
Baja flexible, reincorporación gradual,… llámalo como quieras que sigue siendo lo mismo. Las personas tienen derecho a enfermar sin que nadie te tenga que decir nada.

Baja flexible, reincorporación gradual,… llámalo como quieras que sigue siendo lo mismo. Las personas tienen derecho a enfermar sin que nadie te tenga que decir nada.
Llevaba, escrita en la piel, una frase motivacional. Tatuada en un lugar visible.
La gente, pensaba; puede verla, sonreír, sentirse inspirada.
Como si sonasen metales y se volviesen locos bailando; moviendo los pies, la cabeza. Retorciendo su cuerpo de placer. No dejaba de imaginarlo.
Que llenen una copa de frio néctar- Brindemos por un futuro esperanzador.
-iSalud! – gritaran todos levantando uncáliz dorado. Mientras el tatuaje no pierda color se mantendrá la esperanza.
Pero la frase empieza a verse pálida, ya no tiene el mismo sentido que cuando se la copió. Leerla no era suficiente.
Pasado el primer instante solo eran unas palabras ridículas, de un otro mundo lleno de una magia de la que el nuestro carece.
LaRataGris.
Su nombre era la contracción de dos nombres que se rompían, el susurro silencioso de una enredadera llena de flores marchitas.
Nos conocimos un mes de enero, junto al estanque.
Él llevaba a cuestas su vida triste mientras yo caminaba con cuidado por no pisar ninguna bomba.
La conexión fue inmediata; caímos muertos sobre el mismo lecho de hojas. Nuestras almas atrapadas en la tierra de los vivos y nuestros cuerpos sin poder tocarse, intangibles.
Mi nombre era el suyo invertido, mis ideas suyas también.
LaRataGris.

Madre mía, que les da por crecer a lo loco, y se me hacen adolescentes. Y que suerte ver como se hacen mayores.


Pero esta vez le he preparado un regalo envenenado, por si alguna vez quiere ganar jejeje.
Ya nadie recordaba a Andrés. No como si hubiese desaparecido, más bien como si nunca hubiese existido.
Teníamos amigos en común con los que crecimos, con los que nos dolimos, que siempre preguntaban: ¿Andrés? ¿Qué Andrés?
Tampoco nadie recordaba ni una sola de sus actuaciones como mago. Andrés el grande, nunca fue el mejor prestidigitador. No destacaba ni por arriba ni por abajo. Llegaba hacia volar una carta a la que se le veían los hilos y lo solucionaba con alguna gracieta. Pero es que se habían borrado los videos de sus actuaciones, se esfumaron todas sus fotografías, desaparecieron los recuerdos
Ni siquiera sus padres parecían saber quien había sido. Para ellos solo estaba Iván, su hermano pequeño, que tampoco pensaba en el mas que como un amigo invisible al que había llamado Andrés.
Unicamente yo parecía haberlo conocido. Como un esquizofrénico que inventa voces, volviendo una y otra vez a nuestra última conversación.
-El consejo – me hablaba del consejo secreto de magos y brujas – me ha convocado para una misión de la que no creo poder volver.
Luego me entregó el medallón de Lera y nos despedimos con un abrazo.
Esa misma noche el medallón brillo antes de que todo el mundo se olvidara de él.
LaRataGris
En el silencio de la noche se quebró en un ruido seco y constante.
– Es la hora – se dijo en el ritual de poco antes de la una. Recogió el desorden del momento y, como una inercia más, se derrumbó derrotado.
Una madera a la deriva; dejando que las olas de las sabanas empapen su espalda y la deshagan lentamente.
La piel cae como polvo, como semillas.
Respira un poco más lento, intentando concentrar sus heridas a lo largo de la columna vertebral, consciente del grito de cada una de sus células.
Inunda el colchón con los flujos de la desesperación, de la aceptación.
Respira tan profundo que se arquea hasta quebrarse con un sonido seco y penetrante. Las costillas atraviesan su piel, se retuerce como los nudos de un árbol. Sus huesos atraviesan la cama, se transforman en raíces con las que absorbe los nutrientes del suelo. Entonces germinan las semillas que había plantado, se le enredaban atándole un poco más a la tierra.
El cansancio, el dolor, le abandonan, desaparece en dirección contraria a los nutrientes.
Llora en ausencia de tormento. Completamente desconectado se hace consciente del daño. Se hace uno con el miedo y, finalmente, se duerme en la tortura de no sentir.
Se desprende, desaparece.
Al día siguiente, como cualquier otro día, rompe raíces y vuelve a rodar ajeno al descanso. Obviando cada pinchazo, todos los rotos. Normaliza el daño y la pena.
No hubo nada extraño en caer muerto, en que drenase su sangre, que cayera como hilos de olvido. Durmió como un vegetal y se levantó dispuesto a dolerse de nuevo.
LaRataGris