su final.- Hay demasiados pobres- gemía el semidiós más anciano- debemos suprimirlos- y todos aplaudieron la propuesta siempre que se hiciese de forma discreta y sin poner en peligro al grupo.

Mediante una circular interna ordenaron a sus operarios que iniciaran una campaña de apoyo a la pobreza, que se solidarizasen y preparasen el envío de todas las manzanas envenenadas que hiciesen falta, que las disfrazasen de manjar y la ofrecieran a los más necesitados para que el veneno pudiese arreglar los excesos de la propia guardia.

La operación fue todo un éxito acabaron con todos los que sobraban y, como siempre, nadie se entero.

LaRataGris.


Invisibles

9 mayo 2008

Invisibles