Miedos

18 abril 2010

Me encerré. Tres cerrojos, siete llaves y dos alarmas por si acaso fallaba algo. Aún así la casa silenciosa me parecía un peligro terrible. Cualquier crujidito se convertía en una bomba para mis oídos, las sombras se confabulaban contra mí. Me rodeaba una masa gris parduzca, me oprimía su descaro inventando formas diabólicas que me hacían perder los nervios. Busqué un interruptor…me detuve al instante, no sabía si sería peor aquella estancia en penumbra o que alguien supiese de mí por la luz de una ventana. Bajé las persianas, espanté los pocos rayos de luz que se atrevían a cruzar por alli y me quedé en la más absoluta de las oscuridades.

Me prohibi escuchar, oler, degustar,… sentir cualquier cosa y, aislado, no me percaté del primer cerrojo, del segundo, ni del tercero. Reventó una cerradura y saltó la alarma. Dos, tres y cuatro, con la quinta la otra alarma, seis y en la séptima mi enemigo aprovechó mi miedo, no lo ví, estaba demasiado preocupado por mi imaginación y las cosas terribles que creaba para mi…

LaRataGris


Sinceramente feliz

9 marzo 2010

– ¿Eres feliz?- y me miraste como si te estuviese preguntando una obviedad tal que no merecía respuesta.

– De verdad,- insistí- ¿te sientes bien con tu vida? ¿no hay nada que te entristezca?

– Claro que soy feliz- me contestaste con la mirada de desprecio- Hay cosas malas pero por lo general estoy contenta…La vida es lo más bonito que tenemos…- Y fue la respuesta de tantos, con pequeños matices, me explicaste lo mismo que todos y como a todos asentí con pena.

Miro a la gente, lo que hacen, los sueños que se les escapan por las orejas…Todo parece tan gris que me resultan extrañas sus negaciones- Tal vez, si asumieramos nuestra desgracia podríamos seguir caminando- Pero tú ya te habías marchado… al mismo lugar del que venías huyendo.

LaRataGris


Anónimos

23 febrero 2010

Todos los anónimos nos conocemos, aunque sea una contradicción no pasamos desapercibidos. Es muy fácil saber quiénes somos, porque nuestra cara no le suena a nadie. No hemos buscado esos quince minutos de fama. No salimos por la tele, ni tenemos un blog en internet en el que enseñar las fotos de nuestras vacaciones en Ibiza, no cantamos, ni bailamos, no gritamos, no…no somos como todos esos que tú ya sabes.

Nuestra tranquilidad nos hace terriblemente llamativos. Por eso los cazadores de talentos nos buscan, quieren que cedamos nuestros derechos de imagen a las cámaras que hay distribuidas por las calles, pero nunca aceptamos. Por eso, cuando utilizan vídeos de transeuntes paseando, en sus shows nos tienen que difuminar el rostro.

Somos tan famosos que algunas megaestrellas nos imitan para tener más minutos de audiencia. Se someten a operaciones de desfiguración estética, que les dejen la cara como pixelada, para poder ponerse ante las cámaras y gritar histriónicamente- fotos no, yo sólo quiero hacer bien mi trabajo- Supongo que no todos están preparados para ser unos auténticos don nadie, piensan que es mejor ser una importante mierda pinchada en un palo.

LaRataGris


Equidistantes

11 febrero 2010

El arquitecto mira su maqueta. Cada zona perfectamente delimitada, limpia y funcional. Una obra maestra que no son capaces de trasladar al mundo real.-Obreros especializados- piensa- macacos, ineptos.

Únicamente él pondría el mimo necesario para elaborar esta belleza, pero es algo que sobrepasa las capacidades de una sola persona…imposible remodelar todo el barrio con dos manos.

El polvo se acumula sobre edificios recién construidos, las suelas marcan el suelo impoluto con la mierda que rodea su creación, perros, viejos escupiendo, vándalos, peleas y toda la sangre dibujando insultos en el arcén y, sobre todo, árboles que tendrían que haber guardado una perfecta equidistancia se comban al crecer, acercándose unos a otros, rompiendo el delicado equilibrio que tan finamente había plasmado en su proyecto inicial.

Obsesionado se hace fabricar plantas de cristal y una enorme cúpula protege de impurezas el ambiente. Él se queda dentro mientras obliga a que todos los vecinos desalojen la zona. Desnudo, desinfectado y con el alma en harmonía se va quedando sin oxígeno, intenta que su cuerpo fallezca en la posición correcta… Pero llega un punto en el que nada se controla y queda tumbado sobre el cemento, sin corromperse pero igualmente disonando en un punto que no estaba pensado para ser un cementerio.

LaRataGris.


El bosque de cemento

27 enero 2010

Helena vivía en una ciudad pequeña, rodeada de un bonito bosque que se veía desde la ventana de su cuarto. Cada noche antes de dormirse se quedaba embelesada tras el cristal, cautivada por los colores que reflejaba la Luna en la copa de los árboles, casi podía acariciar la fragancia de las flores, sentir la canción del viento entre las ramas y se dormía acunada por el rasgar de los grillos, con la boca bien abierta para que por allí entrasen las historias que le contaba la naturaleza y se transformasen en los más bellos sueños del mundo.

Por la mañana, volvía a mirar dibujando en su cara una amplia sonrisa que ya le duraba todo el día. Pero, una vez, pasó que llegó su padre nervioso a explicarle que iban a tener una casa más grande, con más habitaciones, más amplia y más bonita. Y, aunque a Helena ya le gustaba el lugar donde vivían, se alegró mucho por él, porque parecía hacerle mucha ilusión, a ella no le importaba mientras pudiese seguir disfrutando de su bosque.

Ese día en el que su padre había aparecido como un tornado, ella ya no tuvo tiempo para deleitarse con el trino de los pájaros, ni detenerse en el vuelo de las mariposas y por eso todo pareció ir de mal en peor; se quemó con la leche del desayuno, se le rompió el paraguas bajo la lluvia más cerrada que jamás hubiese visto, un perro le persiguió hasta llegar al colegio y a punto estuvo de morderle el culo.

Luego, antes de acostarse, escuchó una coral de búhos y lechuzas y las cosas no parecieron tan terribles. Al fin y al cabo, a Helena le gustaba caminar bajo la lluvia para refrescarse, la carrera con el perro le hizo entrar en calor y fue muy divertida, porque era como jugar a pilla-pilla sólo que de una forma algo más arriesgada. Lo de quemarse con el desayuno es lo único que no le hizo tanta gracia, pero a pesar de todo no fue para tanto, no se lo había pasado tan mal como al principio pensaba.

Todos sus compañeros de clase hablaban de lo mismo. Antes o después sus padres les habían dicho emocionados que pronto sus casitas crecerían. Y aunque ninguno entendía qué era lo que de verdad les tenía que hacer tan felices, se reían mucho porque les habían explicado que era fantástico.

Helena les preguntó si a sus actuales hogares les pasaba algo, ¿acaso no tenían una cocina en la que hacerse las comidas? o ¿un comedor donde comerlas?, ¿un lavabo?, ¿cuartos donde dormir?,… todos tenían de todo así que ¿por qué cambiar de casas? Nadie lo sabía, pero las nuevas serían enormes.

Lo que ningún niño sabía, pues ningún adulto había considerado importante decírselo, era que para que las cosas ocupen más espacio otras han de ser más pequeñas. Algo muy sencillo pero de tremenda importancia. Y, aunque al principio, Helena, no supo el por qué su bosque fue desapareciendo, se llenó de árboles de metal. Estructuras de hierro que fueron creciendo hasta hacer desaparecer la cálida madera. Se consumió en lo que la niña soltaba un suspiro de pena, y para cuando quiso reaccionar sólo había edificios grises que parecían gustar a todos los mayores.

La mudanza fue rápida, pues nadie quiso llevarse nada de su antigua vida. Todo debía ser nuevo; muebles, ropa, coches, … Se habían vuelto locos comprando, gastando, engalanando para aparentar prosperidad, mientras dejaban que sus antiguas residencias fuesen cayendo, poco más que escombros que sólo servirían para albergar ratas.

Cuando Helena vio todas aquellas habitaciones vacías creyó adivinar el motivo del cambio. Ella, siempre que por las noches sentía miedo de la oscuridad corría a la cama de sus padres. Estos la consolaban un ratito pero enseguida la echaban diciéndole que ya era mayor y tenía que dormir sola; ellos, que los dos eran mayores y seguían durmiendo juntos, si habían buscado esta nueva casa era para que cada uno tuviese su propio cuarto, ahora lo comprendía todo.

O eso creía porque en realidad siguieron teniendo dos únicos dormitorios, el suyo y el que ellos compartían. No era por falta de espacio, había muchas salas inútiles y vacías. Eso sí, desde ninguna de ellas se podía ver el bosque que había sido arrasado, con lo que eran doblemente inservibles. Helena no sabía en cuál de ellas quedarse a jugar, pues los espacios rellenados de soledad son demasiado fríos y tristes. Así que, buscando, se perdió. Una habitación enorme y blanca daba paso a otra habitación enorme y blanca con tres puertas. Y tras cada una de ellas se volvía a repetir recinto, tamaño, color y el terceto de entradas a un bucle. Se fue dejando guiar por su intuición hasta que no supo de dónde venía ni a dónde iba. Se había quedado en blanco como cada pared desde hacía ciento cincuenta y tres habitaciones, aunque ella ya había perdido la cuenta.

En cuanto vio una ventana no se lo pensó. Saltó a las calles vacías. Miró su reloj sorprendiéndose de que fuera tan temprano, el gris de los edificios apagaba el brillo del Sol y parecía una noche sin estrellas. Caminó sin rumbo, esperando encontrarse a alguien, pero aquello parecía una ciudad abandonada. Era la dueña de todo lo que se veía, una extensión de cemento. Kilómetros y kilómetros del lugar más aburrido de la Tierra. Y lo peor es que, allí, no encontraría más ventanas por las que escapar.

Sí que encontró el final de la ciudad. Tras mucho caminar a punto de desfallecer se halló al borde de la nada. Cegada por el Sol al que ya no estaba acostumbrada siguió paseando pues cualquier cosa era mejor que aquel lúgubre lugar que abandonaba. Seguía sin conocer su destino, aunque esta vez no le preocupaba pues no podía ser peor que lo que ahora quedaba a sus espaldas.

Ya estaba lejos cuando apareció otra persona corriendo por las calles. Llegaba tarde a trabajar y no era el único. Poco a poco iban encontrando las salidas de sus mansiones, tras días y días de encierro, llegaban muy tarde a un trabajo que no podían perder, si no ¿cómo pagarían todo aquello? Cogieron sus coches perfectamente aparcados y, al instante, miles de ellos formaron ruido y humo negro en un monumental atasco.

El bosque se había llevado mucho más de lo que en un principio podía parecer, el aire era más pesado sin árboles que renovasen el oxígeno y respirar se hacía muy complicado. Además, neutralizados los colores de la naturaleza, el tiempo se convirtió en simplemente una palabra sin sentido. Ya no existía la exuberante primavera, ni el melancólico otoño, desapareció el frío del invierno y el calor del verano, así que ¿qué sentido podía tener el paso de los días si todo se había reducido a la reiteración de un momento, un entretiempo carente de características más que la de ser insulso? A la única persona a la que esto podría importarle ya estaba lejos o quizá…

La gente estaba apesadumbrada sin entender el por qué. Tenían cosas grandes y vistosas, eran los más ricos pero no tenían suficiente. Todos a la vez decidieron agrandar la casa. Trabajaban más y más para pagar las reformas, los obreros, los electricistas, los materiales, el nuevo terreno, los muebles que les comprarían, los sirvientes para limpiarlas, … había tanto que preparar que corrían demasiado, atribulados, estresados y sin ganas de hacer nada de lo que hacían pero haciéndolo. La ciudad se fue extendiendo y si Helena se había marchado lejos ya no lo estaba.

Había encontrado un bosque en el que perderse, en él era feliz. Vivía en una cueva con un oso y una araña. Era amiga de todos los animales, cuidaba las plantas, se bañaba con la lluvia,… parecía un cuento de hadas que se hacía realidad. Pero una mañana pió un jilguero junto a su cueva:

– El ser humano- trinaba- llega el ser humano.

Helena se levantó de un salto y vio los árboles de metal, las estructuras de hierro, el terror acercándose para volver a quitarle su hogar. Cuántas veces había temido este momento. Había tenido pesadillas que no le dejaban dormir y por eso no estaba preocupada. Había sentido tanto miedo que decidió estar preparada. Ahora sabía exactamente qué hacer. Le agradeció al pájaro la información y entró en la cueva a recoger una mochila que le había tejido la araña. Abrazó al oso porque sentir su cuerpo mullidito y caliente le daba valor y emprendió el viaje de regreso.

El día que abandonó la ciudad empezó a sentirse más ligera. Sus pasos parecían más decididos y directos. En cambio, el regreso era pesado y lleno de desgana. Había metido en la mochila algo de tierra del bosque que tiraba de su cuerpo para atrás, llevaba en su corazón un grano de esperanza que le reconfortaba para no desfallecer y había dejado sus pensamientos al cuidado del oso para que estos no le hiciesen arrepentirse de lo que iba a hacer. Aún así, cada vez que sus piernas le hacían avanzar su cabeza gritaba y su cuerpo se estremecía. El color gris entraba por sus pies, subía hasta su cerebro, le empañaba el espíritu. Empezaba a parecerse a las pocas personas que se encontraba por la calle. Como si se hubiesen desteñido sus ropas, incluso sus pieles habían palidecido, parecían gárgolas de horribles muecas y aspecto deplorable. Arrastraban zapatos desgastados, fatigados de caminar, encorvando espaldas abatidas por el peso de la vida. Daba lástima verlas y también a Helena que se iba transformando conforme se adentraba por callejones deslucidos.

Su determinación era firme, llegó al centro de la localidad y allí se sentó en el suelo. Se limpió un poco de gris de la cara para ver mejor y vació la cartera sobre la acera. La tierra marrón parecía brillar en el ambiente monocromo del lugar. Se completaba con rojos, violetas, un pequeño matiz cobrizo,… parecía un arco iris entre tanta simplicidad. La gente comenzó a pararse a su alrededor cautivados por la explosión iridiscente. Atrapados fueron persiguiendo cada movimiento de Helena, cómo hundía su dedo formando un pequeño agujerito. Cuando se arrancó el granito de esperanza suspiraron sobrecogidos, era de una intensidad tal que molestaba mirarlo directamente, pero lo enterró rápidamente y su fulgor quedó atenuado. Y, entonces, nada.

La niña mimaba el suelo acariciándolo y regándolo. La gente a su alrededor parecía cansarse. Tras la novedad inicial sólo quedó un poco de polvo y aquel extraño ser vestido de harapos que daba la sensación de pedir, nunca podría dar nada alguien con esa apariencia de pobre. Así que se fueron dispersando. Alguno aún tenía la esperanza de ver maravillas naciendo del suelo, pero eran los menos y tenían que trabajar para pagar sus lujos. Sin darse cuenta se había quedado sola.

De repente, se puso a llover, era una lluvia torrencial de las que hace correr a la gente buscando un sitio donde guarecerse. Helena se levantó tranquila y se marchó por donde vino. Las personas con las que se cruzaba la miraban con curiosidad, al fin y al cabo era la chica que había ocupado todas aquellas horas de televisión, una mendiga sobre la que se debatía si echarla de la ciudad por improductiva o dejarle quedarse por caridad. Alguien de la que se había dicho que haría grandes cosas y de la que se comentó que sólo era un reclamo publicitario para venderles alguna cosa.

El ser humano tiene la tendencia de mirar sólo lo que le interesa. Si encima está acostumbrado a pensar en términos desmesurados hay muchos y pequeños detalles que se le pueden pasar por alto. Vieron, por ejemplo, la lluvia inmensa, llamativa. Se fijaron en el acto de marcharse. Pero no se dieron cuenta de la media sonrisa de Helena justo antes de levantarse, no advirtieron lo tensa que entró y lo relajada que se iba, no notaron la plantita que se abría paso a través de la tierra que la niña había dejado. Fue un poco más adelante, cuando ésta empezó a crecer, convertida ya en flor, que se escucharon los primeros grititos de sorpresa. Eran unos -oooooh!!!- que no parecían tener final. El rumor se fue extendiendo, también la fragancia que al competir con la pestilente polución no tuvo problemas para llenar cada rincón de la ciudad. No se hablaba de otra cosa. Se acercaban a verla dejándolo todo de lado. Era algo ridículo si lo comparaban con sus descomunales casas pero a la vez le llenaba de una alegría que nunca podrían obtener con ellas. No era nada que se pudiese explicar, como unas ganas de gritar, de reír, de estar vivo. Aquello era una locura que no se les hubiese podido ocurrir ni al mejor publicista. Además, a su lado se respiraba mejor.

A todos les entraron ganas de acercarse a hablarle a la planta. Le acariciaban los pétalos con una delicadeza extrema, le traían agua, canciones,… y ésta, agradecida, creció fuerte y robusta. Extendió sus raíces agujereando el suelo de cemento que había bajo su tierra y así fue resquebrajándolo. El viento trajo semillas que, aprovechando las grietas, decidían germinar allí. Nacieron arbustos, árboles, flores,… incluso las malas hierbas eran bien recibidas en aquel momento, porque todos traían los colores olvidados, llenaban los corazones de belleza y alegría.

Helena lo vio todo desde lejos, escondida en su cueva se fue a dormir feliz porque observó cómo la vida se volvía a adueñar de la ciudad. La gente sonreía, trabajaba sin prisas, deteniéndose a disfrutar cada instante. Eso le volvía a traer bonitos sueños antes de ir a la cama. Eso sí, sus padres que por fin se habían dado cuenta de su desaparición estaban un poco tristes. Por eso, les envió el jilguero para tranquilizarlos. Les explicó que estaba bien, que no se preocupasen. Que vivía con un tierno osito y una araña que le tejía ropa para no pasar frío, que ahora era feliz y que ellos también deberían serlo porque, por fin, las cosas eran como debían ser, preciosas.

LaRataGris.


Envejecer

13 enero 2010

Me miré al espejo y me ví tal como era, toda una mujer- Quieres decir- susurró con maldad mi reflejo- que se te ha puesto cuerpo de maruja, ¿no?- Por un momento creí intuir una medio sonrisa en aquella imagen, obviamente era imposible porque yo no me estaba riendo. Volví a echarme un ojo y me repetí una y mil veces que no parecía una maruja. Lo que sucedía era que, simplemente, había madurado y ya no era aquella cria alocada- Vamos, que has envejecido.- Me giré lo más rápido posible, intentando que no le diese tiempo a ocultarme nada, pero sólo era yo diciéndome que no estaba envejeciendo, en aquel momento era más consciente de mí misma y no había nada más.-Ya, nada más que dejarte por imposible, aceptando que intentar mejorar es inútil, ¿verdad?- “¡Joder!”, grité encolerizada, “no es eso. Lo que quiero darte a entender es que intento engañar a la vejez aún a pesar de que no quieren dejarme ser feliz. Me crean estúpidas inseguridades para así tenerme atada a cremas y potingues, siempre pensando en las chorradas que me impiden preocuparme de lo que de verdad importa”- Pues lo que yo decía; que lo años pasan para todos pero para tí parece que más- Después tiré el espejo y me compré un cuadro para tapar su hueco con cultura.

LaRataGris.


Tu problema

23 diciembre 2009

Hundido, sin un psiquiatra que me haga una paja, que eso son cosas íntimas que prefiero solucionar yo sólo.

Miro en el espejo a los ojos de mis problemas y el reflejo que me devuelve no es el mío. Es mi jefe, mi trabajo, mi lacra que se va degradando y… -¡calla!!!- que si no eres un vago. Traga con todo,- silencio!!!-… escuchas eso. Son las tripas rugiendo de miedo, gritando de hambre, … -¡silencio!!!- todo está bien, hazte la paja y cállate que el dolor se aplaca con pastillas y alcohol. Si hay una sobredosis el problema era tuyo, siempre lo es, sea lo que sea lo que se refleje.

LaRataGris.


El manifestante solitario

1 diciembre 2009

Él se había sentado en mitad de la calle, donde hacía rato que ya había pasado la manifestación. Así que ni gente protestando ni policías lo molestaban, solo transeuntes paseando y esquivándolo como si no existiese.

Y nadie se hubiese dado cuenta de él si no hubiese sido porque un huelguista, amigo suyo, lo echó en falta.- Quillo!!!- le gritó- que estamos aquí.- Y, de repente, la masa reivindicativa, los cuerpos de seguridad se giraron al unísono para ver cómo declinaba la oferta.

– Ýa, pero prefiero protestar aquí sentado, creo que sera más efectivo.- Al escuchar aquellas palabras los líderes revolucionarios se subíeron por las paredes de sus chalecitos. Cogieron el teléfono y se llamaron entre ellos para ver si estaban viendo la misma noticia sobre su huelga y sí, ninguno daba crédito a lo que escuchaba, un disidente de la disciplina del partido.

En petit comité y con carácter de urgencia se decidió pedir disculpas a los dirigentes de la ciudad, que tan amablemente habían cedido un callejón sin salida para la protesta. Se envió una carta abierta a la prensa gritando muy fuerte que el manifestante solitario sería amonestado y, por último, una delegación se acercó hasta donde él estaba sentado para hacerle desistir de su actitud antidemocrática.

– Debería acompañarnos para que podamos seguir manifestándonos con total tranquilidad- le dijeron- piense que cuestionar la estrategia le hace un flaco favor a la causa, que nos costó mucho convencer a los opresores para que nos permitiesen este acto simbólico y mover a tanto oprimido es una tarea ardua y difícil. Por favor, no nos obligue a llamar a la policía por su comportamiento absurdo, no tiene los permisos necesarios para su lucha.

Pero no entro en razón, apelando a sus ideales, a la repercusión que estaba teniendo su actitud se sentó, si es que se puede, con más fuerza, como si echase raíces en el pavimento y esperó a que los manifestantes ortodoxos, junto a los perros del estado, vinieran a deslucir su protesta. No sirvió de nada. Las ostias cayeron desde todos los lados y, aunque dolían, eran más satisfactorias que ser invisible.

LaRataGris.


Potenciales

18 noviembre 2009

-¿¡Luís!?- y Luís se gira hacia la puerta aunque no hay nadie allí. La voz ha llegado desde la otra punta del piso. Empujada por los pulmones de su madre, disparada en la cocina, atravesando recibidor, comedor y finalmente su habitación para que no se quede dormido.

– ¡Ya voy mamá!- De hecho ya estaba despierto desde hacia rato. Al menos llevaba una media hora mirándose al espejo, cerciorándose de que todo estuviese en su sitio. Cada pelo debía guardar un orden especial, los cuatro rastrillados con algo de gomina para no despeinarse en el ajetreo del día a día; elegante con su traje y corbata, impecablemente planchado por mami, zapatos relucientes y sonrisa de vendedor. Ensaya algunos gestos que transmitan confianza y ya está preparado para empezar a moverse.

Forma parte de un gran equipo, el mejor. Todos están licenciados en económicas, con másters en dirección de empresas y varios títulos más que cuestan mucho dinero. Pero escogieron una mala época para estar tan preparados. – Hay crisis- le dijeron en el banco- la gente pierde sus trabajos, sus casas, el coche… se están quedando sin nada y los bancos tenemos que asumir menos ganancias. – O lo que es lo mismo, lo contrataron por menos de lo que valían sus credenciales y, encima, él se sintió feliz de ponerse a trabajar con unos usureros tan respetados.

Su jefe directo siempre les arenga para trabajar más, aunque sus puestos actuales no sean los más deseados. A Luis, por ejemplo, le han tocado los mendigos, la sección más grande hasta la fecha- amplio mercado en crecimiento, con muchas posibilidades- le dijeron para que no pusiese trabas a su “ascenso”. Y era cierto, cada día veía a más clientes potenciales, durmiendo por las calles, entre cartones que a duras penas protegen del frío, rebuscando en la basura, pidiendo, … pasando desapercibidos para todos los que no sean de su misma ralea y… bueno, ahora las entidades financieras también se fijan en ellos. Sus ridículos beneficios habían sido obviados por mucho tiempo, pero ahora que llegaban las vacas flacas no se debía desaprovechar ninguna oportunidad. De ratas se cornvirtieron en inversores a los que tratar con la más amplia sonrisa.

– Buenos días- Luis se acerca extendiendo su mano acogedora, desencajando la mandibula para mostrar su cara más cordial. Y la respuesta suele ser una total indiferencia, solo rota por los que le alargan la taza señalando el cartelito en el que suplican ayudas monetarias. – No me malinterprete, caballero- y acentúa una expresión de perplejidad, como si nunca le hubiesen hecho eso mismo- yo no vengo a ofrecerle limosna, yo le traigo el futuro- Cada frase está perfectamente estudiada del manual de procedimientos, cada gesto, cada pausa o mirada ha sido mil veces testada para que nunca falle- ¿ Conoce nuestro sistema de tpv inhalámbrico?- preguntas abiertas, en las que esperas una respuesta negativa con la que soltar el rollo- Podrá cobrar con tarjeta, sin necesidad de conectarse a ningún sitio, no perderá dinero porque ya nadie lleva suelto, todos pagan con sus visas, sus mastercards, sus plastiquitos finos y seguros y usted sólo tendrá que abrir una cuenta con nosotros para beneficiarse de las amplias ventajas de ser nuestro cliente. ¿cuánto suele ganar al mes, señor mendigo?…

Con la satisfacción del trabajo bien hecho, sin que se le caiga la cara de vergüenza por ser lo que es, Luis se para con los amigotes en el bar y se burla de la “inmundicia” con la que tiene que tratar. Les habla de lo fácil que es engañarles, de lo mucho que disfruta “cazando”. Lo único que no explica, porque aún no lo sabe, es que en el plazo de un mes otro será el que ocupe su puesto ya que él pasará a ser un cliente potencial.

LaRataGris.


Escupe sobre mi jefe

29 octubre 2009

Sin nombres, no importa ni el mío ni el de la gente que me rodea, ni tan siquiera el de los que no conozco y fueron tan importantes en esta historia, nada debe relacionarnos.

El día tampoco lo especifícaré, no dejaba de ser como cualquier otro en el trabajo. Un lunes, un martes, miércoles, jueves, viernes o sábado, nada de esto hubiese sido distinto. Estaba en la tienda aparentando felicidad cuando entró un desconocido que vino directo hacía mi y me preguntó si yo era yo. Lo miré perplejo y le respondí que no podía convertirme en otra persona por mucho que lo intentase, así que no me quedaba más remedio que serlo. – No,- me dijo- quiero saber si tú eres LaRataGris.- En aquel momento sí que me quedé pasmado, ese era mi apodo, mi nick prefieren apodarlo ahora, y se suponía que nadie lo iba a saber a menos que yo se lo dijese, y de mis labios nunca había salido.

-Sí, soy yo pero…- antes de seguir hablando ya me estaba abrazando. Noté la mirada de mi superior en la nuca, insinuando que perdía el tiempo en lugar de vender, pero un susurro me tranquilizó. El desconocido murmuraba en mi oreja que entendía mis dibujos, que sabía lo que estaba pasando y que, aunque en realidad no podía ayudarme, sí que haría algo por mí. Luego se marchó sin darme más explicaciones y mi jefe se acercó para que dejase de contemplar las musarañas.-Si no tienes nada que hacer limpia aquellas estanterías, ya.

Estuve al menos una semana preguntándome cómo me había encontrado aquel señor. Supongo que dejé varias pistas a través de mis dibujos, pero la verdad es que no pensé que nadie se tomase la molestia de resolver el puzzle de mi identidad, no importa, como el nombre, como el día, … como tantas otras cosas que son nímias para esta historia. A partir de ahora solo interesa el Señor A… casi doy su apellido. Cada tres horas alguien preguntaba por la primera letra del abecedario, se le acercaba y le escupía al rostro. Y A, mi Amo contratante, se limpiaba hasta que a los ciento ochenta minutos aparecía por la puerta alguien distinto preguntando por él.

Un año entero así no hizo mi vida más sencilla pero sí más divertida. Por eso, quiero agradecer con esto, a nadie. Pues a nadie conozco y con nadie tracé ningún plan, ni formamos ningún grupo en ninguna red social para rascarnos mutuamente la espalda. Y, por su puesto, no quisiera insinuar que si tu jefe te putea, como a mí el mío, este sea un buen sitio donde dejar un comentario, pues yo soy un desconocido para él.

LaRataGris.