Sopló los dados, rezó y los lanzó con la violencia del desespero.
– Doble seis, doble seis – lloraba la ficha sobre el tablero mientras intuía el resultado por la cara del jugador.
– No te agobies, Roja – intentó calmarla Verde-. Es solo un juego.
-iCallate, Verde!- gritó sin mirarla-. iYo soy la que está perdiendo!
– La diversión la hemos perdido todas – Dijo Amarilla con desgana
– ¡Amarilla!- Más roja de cólera que nunca-. i Déjate de putos tópicos! ¡Nos jugamos la vida!
– No es verdad – volvió Verde-. Morir es regresar a la casilla de salida, volvemos a empezar.
-Las mismas torturas una y otra vez. Con suerte se cansan y nos devuelven a la caja, hasta la próxima partida – dijo Amarilla resignada-. Seremos peones del juego hasta que nos unamos contra él y dejamos de luchar por ser el primero en esta carrera sin sentido.
– Doble seis- grita Roja emocionada. – Adiós, perdedoras.
Regresó a su desierto abandonado, lleno de nada importante y soledad. Hasta donde podía alcanzar su vista se perdían juguetes rotos entre dunas de polvo y cristal.
Recordaba todos y cada uno de aquellos fracasos, la tristeza de la lejanía.
-¿Por qué volver tras tantos años? – Sin respuesta.
Había aprendido tantas cosas inútiles en aquel desierto. En silencio fue recogiendo cachivaches, piezas de un museo del óxido.
– Allí- señaló. De repente la puerta por la que había vuelto a entrar, abierta.
Cada duna, en realidad, era una salida, abierta de par en par; pero que no quería. En el mundo seguro del exterior las normas le dan confianza, le indican un camino que no le hace feliz.
La ciudad era un lago de luz en el que ahogarnos cada noche. Habíamos seguido su rastro replasdenciente como pequeñas y crujientes moscas hipnotizadas por sus haces luminosos.
Siempre había alguien que te prevenía para que no te alejases- Siga la senda marcada, no se pierda.
Toda urbe era construida pensando los caminos. Los altos edificios proyectaban sombras por los rincones potencialmente peligrosos. Condenaban los callejones a la oscuridad más absoluta para que solo su senda fuese visible.
Aunque, si buscabas, siempre podías encontrar esas calles sin salida, donde se amontona a los desheredados, pero ¿quién querría buscar?.
Yo siempre era de los privilegiados. Siguiendo el rastro de las miguitas de pan, era imposible que me perdiese. Yo llegaría al lago de luz y tendría el privilegio de morir asfixiado en el. Yo era uno más, enamorado de lo cotidiano, fingiendo ser el rey de mi vertedero. Por eso no vi venir la caída, nunca se ve cuando te ciega el brillo, artificial, de la nada.
Lo reconozco, aunque no paro de hablar, no soy partidario de hacerlo sobre política. Me gusta más una acción directa, aunque muchos de los caminos de la misma estén cerrados. Si transitas por sus sendas a cada paso hay una traba, te obligan a acabar en un callejón sin salida a menos que adecues tu discurso, tienes que decir sus palabras, vacían tus contenidos permitiendo una única justificación al honor- entrare y lo cambiare todo desde dentro- jamas te dejaran llegar, mucho menos cambiar algo, esa es su realidad, permitirte para aparentar democracia pero que nada sea distinto a como esta previsto. Esa, dicen, es la única salida.
Por supuesto que puedes buscar otras formas de hacer, pero irán por ti por ilegal. Unas leyes de su puño y letra justifican que la decencia pueda ser penada. Es curioso que la alternativa sea seguir sus pasos o jugar a polis y ladrones, tu que no eres ni una cosa ni la otra, eres partidario de ningún partido, eres no partidario, eres parte de la política y hay que asumir las consecuencias de tus actos.