A finales de enero aún seguía la navidad adornando nuestra casa. Los pastores camino de belén para adorar al niño mientras que, los tres reyes, arrodillados en el portal colmaban de oro, incienso y mirra a la pequeña figura.
Al árbol sintético era al único al que se le había arrebatado su espíritu navideño. Para que la gata dejase de jugar, habían guardado sus bolas en cajas de cartón, dejando desnuda su estructura de plástico y alambre, como si la planta artificial hubiese enraizado en el suelo del piso.
En las ventanas fue la propia erosión la que empezó a desdibujar los motivos hechos con espray de nieve. El blanco se esparcía como si alguien hubiese restregado sus manos por encima, llevándoselo hasta marzo.
En abril quedaba algún resto de abrir regalos, se habían amontonado sobre el mueble del recibidor como una montaña de inutilidades. Aún pensaban en que hueco los esconderían mientras pasaba el tiempo prudencial que les permitiría tirarlos.
Tal vez en mayo, puede que en junio o julio… caían los meses como días de hoja perenne. El polvo dejó su manto sobre la navidad, como la nieve imposible de agosto. Septiembre y alguien dijo- Puede que sea el momento de recogerlo todo.
Quitarían primero los adornos pero, en octubre, nadie lo hizo. Paso noviembre y, por fin, a mediados de diciembre, mi tío dijo que traía mala suerte alargar tanto la navidad. Por eso lo acabaron colocaron todo en cajas, para volver a montarlo al día siguiente. Que nadie los acuse de dejadez, de desidia, de vagos.
Se habían mezclado con Hallowen, enredado con cupido y Sant Jordi, todas las fiestas habían sido una y volverían a serlo.
En aquella época del año era habitual ver familias enteras que se parecían entre ellas. Imitando a los viejos seriales de televisión con madre y padre perfectos, niños con el punto exacto de ternura y travesura. Dos abuelos entrañables coronaban la estampa, él con barba cana y ella con delantal y sonrisa constante.
Diversos, elegantes, fingiendo amabilidad y buenas maneras.
La gente los paseaba orgullosos, presumiendo de las ausencias del año con el exceso de unos días.
Muchos de aquellos abuelos habían sido adoptados para generar esos momentos mágicos. Los más jóvenes disfrutaban de opíparas cenas de nochebuena y atracones en navidad. Luego se llevaban tupperwares con las sobras para recordar durante una semana la melancolía de las fechas.
Ya llegaría el abandono, la rutina ahogando la imagen idílica.
Muchas adopciones de gente mayor no llegan a buen termino.
– iFeliz Navidad!- se recargaban ahora que podían, reservaban para que la sensación les durase un año entero. Con suerte, algunos, estarían vivos para la próxima adopción.
Se acabó lo que se daba. La que quiera hacer balance de daños es libre de hacerlo. Yo enterrare el anterior, aunque siga vivo, y prepararé el funeral para el siguiente, aunque ya esté muerto.
Te deseo un mejor año de lo que te mereces, a ver si así nos volvemos mejores personas y podemos pasar página.
Al día siguiente recogió sus cosas y se marchó con la idea de que jamás volvería a pisar aquella casa.
Tenía la edad justa para que nadie la detuviese y la convicción de que cualquier otro lado, aunque fuese el mismo infierno, sería mejor que este presente.
No se lo pusieron fácil. Todos decían que era buena para nada, no querían contratarla, no tenía ingresos pero, ella, respiró hondo y continuó caminando. Se preparó, sacó pecho y como en el cuento de la lechera se montó un futuro a la medida. Después murió de hambre porque no bastaba con desearlo, no era suficiente con intentar hacerlo. Eso era una mierda de emprendedores capitalistas y ella había nacido pobre como las ratas.
Sí sólo hubiese tejido una red con todas las que estaban en su misma situación.
Aunque reconozco que la campaña no está muy allá, ni el cómic, ni la época de subirlo…pero oye puedes leértelo gratis y, si te gusta y quieres ayudarme a pagar el material de dibujo, siempre puedes lanzar unas moneditas para que baile el mono.