Dibujado tras ver el enfoque hecho por el Koko Parrilla y ya no lo pude dibujar de otra manera. Espero que disculpe mi atrevimiento y mirad los suyos que són los buenos.
Siempre estaba dispuesta a morir por mí. Se clavaba un un cuchillo y me miraba con la sonrisa tonta; bebía arsénico por mí, se ahorcaba y regresaba como un fantasma para atormentarme y me preguntaba-¿Te duele? ¿Aunque sea un poco ?
– Duele demasiado.
Moría por mí cuando yo la había matado hace ya demasiado como para seguir recordando y, aún así, ella moría una y otra vez por mí; para que no olvidara como olvida la sociedad.
-¿Duele?
– Sí, duele aunque ya es tarde para arrepentirse- Y ella estaba muerta, muerta por mí, mientras yo vivía, vivía por mí.
Con este cuchillo, se podía leer bajo la pieza, el ultimo hombre mató a su mujer.
No era más que el recuerdo de otros tiempos. Por solo un flack podías hacer la experiencia más vivida, por un misero flack contratabas un multiforme Gamínedo que ampliaba la información.
Mezclando pequeños enseres de costumbrismo terráqueo, en los que se multiplicaba para representar diversos papeles. Junto a las obras despachaba algunos monólogos de carácter mas académico.
-Es irónico- explicaba el experto, hablando en perfecta lengua modular- que la última mujer sobre la tierra se llamase Eva. Algunos de sus mitos hablan de una Eva, también, como la primera mujer, madre de toda la especie. Murió, al final, con un vástago en sus entrañas, como una broma macabra del destino.
Si Adán no hubiese sido tan impulsivo, si hubiese dejado de lado esa estúpida violencia contra las mujeres, hoy este recuerdo, y aquí siempre señala la hoja con algo de dramatismo, este cruel objeto se habría sustituido por un bolígrafo con el que firmaron la paz contra sus propios monstruos.
Impactaba ver las manchas de sangre seca, perfectamente conservadas; la reinterpretación de la escena del crimen y un video donde dos metamorfos fingían morir en bucle.
El legado de la locura, rezaba en la puerta para una exposición claramente en desuso. Poco había quedado de aquella cultura belicista.
Pronto, en una semana, sustituirán la exposición por algo más atractivo, mucho más interesante, y ya no quedarían ni los recuerdos.
Cada día entiendo más a los vándalos. Ya se que se me ha pasado la edad destructiva, que ahora no todo vale. Supuestamente tendría que haber buscado mi sitio, arrasando el mundo a mi paso, atemperarme y ser un remanso de paz dando consejos que jamás cumplí. Un ya me he equivocado y mi mala experiencia es un grado. La juventud, evidentemente, se burlaría de mis batallitas y yo los criticaría por su rebeldía sin causa.
Por desgracia sigo teniendo la opresión en el pecho de estar atrapado. Continuo con la necesidad básica de construir mientras que la sociedad me pide que recoja los cascotes de la generación anterior, que con ellos fabrique sus mismos errores.
Yo quiero quemarlo todo, reducirlo a cenizas para que no quede más remedio que empezar de cero. Y si caigo que noten mi minúscula presencia.
Entiendo a los vándalos porque, más allá de mi justificación, están perdidos como yo pude estarlo. No les dejaran encontrarse hasta que, demasiado tarde, les ahoguen los compromisos y todo movimiento les sea prohibido.
Y aún entendiéndoles me pregunto que sera más escandaloso ¿mi justificación de su violencia o que ellos no encuentren otra forma de expresarse?