Recuerdos de septiembre

14 diciembre 2011

Se acababan los últimos días de vacaciones, este año septiembre, y con ellos la felicidad de no tener obligaciones. Me sentaba a respirar y nadie venía a molestarme.

Irene me preparaba una fiesta sorpresa. Se movía ligera, marcando números en su teléfono de forma descuidada, casi al azar. Mantenía un ojo constante en mi despiste y otro en el móvil, portátil, portátil, móvil… Mi cometido era hacer ver que no sabía nada, ignoraba sus idas y venidas, esquivando la mirada para que mi posterior asombro fuese algo más convincente. Al día siguiente era mi cumpleaños pero el futuro nunca llegó. De repente era un octubre de prisas y volver al trabajo.

El treinta y uno de septiembre había desaparecido sin que nadie pareciese darse cuenta. No estaba en ningún calendario, se habían esfumado todas sus horas y nadie las iba a reclamar, yo tampoco. Supuse la borrachera, el olvido y me fui a trabajar con mucho mono por más vacaciones.

Pasaron los correspondientes trescientos sesenta y cinco días sin volver a pensar en lo que no había sucedido. Crujimos las hojas de otoño, bailamos los vientos fríos del invierno, la lluvia de primavera nos floreció y en verano la noche se tejió de aromas a jazmín mientras mi cumpleaños seguía desaparecido. Cinco años y la vejez continuaba eludiendo mis recuerdos. Empecé a creerme loco, había memorizado todas las listas inútiles de la niñez; no podía olvidar el dolor, los reyes godos y los ríos de españa… pero no conseguía retener una pequeña anécdota de un día cualquiera. Decidí obligar a mi mente. Busque por hemerotecas, en grabaciones antiguas,… hablaba con todo el que me quisiese escuchar y… nadie sabía decirme nada del treinta y uno de septiembre. Me lo tenía que haber inventado, seguramente nací el día de antes, el último del mes al fin y al cabo.

Irene me dio la razón en seguida. Llevaba más de un lustro organizando una fiesta que nunca empezaba. Ya ni enviaba las invitaciones, se limitaba a decirme que haríamos algo, me explicaba todo lo que había pensado para conseguir que fuera especial y después se deshacía de las ideas con una mueca invisible.- Esta vez será diferente-. Juntos recuperaríamos las tartas y velas que no habíamos disfrutado.

Guardé cada segundo, los amigos y abrazos. No quería ver como todo desaparecía un año más. Disfrute de cada acorde de la vida hasta bien entrada la noche nos fuimos a dormir sabiendo que por fin lo habíamos celebrado. Amaneció dos de octubre y volví a correr desesperado. Las estaciones de aquel año fueron ráfagas de un instante. Los meses eran anécdotas fugaces y, sin darme cuenta, era otra vez mi aniversario. El tiempo parecía replegarse sobre si mismo para reconstruir mis errores. Adelantaba acontecimientos cuando no los hacía desaparecer como ya paso con mis celebraciones. Mi día no parecía el único perdido. Cada vez más los doce meses se acortaban hasta que las cosas parecían suceder de un día para otro. Como si la humanidad olvidase las fechas no nos extrañaba empezar un mes el día cuatro, saltar al diez y terminarlo en veinticinco. El mundo se había vuelto loco, lo inamovible ya no estaba y lo real era cambio.

Un tres de enero la tele, los periódicos, las radios y el boca a boca no pudieron seguir fingiendo. No hablaban de otra cosa. Se habían regulado las edades a la nueva situación, los acontecimientos importantes se reestructuraban a marchas forzadas y el gobierno nos pidió un pequeño esfuerzo. Eramos jóvenes envejecidos de palabra. Vigorosos ancianos que veían el horizonte de la muerte muy lejano. Cada tres días volvíamos a crecer y así fue fácil que aceptásemos ampliar la edad de jubilación. El sistema no podía sostener una sociedad decrepita como la nuestra, eramos fuertes y podíamos seguir en nuestros puestos un tiempo más. Recalcularon nuestro retiro para cuando todos tuviéramos dos mil quinientos años, apenas una fracción de segundo. En nueve días llegaríamos a ser aptos para dejar de trabajar.

Una vez aprobado, y celebrado por todos, el tiempo volvió a su cauce. Se recuperaron los días perdidos, los meses y se añadieron algunos nuevos que convirtieron los siglos en años. Nos transformaron en carcamales sin fuerza que jamás podrían descansar. Crecíamos de una forma tan paulatina que pocos llegarían a los treinta años antes de morir. Eramos esclavos de los amos del reloj.

LaRataGris.


Trabajadores locales

12 diciembre 2011

trabajadores locales


Entre crisis

7 diciembre 2011

Marc era un superviviente. Cada crisis se volvía pequeño, respiraba de forma pausada y dejaba que su organismo quedase en estado latente hasta escuchar el regreso de las vacas sagradas. Dormitaba días, meses o años antes de volver a sentir la fragancia del dinero. Entonces regresaba con hambre de comérselo todo.

Conoció a Dalma entre crisis. Nada había cambiado desde la última caída del sistema pero, la maquinaria, buscaba vías para subsistir. Ofertas anticrisis, créditos para chucherías y el dinero negro… ella apestaba a despilfarro, la última juerga antes de volver a tropezar.

Marc aún se estaba desperezando con el tintineo de las cajas registradoras cuando Dalma llegó entre todos los compradores. Se paseaba contoneando las tarjetas de tienda en tienda. Compraba montañas de insignificancias para poder perder las baratijas más inútiles e irresistibles en un suspiro. El centro comercial hervía de gente como ella; sin poder pagar se endeudaban para escenificar una escapada de la miseria. Los peones más desfavorecidos sonreían a la masa vacacional tras el mostrador, con cuerpo de pocos amigos. Marc paladeó la piel forrada de joyas de Dalma y quiso saborearla para toda la vida. La invitó al banquete caníbal de sus cuerpos y juntos se compraron una casa, ropa adecuada y muchos y excesivos lujos. Se arrastraban hasta el próximo bache, se empachaban de capitalismo soñando que siempre podrían fingir lo que no tenían, que eran pobres circunstanciales, esporas apunto de germinar para dejar atrás su no-vida.

LaRataGris


Recuerdos

1 diciembre 2011

Recuerdos


Los cimientos del sistema

29 noviembre 2011

Manuel lleva toda una vida buscando huecos. Se desliza sobre luces encendidas para tener algo que ver, suplica pan en trabajos de esclavo y sonríe si le llega para sobrevivir un día más. Pero ya ha muerto varias veces sin vislumbrar alguna mejora en su nicho. Poco a poco se va quedando sin salvadores que lo resuciten, esta sólo con su hambre.

Arrastrándose regresa a las mansiones donde habitan los amos, con su lista de fracasos escrita por todo el cuerpo como presentación. Ha sido naufrago de un barco pesquero, pulgón en la floristería, pieza defectuosa en la cadena de montaje,… el agrio en la simpática multinacional de la carne. Aún le piden más vidas que demuestren su valía. Sin experiencia para los nuevos grilletes, sin preparación universitaria adecuada para recetar gominolas, demasiado caro para despiezarlo, demasiado entero para subvencionarlo.

Lo encierran en la realidad sin posibilidades de escape. Esta atrapado pero cree en el sistema, en la promesa, el sueño de una salida. Manuel sabe que sólo es una hormiguita, un don nadie, pero – Cada peon se tiene que esforzar por el bien de la construcción. Un pequeño sacrificio para el futuro.- Respira hondo el mensaje, lo hace suyo. Acepta las palabras que suenan cada media hora en la intraradio y no se rinde.- Tu país te quiere, tu país te necesita-.

LaRataGris.


La marca de la vida

24 noviembre 2011

La marca de la vida


Nuevo «oren»

22 noviembre 2011

Nuevo orden, seguimos a la deriva de los mercados, la culpa… la abstención. Para los perdedores es más fácil asumir algo así antes de tener que admitir que cada vez son menos los que creen las mentiras que cuentan. Ahora sustituiremos caras y acentos para que todo siga exactamente igual. La derecha no es cambio ni alternativa. Sus ideas, las del capitalismo salvaje, ya habían sido adoptadas por la falsa izquierda. La diferencia estriba en que los unos tenían que intentar justificarse ante sus electores y los otros tienen carta blanca para hacer sin tener que dar explicaciones.

Ahora se lamentan quienes no escogieron el mal menor, se ven atrapados entre siglas poco agradecidas y lloran el castigo. Yo no me arrepiento de no haber votado, hace demasiado que creo en la abstención activa, en tener toda una vida para reflexionar y no sólo un día en el que únicamente parece pensar el que tiene las neuronas atrofiadas por el desuso y claro, pasa lo que pasa. Si hubiese participado en su farsa me sentiría como todos aquellos del voto in-útil, estafado.

La verdadera izquierda ha de ser capaz de transformar su entorno y expandirlo hacía el mundo, no deja que culos ajenos piensen por ella. Necesita construir y embellecer todo lo que toca, dejar de aparentar para poder ser.

La abstención, el voto nulo, en blanco son alternativas políticas que no les interesa reconocer. Se sienten mejor, aparentan de una forma más convincente si nos creen engañados. Por eso hay que decirlo bien alto:

YO NO VOTO POR QUE NO CREO EN UNA DEMOCRACIA QUE HA CONSEGUIDO QUE LAS PALABRAS NO SIGNIFIQUEN NADA, QUE CUALQUIER ACTO CONTRA EL RÉGIMEN SUENE A TERRORISMO.

Todos los que se presentaban hablan de libertad mientras nos aprietan las invisibles cadenas. Si no participas estas jodido, si lo haces también.

LaRataGris



La ilusión del señor anónimo

19 noviembre 2011

El pequeño señor anónimo cree que es una persona muy importante. Todos le saludan, quieren estrecharle la mano y le piden un voto- tu opinión nos preocupa-. Cada cuatro años la tele le habla, le envían cartas, le regalan globitos por la calle,… quieren que vaya a todas las fiestas que organizan los partidos y eso le hace sentirse extremadamente bien.

Archiva la propaganda electoral en cajitas de colores. A cada partido le asigna la más adecuada y allí va guardando sus tesoros. Están los políticos de la caja verde, los de la roja, la inmensa caja azul… y durante las elecciones va revisando su contenido, muchas veces acaba reubicándolos entre los contrarios.

Como el señor anónimo es un hombre informado la gente le pregunta por sus gustos, sus aficiones y su preferido. Sus palabras siempre coinciden con las del mejor orador de la última tertulia televisiva que haya visto y, su opinión, suele ser la de la mayoría, pocas veces se equivoca en el resultado final.

Cuando sale su candidato el se llena de orgullo, lo ensalza, grita que el lo eligió y sonríe durante todo un año del placer de sentirse parte del poder. El señor anónimo lo tiene claro; hace apología de la democracia, te invita a votar para que tu, mindundi, también te piense que puedes ser alguien cambiando el rumbo de tu país- ¡Vota!- los mercados te agradecen esa entelequia, tu pasividad.

LaRataGris


Colores de esclavitud

18 noviembre 2011

Colores de esclavitud


«Intergrados…»

12 noviembre 2011

Hasta ahora la ciudad triste nos apagaba en matices de negro y gris. Cada edificio era el tono de una misma escala cromática, homogeneizando un abrazo sombrío y desalentador. La roca y el cemento se habían convertido en prisiones para nuestros espíritus libres. Sólo eramos bichos muertos sobre el arcén. Nos movíamos pero eran estertores, reflejos de una vida consumida. Me asfixiaba aquel sobrevivir de la manada. – ¿Te gustaría salir corriendo?- y siempre era la misma pregunta a la que me aterraba contestar. Agachaba la cabeza y hacía como si no escuchase las voces en mi interior- ¿Te gustaría?.-

Todo aquello formaba parte de una fórmula que yo desconocía. Una ecuación que alguien había calculado para saber cuanto tenía que aplastarnos para que siguiésemos trabajando sin que el descontento nos levantase. No eramos felices pero tampoco sabíamos que hacer para cambiarlo, aquella era la única existencia que habíamos conocido. Pintábamos el interior de nuestras casas de colores pero la realidad que nos construían en el exterior seguía enquistándose sin remedio.

Un día cualquiera mi amigo un millón doscientos veintisiete mil cuarenta y tres se dibujó un corazón verde sobre la piel del pecho. Salió a la calle siendo el mismo número de siempre, con la plomiza camisa tapando la rebeldía, se le intuía distinto. Era una forma de caminar, una media sonrisa ocultando algo… parecía uno de esos niños a los que la escuela aún no ha podido enseñar a no divertirse. No podíamos dejar de mirarlo y no sabíamos por que. Antes de llevárselo preso me confeso su pecado y sentí miedo al saberlo, que no se me notase la rareza, que no empezase a comportarme como si no hubiese perdido la esperanza…

Borré mis huellas de todos los colores felices de casa. Pinté las habitaciones de tristeza, quemé mis ideas y empecé a pensar igual que me comportaba, todo fue inútil. Los perros siguieron su rastro hasta dar conmigo.- señor tres billones setecientos seis mil, se le acusa de intentar ser diferente.- y acabé atrapado en una prisión más pequeña. Yo no había hecho nada pero era tarde para defenderme.

Le pusieron precio a mi libertad; cada idea revolucionaria que entregase, cada cachito de inteligencia que les diera equivaldría a diez minutos menos de condena. Cumplí siete de los ocho años y pude salir a un mundo muy distinto al que abandoné. Nos habíamos sacrificado y la ciudad parecía haberse contagiado de nuestro esfuerzo. Todo se había llenado de color y ya no era la tumba que abandoné. Helicópteros de limpieza lanzaban cubas de pintura allí donde empezaba a deslucir. Ríos de colorante impregnaban cada calle, arrastrando a los transeúntes que también quedaban teñidos en la operación. Los responsables de la ciudad la habían pintado de optimismo y los perros velaban por que nadie manchase las paredes de verdad. Nuestro incidente les sirvió para darse cuenta de que la ilusión de libertad nos tendría mejor controlados que el desánimo, el sistema nos había integrado a su manera, habían transformado la ecuación para un mismo resultado.

LaRataGris