17 enero 2012
Empezábamos a tener hambre. Seguíamos teniendo los lujos, las tiendas se llenaban de autenticas virguerias de la tecnología, finas fruslerías y esqueletos de hombre elefante para decorar nuestras suntuosas mansiones de treinta metros cuadrados. Gritábamos fiesta y las pupilas se nos dilataban de emoción, la tele nos hablaba, el edredón nórdico nos abrazaba y eramos todo lo felices que se podía en este capitalismo devastador. Pero es que cada vez nos rugían más las tripas.
No podíamos comprarlo todo y seguir comiendo así que elegimos la inmediatez y la publicidad nos vendió recetas a corto plazo. Seguíamos adquiriendo estatus pero esta vez en píldoras de colores, ricos complejos vitamínicos que disminuían las carencias y llenaban nuestro estómago. De la noche a la mañana empezamos a ingerir pastillas y a controlarnos las constantes vitales en brillantes máquinas ideadas para la ocasión. Sonreíamos con los buenos resultados, nos preocupaban y antidepresivos para los peores.
Era imposible equilibrarlo todo así que apostamos a los seguros de vida, los bonitos ataúdes y los placeres de digestión rápida. Nos aceleramos por que teníamos hambre de vida y seguimos teniéndola.
LaRataGris.
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Escrito por laratagris
10 enero 2012
La ropa había empezado a sentirse un poquito más importante de lo que era. Estilizaban dando glamour, llevándote de paseo y abrigándote en la comodidad de tu casa. Eran prendas venidas a más, descendientes de la lana de alguna oveja de rancio abolengo, pieles curtidas sobre los tejados de suntuosos palacios y cosidas con hilos dorados fabricados por Rulpenstinki. Trajes de nobleza estudiada y marcada con escuditos que las distinguían y elevaban por encima de las telas de mercadillo, confeccionadas en algún taller ilegal en el barrio chino de Santa Coloma.
Pero la flor y nata de la alta costura no se estaba vendiendo como debía. Se quedaban perfectamente dobladas en tiendas de diseño, dormitando a la espera de tiempos mejores, los que vendrían, los que creían merecer,…. los que necesitaban para subsistir. Habían dejado de ser rentables; ni abaratando costes, que menos gente haga lo mismo, que inframanos las toquen, haciendoles nacer de materiales fugaces, reduciendo gastos, incrementando precios para conseguir los beneficios de antes de la crisis, cuando el dinero no era importante si se podía pagar a plazos.
Tenían miedo, por eso se juntaron todas, incluso algunas consideradas submarcas subsidiarías que jamás tendrían que rozar a las mayores, estaban allí para decidir como recuperar el mercado perdido. Se saludaban, presumían entre ellas, debatían del pasado, creaban fórmulas y ecuaciones que explicaban la actual situación y encontraban nada parecido a una solución.
Casi al final, nadie sabe quien, alguien gritó que eran marcas y esa era, en si misma, la idea revolucionaria. Necesitaban un logo, una mascota que las distinguiese del resto; algo vivo que la gente pudiese entender como suyo. Por unanimidad empezaron a buscar la panacea, en una tormenta creativa las cabezas pensantes se rebanaban los sesos, exprimiendo sus escasas ideas hasta tener que admitirlo, no había nada en sus despachos suficientemente sugerente.
Derrotados, los importantes directivos, regresaron a sus mansiones preguntándose cuantos yates, coches o joyas venderían para mantener un nivel de vida aceptable, donde reinvertirían el cuantioso finiquito, a quien demandarían por injurias o a que santo rezarían… Nada parecía garantizarles un estatus a largo plazo pero no podían ver más allá de la crisis del momento, el desanimo les tenía presos. Se sentían como si ya fueran pordioseros ensuciando el parabrisas de limusinas ajenas por unas cuantas monedas, igual que el mendigo que les increpaba a la salida del trabajo, rodeados de miseria, con el hambre haciendo mella en sus rostros morenos. De repente uno de ellos le pidió al chófer que parara en seco, que diera media vuelta y buscara al pobre que todos tienen en mente. Tirado en la calle, comiendo los restos de una papelera, el prototipo de hombre era tal como lo recordaba el importante ejecutivo, tan desagradable y a la vez uniformado en ropa de marca, la mascota que estaban buscando.
Sus compañeros, desesperados, admiraron el hallazgo, alabaron la creatividad y la maquinaría empezó a girar de nuevo para promocionar el viejo producto, el novedoso envoltorio. Nadie iba a querer ser menos que un dame algo forrado con telas de renombre. La campaña se extendió como pólvora. Pagaron a todas las televisiones, la prensa se hizo eco y la calle asintió- Si el puede yo también, yo soy mejor, lo necesito- y se endeudaron hasta tener de todo.
El día de la presentación oficial asearon a la mascota, le pagaron un sueldo desorbitado y, para sorpresa de los medios, apareció vestido de cualquier cosa. Había cambiado, ya no representaba nada más que normalidad.
-¿por qué?- gritaron los mandamases- ¿por qué?- los periodistas- Porque- respondió- si vives en la calle es más fácil encontrar marcas pasadas de moda. Quien no las puede pagar aprovecha la ropa hasta dejarla inservible. Ahora que tengo dinero no quiero despilfarrarlo- Pero ya nadie escuchaba, la deuda contraída era grande y les dolía oír según que cosas.
LaRataGris
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Escrito por laratagris
3 enero 2012
– El mundo,- pensó Cloe- no es redondo.- Para ella la realidad se limitaba a todo lo que alcanzaba a ver con sus ojos. Si se movía aparecían edificios, parques, caras distintas necesitando un rincón más amplio que su país de sensaciones, no tanto como para imaginar un planeta mucho más grande.- El mundo,- seguía con su retahíla- es tremendamente pequeño.- Siempre hacía los mismos trayectos; invariablemente salía de casa y trazaba líneas rectas hasta el trabajo, el mercado o el bar de Juan. Por el camino más corto y directo.
Jamás se había preocupado por si el camarero tenía un nombre distinto al de Juan. Era lo que rezaba el letrero y así se tenía que llamar aunque fuese variando el dueño, las facciones y la cordialidad, en su caja hermética no había lugar para cambios. Cloe vivía en el primer mundo y así quería seguir. Sus problemas eran los de alguien con dinero. Necesitaba experimentar la última novedad, demostrarse superior y puede que ayudar, no demasiado, suficiente como para sentirse bien sin que esto le llevase a ser pobre. Ni se planteaba perdonar deudas a tierras desconocidas, poco más que fantasías. No quería implicarse con alguien que para ella era un extraterrestre viviendo a millones de años luz de la realidad. Una limosna simbólica era suficiente para poder continuar sin que se rompiese la burbuja.
No fue tan rápido como para suceder en un día pero si lo suficiente como para que no se diese cuenta de que todo estaba cambiando, aunque de haber sido más lento tampoco hubiese notado nada. No vio que cada vez había más mendigos, que Juan había cerrado el bar de toda la vida y que en el super no le fiaban desde que quebró su empresa. Su mundo se iba reduciendo, desapareciendo junto a los pingües ahorros de toda una vida. Ya no era una privilegiada y no lo sabía. Cloe vivía en el tercer mundo y sus problemas empezaban a ser preocupantes. Ya no tenía para comer y la última novedad debía ser algo de fruta, un bocadillo o las sobras de cualquier restaurante.
El rostro de la ciudad también se había transformado. Los desfavorecidos pululaban buscando la parte de comida que el primer mundo había preferido tirar. Ya no había riqueza con la que la gente como Cloe pudiese simular un lugar aparte, empezaban a mezclarse y eso costaba de digerir. El mundo empezaba a ser redondo, mucho más allá de nuestra mirada todos empezábamos a depender los unos de los otros.
LaRataGris
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30 diciembre 2011

Cada vez nos gusta más celebrar los nuevos comienzos, olvidando todo lo que fue y nos enseño…
FELIZ AÑO PASADO,
base de nuestro futuro.
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26 diciembre 2011
La mujer envejecida empieza a ser una pesada carga para ella misma. Arrastra su cuerpo desgastado mientras el día la va desmontando. Apenas le quedaba carne sobre el esqueleto y su piel es una fina sabana cubriendo huesos desnudos.
Lleva una cesta de mimbre donde recoge las piezas que ya no pueden más; los flácidos brazos de extremos torpes y resbaladizos, la cabeza destrozada, las piernas frágiles.
Cada noche se arrastra hasta su madriguera donde a media luz se vuelve a coser. Lanza puntadas de hilo negro sobre tonos decolorados, añade cicatrices a todos sus suicidios y reconstruye un cuerpo de derrotas con los restos que le quedan de vida. Mientrastanto la televisión del usar y tirar zumba soluciones fáciles a su oreja. Le ofrece piezas nuevas de juventud y costuras invisibles. Plástico suave y reluciente- volverás a ser eterna- le acaba tentando-el doble de pechos si llamas en un instante-. Pero esta demasiado ocupada como para aceptar. Tiene su historia, penas y tristezas… derrotas de las que salir sin esconderse tras una mentira.
LaRataGris
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22 diciembre 2011

ilustración de Maria Jose Daffunchio.
Hacía frío en las habitaciones abandonadas. Se acumulaban los rincones tristes, llenos de polvo y soledad. Los edificios se habían vuelto económicamente inhabitables mientras las calles eran improvisados hoteles para un inhumano tanto por ciento de la ciudad. Las hipotecas, contratos temporales sin derecho a renovación, habían diezmado la población de zombies solventes y la pobreza se reagrupaba para darse calor en los llamados guetos malolientes.
Los que cuentan, el escaso número de privilegiados, rehuían los espacios comunes. Temerosos de las mismas desgracias invertían todo su capital en templos elitistas donde operaban sus ojos para dejarlos ciegos e insensibles.
Todos los que no habían tenido que caer, los que siempre habían vivido la miseria y los restos del capital abrazaban a los recién llegados, les enseñaban. Un nuevo sindicalismo, ajeno al trabajo, cercano al ser humano, empezó a hacer mella entre los que más necesitaban. Cuando por fin decidieron ser tan fuertes como siempre lo habían sido quemaron las estrellas que les cobijaban, no querían tener donde regresar, necesitaban huir hacía delante.
A su paso las habitaciones se iban descongelando y el fuego iluminaba a los invidentes. Empezaron a repartirse el mundo, a vivir del esfuerzo y no de la especulación de unos pocos.
LaRataGris
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22 diciembre 2011
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Escrito por laratagris
20 diciembre 2011
Fue alrededor de las más hermosas flores, junto a un estanque sobre el que se paraban los rayos de sol para amarse, allí donde rompían las partículas en una orgía de luz y color hizo un alto la corte marchita y su rey decidió que se quedarían por toda una vida.- Estas tierras- proclamaron sus vientos- pertenecen desde ahora y por siempre al monarca supremo-. Buscaban lejos del palacio un sitio en el que esconder su decadencia.
Su majestad era un anciano arrugado al que su joven concubina pretendía planchar a base de caricias y húmedas palabras. Siempre se mantenía desnuda, pegadita a la piel del viejo para que nunca le faltase el calor que había perdido. Ella era la encargada de recordarle quien cuidaba sus flácidos pellejos, quien besaba sus labios de aliento putrefacto y quien merecería el trono en su cercana muerte. A su espalda la corte se extendía en una regia cola de vividores y pretendientes profesionales, jamás bajaban la guardia, siempre con el pertinente halago al hermoso, divertido y campechano amo de todas las tierras a las que alcanzaba la vista.
La fila, cada vez más infinita, iba relegando los peores trabajos a los que esperaban una oportunidad en el final de la misma. La última mierda tenía que correr de aquí para allá con los caprichos que bajaban por la serpiente de hombres y mujeres. Los privilegios de las más altas esferas se iban engordando de boca a oído hasta cargar de tareas al pobre infeliz que recibiese el encargo. El rey quiere faisán, la reina añade otro y cada súbdito pide más platos al transmitir la orden- faisán, patatas, pato, cochinillo, lechón,…- un festín a preparar por uno que adula, se desvive y evidentemente se cansa de ser un peón satisfaciendo tanto cuerpo flojo.
La última mierda dejó de endulzarles la vida, no quiso preparar ni arreglar nada más. Recibía encargos que obviaba y les hubiese obligado a trabajar si no fuera por que sus superiores desconocían la palabra y su significado. Empezó a cuidarse el sólo, con todo lo que sabía no necesitaba a nadie más. Por las tardes, cuando acababa de pensar en el se sentaba a ver como la corte marchita hacía honor a su nombre e iba palideciendo de hambre y vagancia. No quedó nadie por heredar el trono.
LaRataGris
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