Sopló los dados, rezó y los lanzó con la violencia del desespero.
– Doble seis, doble seis – lloraba la ficha sobre el tablero mientras intuía el resultado por la cara del jugador.
– No te agobies, Roja – intentó calmarla Verde-. Es solo un juego.
-iCallate, Verde!- gritó sin mirarla-. iYo soy la que está perdiendo!
– La diversión la hemos perdido todas – Dijo Amarilla con desgana
– ¡Amarilla!- Más roja de cólera que nunca-. i Déjate de putos tópicos! ¡Nos jugamos la vida!
– No es verdad – volvió Verde-. Morir es regresar a la casilla de salida, volvemos a empezar.
-Las mismas torturas una y otra vez. Con suerte se cansan y nos devuelven a la caja, hasta la próxima partida – dijo Amarilla resignada-. Seremos peones del juego hasta que nos unamos contra él y dejamos de luchar por ser el primero en esta carrera sin sentido.
– Doble seis- grita Roja emocionada. – Adiós, perdedoras.
En verdad era un muerto de hambre que no tenía donde caerse muerto.
-¿ Juan?- le llamó el jefe -. Ha llegado a mis oídos que vas al lavabo a beber como si fueses un sediento, que te bebes mi agua y ya me has robado demasiada.
El muerto miró a los ojos de su dueño, también dueño del agua – Pero, amo, tengo sed.
– Mira, Juan- volvió a repetirle el jefe-, ya te he dicho que te he dado demasiada. Esto es una empresa, no una ong.
Acto seguido le explicó donde tenía una máquina expendedora, una máquina que le daría su bebida, una máquina que había rellenado el propio Juan, con agua que el mismo había embotellada con mimo y dedicación.
Pero, como era un muerto de hambre, no tenía monedas; no podía recuperarla.
Cuando murió sediento si que tuvo donde caerse, el empresario se rió.
– No tenía madera de trabajador. El muy cabrón quería que se lo diesen todo hecho. Venga a producir-les dijo al resto-. Que este agua no se va a envasar sola.
Habían pintado las paredes con dibujos inofensivos, con alguna palabra escrita, algo fuertecilla: Polla, joder, hijo de puta,…y risitas nerviosas
Eran tipos duros mezclando vino barato con el refresco de cola de la marca blanca del super, Eran niños jugando a disfrazarse de todo aquello que creían que les hacia más mayores. Se infantilizaban en realidad. Se lo potenciaban para que cuando de verdad llegase la madurez al amo le fuese sencillo controlar todos sus inseguridades.
Serían adictos a esa diversión rápida, de bajadas largas. Querrían seguir siendo Mohernas» antiguallas, con vocación a la ceguera.
Lentamente fue tranquilizándose. se sentó en el suelo y le pidió a su corazón un poco de calma.
-¿Estas bien?- era como un maniquí sin rostro, inexpresivo, carente de emociones. Le sorprendió que aquel «objeto» fuese lo único que se preocupase por él
-Si- le respondió con el rostro deformado aún por el terror-¿Qué era eso?
-No lo se- el maniquí caminó por la pequeña habitación hasta que estuvieron pegados , algo no muy difícil en aquel cuchitril. Con movimientos mecánicos empezó a acariciarle el pelo, intentando espantar los malos pensamientos.- Yo he llegado como tu, sin saber ni el como ni el por qué. Pero ya he aprendido a no preguntar y quedarme en mi sitio. De tanto en tanto traen comida, a veces aparece alguien como tú, huyendo de él, relajate y el tiempo en el que sobrevivas estarás más contento. Ven, aquella esquina es la mejor donde estar.- Su dedo señala un recoveco en el que la oscuridad oculta sangre seca, huesos humanos y un hacha- Allí es donde preparo la comida que me traen, allí es donde despiezo la carne fresca. El amo siempre provee si no te quejas. Ven, seras feliz mientras estés vivo
-Pase por aquí-El gesto del vendedor es afable, de estudiada cercanía y cordialidad. Muestra su eterna sonrisa, siempre más importante que el producto, para engatusar al comprador. Intenta que los dientes no resulten demasiado amenazadores-¿En qué puedo ayudarle?- Le acerca una silla demasiado cómoda mientras le arrulla con su tono amable.
Pedro se recuesta sin perder la rigidez que siempre le acompaña a estos sitios, en parte por la edad pero también por la desconfianza que le suscitan los vendedores- necesito….
-No me diga más-le interrumpe el comercial, dejando sobre la mesa mil y un cachivaches- Usted necesita un «Stoner», Cuatro ‘pemr,» una punta “drosi” del siete y seiscientos»ORL»…
– Mire usted-intenta frenarlo- necesitar solo necesito aire, pero mi pensión unicamente me permite soñar con el más barato, así que pongame una botella.
-Pero, ¿y la calidad?¿la comodidad?¿|a apariencia?…- recita la batería de argumentos con que le había armado la empresa.
– Todo regalo será bien recibido. Como le dije, ahora mismo, no tengo ni para el más barato. voy a hacer un esfuerzo enorme.
-Entonces-comenzó a hilar una nueva mentira – el más barato que tenga los características idóneas
-El más barato -insiste Pedro
-Eso es- se pone firme el vendedor- el más barato de esos- y ahí iba el más económico, evidentemente, pero de la gama intermedia. De esa forma recibiría una palmadita, como la de un cachorro moviendo la cola para el amo. Seguiría en la empresa, comiendo las miserias de los demás. Los esfuerzos ajenos se iban por la puerta, con sus dueños, si había pagado era suficiente, otro se ocuparía de la comida.
LaRataGris
compra, el que según mi madre es el mejor cómic del momento, y eso sin leerselo. Pero no lo compres como en el cuento anterior, aquí sin trampa ni cartón 8P
Al final de la escalera, entre sombras, habita una arañita pequeña, la más diminuta e insignificante, prescindible. Las arañas importantes visionan vídeos en sus despacho: exigen transcripciones y resúmenes de todas las conversaciones importantes de los humanos. Sus arañas secretarias seleccionan las más relevantes y peligrosas para los arácnidos. Suben y bajan moviendo sus patitas de alambre tan deprisa que parecen hacerse nudos con los que debería ser imposible continuar y, aún así, no paran.
Los insectos han organizado un gran ejercito para defender a su pueblo. Detienen a todo aquel elemento subversivo que parece tener todo el apoyo necesario para alterar sus planes. Las arañas gordas llegan con sus telas y sus armas dispuestas a imponer orden mientras, al final de la escalera, arriesga su vida para conseguir información del enemigo aquella que simplemente cambiara un amo por otro.
El jugador Uno: amo y señor de las fichas, el tablero y los dados; tiene derecho a imponer sus reglas del juego.- Según observemos la evolución de la partida: los marcadores macroeconómicos, la economía sumergida a pequeña escala, la deriva y el devenir de las divisas internacionales, nos mostraran las instrucciones a modificar y las inamovibles, inapelables, internas, intrínsecas a nuestra naturaleza humana.
El resto de jugadores: amigos, conocidos o amigotes de Uno, le apoyaran, lo felicitaran el día de su cumpleaños y esperaran que las normas sean benévolas con ellos- jugador Uno sabrá ser agradecido-les alarga la vida con sus palabras.
El verdadero resto de los jugadores: Los desechos, dueños de la inútil suerte, obedecerán, acataran, agacharan la cabeza o…-Prefiero jugar a piedra, papel, tijera, lagarto, Spock- grita un cualquiera- Para eso sólo necesito la libertad de mis manos.
– Nueva regla- espeta Uno- les cortaremos las manos a las fichas estúpidas, disidentes.