7 febrero 2012
Yo viví los cambios y no fueron revoluciones ni dignidad lo que nos movió. Nos sentíamos insignificantes, incapaces de transformar nuestro mundo en algo mejor. No eramos perfectos y siempre había alguien encargado de recordarnoslo. Necesitábamos disfrazarnos, pintarnos de una idea tan sublime que no teníamos tiempo de arreglar aquello que realmente importaba. De ser por nosotros la vida seguiría su curso sin que nadie llorase su insignificancia. Fue el mismo capitalismo, sus teorías del consumir desmesurado, del producir sin medida y siempre encontrar compradores. Nos hicieron desearlo todo, nuevas creaciones sustituían la misma pieza aún sin envejecer. Ansiosos buscábamos poder poseer cualquiera de sus promesas sin importar el como, la manera fue coger lo que no podíamos pagar.
En realidad no era nada nuevo, siempre nos lo habíamos prestado todo. Éramos pequeños grupos en los que uno traía la comida, otro despejaba su casa, se ponía música, leíamos libros y construíamos con las sobras del privilegio la totalidad que nos ponía los dientes largos. Eramos amigos y la única diferencia fue globalizarlo. Empezamos a formar redes entre todas las reuniones y dejó de ser importante a quien le prestabas tus tesoro. A lo largo del país corrían fotocopias, cintas mil veces grabadas y pusimos al alcance de cualquiera todo. Sin darnos cuenta las ideas revoloteaban el planeta, eramos los amigos de lo ajeno y sólo ajeno se quejaba de no cobrar dos veces un mismo trabajo. La mayoría era culpable de difundir y la pudiente minoría compro leyes para detener la revolución.
Pero cuando se dieron cuenta que todo el pueblo estaba intercambiándose bienes no pudieron aplicar las medidas adecuadas. Tendríamos que ir a la cárcel, dejándoles sin esclavos especializados. Por eso calmaron a la masa, la cosa no iba con la muchedumbre, no eran los contenidos, ni el querer tenerlo todo, eso era una actitud normal y ejemplificadora, el querer mejorar, pero no a costa de la propiedad privada. Aquella actitud tenía que cambiar o la falta de dinero circulando acabaría con el mundo.
Se cortaron las cabezas más visibles, se hundieron las críticas más feroces y dijeron que lo habían cambiado todo para dejarlo igual que siempre. Los sueños seguirían siéndolo y la élite permitiría acceder a todo con cuentagotas. Yo viví los cambios, sentí como todo era mejor pero no quisieron dejarnos disfrutarlos.
LaRataGris.
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31 enero 2012
Ramón jamás había aprendido lo que era la vida. Sus educadores prefirieron enseñársela tal cual la habían diseñado, especial para que nadie tuviese ningún problema, un teatro social.
Segmentaron las horas, dividieron los espacios en algo sencillo que el pudiese entender y le inculcaron los tics necesarios para reaccionar a cualquier situación.
En las zonas comunes, expuesto a todas las miradas, debía ser ejemplar. Producir a destajo, idolatrar a sus superiores y encontrar una mitad con la que encaminar una nueva descendencia por la senda correcta.- INCULCA LOS VALORES- le gritaba la vida moderna.
En la soledad de su casa era libre de actuar a su manera, podía dar rienda suelta a sus antojos privados. Pero nadie le ordenaba como hacerlo, no le habían enseñado y se sentaba a esperar la muerte o algo mejor, lo que llegase primero.
Alguna vez leyó un libro que no supo interpretar. Las palabras amontonaban sus significados sin decirle nada y tuvo que tirarlo corriendo antes de que le hiciera pensar. Esas noches soñaba vidas paralelas, mundos extraños en los que tampoco sabía como actuar, se sentaba a que lo devorasen los monstruos antes del amanecer y luego se juraba que jamás volvería a leer una sola palabra escrita.
En casa de Ramón sonaban muchas alarmas, programaba infinidad de actividades concertadas y, poco a poco, iba aprendiendo a estar ocupado para no seguir imaginando terrores nocturnos, no quería volver a caer en un mundo que nadie le explicaría. Necesitaba su cárcel para saber que lugar de la fila ocupar en todo momento.
Uno de los despertadores lo arrancó de forma imprevista de una pesadilla. Se había dormido a deshoras y, por desgracia, uno de sus habitantes lo había acompañado en el viaje de regreso.
A partir de entonces, a cualquier sitio al que fuese, tenía que ir con aquel ser de otra dimensión. El bicho, al que llamaba señor Uno, empezó a controlar hasta sus sueños y Ramón, viendo que no se lo podía quitar de encima, pensó que sería una buena media naranja con la que compartir la vida que desconocía. Desde aquel instante, cada noche, copulaban sin cesar esperando que Uno se quedase embarazado. Sometían sus cuerpos a toda clase de torturas imaginando que eso les hacía más fértiles. Finalmente fue Ramón el que se quedo en cinta y dio a luz una camada de siete criaturas que eran la envidia de todo el vecindario. Exóticas preciosidades de salvaje brusquedad. Ramón les enseñó todo lo que sabía, lo que le habían inculcado a fuego hasta conseguir que jamás aprendieran lo que era la vida.
LaRataGris
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17 enero 2012
Empezábamos a tener hambre. Seguíamos teniendo los lujos, las tiendas se llenaban de autenticas virguerias de la tecnología, finas fruslerías y esqueletos de hombre elefante para decorar nuestras suntuosas mansiones de treinta metros cuadrados. Gritábamos fiesta y las pupilas se nos dilataban de emoción, la tele nos hablaba, el edredón nórdico nos abrazaba y eramos todo lo felices que se podía en este capitalismo devastador. Pero es que cada vez nos rugían más las tripas.
No podíamos comprarlo todo y seguir comiendo así que elegimos la inmediatez y la publicidad nos vendió recetas a corto plazo. Seguíamos adquiriendo estatus pero esta vez en píldoras de colores, ricos complejos vitamínicos que disminuían las carencias y llenaban nuestro estómago. De la noche a la mañana empezamos a ingerir pastillas y a controlarnos las constantes vitales en brillantes máquinas ideadas para la ocasión. Sonreíamos con los buenos resultados, nos preocupaban y antidepresivos para los peores.
Era imposible equilibrarlo todo así que apostamos a los seguros de vida, los bonitos ataúdes y los placeres de digestión rápida. Nos aceleramos por que teníamos hambre de vida y seguimos teniéndola.
LaRataGris.
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10 enero 2012
La ropa había empezado a sentirse un poquito más importante de lo que era. Estilizaban dando glamour, llevándote de paseo y abrigándote en la comodidad de tu casa. Eran prendas venidas a más, descendientes de la lana de alguna oveja de rancio abolengo, pieles curtidas sobre los tejados de suntuosos palacios y cosidas con hilos dorados fabricados por Rulpenstinki. Trajes de nobleza estudiada y marcada con escuditos que las distinguían y elevaban por encima de las telas de mercadillo, confeccionadas en algún taller ilegal en el barrio chino de Santa Coloma.
Pero la flor y nata de la alta costura no se estaba vendiendo como debía. Se quedaban perfectamente dobladas en tiendas de diseño, dormitando a la espera de tiempos mejores, los que vendrían, los que creían merecer,…. los que necesitaban para subsistir. Habían dejado de ser rentables; ni abaratando costes, que menos gente haga lo mismo, que inframanos las toquen, haciendoles nacer de materiales fugaces, reduciendo gastos, incrementando precios para conseguir los beneficios de antes de la crisis, cuando el dinero no era importante si se podía pagar a plazos.
Tenían miedo, por eso se juntaron todas, incluso algunas consideradas submarcas subsidiarías que jamás tendrían que rozar a las mayores, estaban allí para decidir como recuperar el mercado perdido. Se saludaban, presumían entre ellas, debatían del pasado, creaban fórmulas y ecuaciones que explicaban la actual situación y encontraban nada parecido a una solución.
Casi al final, nadie sabe quien, alguien gritó que eran marcas y esa era, en si misma, la idea revolucionaria. Necesitaban un logo, una mascota que las distinguiese del resto; algo vivo que la gente pudiese entender como suyo. Por unanimidad empezaron a buscar la panacea, en una tormenta creativa las cabezas pensantes se rebanaban los sesos, exprimiendo sus escasas ideas hasta tener que admitirlo, no había nada en sus despachos suficientemente sugerente.
Derrotados, los importantes directivos, regresaron a sus mansiones preguntándose cuantos yates, coches o joyas venderían para mantener un nivel de vida aceptable, donde reinvertirían el cuantioso finiquito, a quien demandarían por injurias o a que santo rezarían… Nada parecía garantizarles un estatus a largo plazo pero no podían ver más allá de la crisis del momento, el desanimo les tenía presos. Se sentían como si ya fueran pordioseros ensuciando el parabrisas de limusinas ajenas por unas cuantas monedas, igual que el mendigo que les increpaba a la salida del trabajo, rodeados de miseria, con el hambre haciendo mella en sus rostros morenos. De repente uno de ellos le pidió al chófer que parara en seco, que diera media vuelta y buscara al pobre que todos tienen en mente. Tirado en la calle, comiendo los restos de una papelera, el prototipo de hombre era tal como lo recordaba el importante ejecutivo, tan desagradable y a la vez uniformado en ropa de marca, la mascota que estaban buscando.
Sus compañeros, desesperados, admiraron el hallazgo, alabaron la creatividad y la maquinaría empezó a girar de nuevo para promocionar el viejo producto, el novedoso envoltorio. Nadie iba a querer ser menos que un dame algo forrado con telas de renombre. La campaña se extendió como pólvora. Pagaron a todas las televisiones, la prensa se hizo eco y la calle asintió- Si el puede yo también, yo soy mejor, lo necesito- y se endeudaron hasta tener de todo.
El día de la presentación oficial asearon a la mascota, le pagaron un sueldo desorbitado y, para sorpresa de los medios, apareció vestido de cualquier cosa. Había cambiado, ya no representaba nada más que normalidad.
-¿por qué?- gritaron los mandamases- ¿por qué?- los periodistas- Porque- respondió- si vives en la calle es más fácil encontrar marcas pasadas de moda. Quien no las puede pagar aprovecha la ropa hasta dejarla inservible. Ahora que tengo dinero no quiero despilfarrarlo- Pero ya nadie escuchaba, la deuda contraída era grande y les dolía oír según que cosas.
LaRataGris
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3 enero 2012
– El mundo,- pensó Cloe- no es redondo.- Para ella la realidad se limitaba a todo lo que alcanzaba a ver con sus ojos. Si se movía aparecían edificios, parques, caras distintas necesitando un rincón más amplio que su país de sensaciones, no tanto como para imaginar un planeta mucho más grande.- El mundo,- seguía con su retahíla- es tremendamente pequeño.- Siempre hacía los mismos trayectos; invariablemente salía de casa y trazaba líneas rectas hasta el trabajo, el mercado o el bar de Juan. Por el camino más corto y directo.
Jamás se había preocupado por si el camarero tenía un nombre distinto al de Juan. Era lo que rezaba el letrero y así se tenía que llamar aunque fuese variando el dueño, las facciones y la cordialidad, en su caja hermética no había lugar para cambios. Cloe vivía en el primer mundo y así quería seguir. Sus problemas eran los de alguien con dinero. Necesitaba experimentar la última novedad, demostrarse superior y puede que ayudar, no demasiado, suficiente como para sentirse bien sin que esto le llevase a ser pobre. Ni se planteaba perdonar deudas a tierras desconocidas, poco más que fantasías. No quería implicarse con alguien que para ella era un extraterrestre viviendo a millones de años luz de la realidad. Una limosna simbólica era suficiente para poder continuar sin que se rompiese la burbuja.
No fue tan rápido como para suceder en un día pero si lo suficiente como para que no se diese cuenta de que todo estaba cambiando, aunque de haber sido más lento tampoco hubiese notado nada. No vio que cada vez había más mendigos, que Juan había cerrado el bar de toda la vida y que en el super no le fiaban desde que quebró su empresa. Su mundo se iba reduciendo, desapareciendo junto a los pingües ahorros de toda una vida. Ya no era una privilegiada y no lo sabía. Cloe vivía en el tercer mundo y sus problemas empezaban a ser preocupantes. Ya no tenía para comer y la última novedad debía ser algo de fruta, un bocadillo o las sobras de cualquier restaurante.
El rostro de la ciudad también se había transformado. Los desfavorecidos pululaban buscando la parte de comida que el primer mundo había preferido tirar. Ya no había riqueza con la que la gente como Cloe pudiese simular un lugar aparte, empezaban a mezclarse y eso costaba de digerir. El mundo empezaba a ser redondo, mucho más allá de nuestra mirada todos empezábamos a depender los unos de los otros.
LaRataGris
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26 diciembre 2011
La mujer envejecida empieza a ser una pesada carga para ella misma. Arrastra su cuerpo desgastado mientras el día la va desmontando. Apenas le quedaba carne sobre el esqueleto y su piel es una fina sabana cubriendo huesos desnudos.
Lleva una cesta de mimbre donde recoge las piezas que ya no pueden más; los flácidos brazos de extremos torpes y resbaladizos, la cabeza destrozada, las piernas frágiles.
Cada noche se arrastra hasta su madriguera donde a media luz se vuelve a coser. Lanza puntadas de hilo negro sobre tonos decolorados, añade cicatrices a todos sus suicidios y reconstruye un cuerpo de derrotas con los restos que le quedan de vida. Mientrastanto la televisión del usar y tirar zumba soluciones fáciles a su oreja. Le ofrece piezas nuevas de juventud y costuras invisibles. Plástico suave y reluciente- volverás a ser eterna- le acaba tentando-el doble de pechos si llamas en un instante-. Pero esta demasiado ocupada como para aceptar. Tiene su historia, penas y tristezas… derrotas de las que salir sin esconderse tras una mentira.
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29 noviembre 2011
Manuel lleva toda una vida buscando huecos. Se desliza sobre luces encendidas para tener algo que ver, suplica pan en trabajos de esclavo y sonríe si le llega para sobrevivir un día más. Pero ya ha muerto varias veces sin vislumbrar alguna mejora en su nicho. Poco a poco se va quedando sin salvadores que lo resuciten, esta sólo con su hambre.
Arrastrándose regresa a las mansiones donde habitan los amos, con su lista de fracasos escrita por todo el cuerpo como presentación. Ha sido naufrago de un barco pesquero, pulgón en la floristería, pieza defectuosa en la cadena de montaje,… el agrio en la simpática multinacional de la carne. Aún le piden más vidas que demuestren su valía. Sin experiencia para los nuevos grilletes, sin preparación universitaria adecuada para recetar gominolas, demasiado caro para despiezarlo, demasiado entero para subvencionarlo.
Lo encierran en la realidad sin posibilidades de escape. Esta atrapado pero cree en el sistema, en la promesa, el sueño de una salida. Manuel sabe que sólo es una hormiguita, un don nadie, pero – Cada peon se tiene que esforzar por el bien de la construcción. Un pequeño sacrificio para el futuro.- Respira hondo el mensaje, lo hace suyo. Acepta las palabras que suenan cada media hora en la intraradio y no se rinde.- Tu país te quiere, tu país te necesita-.
LaRataGris.
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21 octubre 2011
Un día el señor que vive en la cara oculta de la luna, que controla las mareas y come porciones del satélite para luego volver a pintarlo, dijo que estaba un poco cansado, que la naturaleza era muy pesada y necesitaba sentarse a no hacer nada. Pidió las vacaciones acumuladas de todos estos años de no poder parar, de seguir todos los ciclos y le dijeron que el mundo tendría que hacer un alto con el. La actual crisis no permitía un sustituto y, si insistía, la luna no funcionaría correctamente esos meses, tendrían que detenerla antes de permitir que fuese a la deriva y causase algún daño.
Sus vacaciones se convirtieron en un día muy largo en el que siempre brillaba el sol. La gente paseaba cansada sin saber cuando irse a dormir y al final, el selenita, tuvo que volver antes de que se pusiera el astro para que la vida continuase su curso. Con los ojos aún muertos, destrozado y sin fuerzas empezó de nuevo su rutina de subir, bajar e iluminar la noche.
Su inmediato superior comunicó el sacrificio a una cadena de jefes que siguió transmitiendo hasta llegar al más alto mando. Este escuchó emocionado como el operario lunar renunciaba a sus vacaciones por el bien común. Por unanimidad decidieron recompensar sus esfuerzos y, ese año, por cesta de navidad recibiría diez fotografías con los lugares más hermosos de la tierra, que cuando se sintiese desfallecer pudiese mirarlas e imaginar que estaba descansando en ellos.
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23 septiembre 2011
De pequeño me castigaron por pegarle a un niño. Nadie me explicó que aquello que yo había hecho estaba mal, ni se preocuparon en saber por que lo hice. Simplemente me bajaron un curso durante un día. Me pusieron con los más pequeños y a la hora del pipí la señorita nos ordeno en una fila para abrirnos la bragueta y ponernos a mear. Yo ya sabía hacerlo solo pero estaba castigado por que aquel niño al que le pegue había intentado quitarme el bocadillo, así que me calle. Aún hoy recuerdo que me sentí humillado por que me ayudaron a hacer algo que yo ya sabía. Se que es una tontería pero me preocupaba más eso que el haberme llevado una condena por aquel ladrón.
Más tarde, aún siendo niño, había interiorizado el castigo. Domesticado pedí que no llamaran a mis padres cuando otro compañero me acuso de quitarle su juguete, preferí dárselo por que ellos no sabían que yo tenía aquel muñeco y pensé que me regañarían. La señorita, de verdad creyó que yo se lo había intentado quitar y le devolvió mi hombre desmontable.
Con el tiempo me he ido deseducando todo lo que he podido, he alejado de mi los castigos e intento escuchar para que el único recuerdo de mi infancia no sea ese. No he conseguido recuperar nada más de aquel naufragio pero me estoy construyendo una balsa para seguir escapando.
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26 agosto 2011
El hombre masturbado, de miembro flácido y mirada triste, se siente culpable por el simiente desaprovechado.- Lo derramo en la tierra- reza su pena- que crezca. Haz de mi impureza virtud, señor- Pero nadie escucha sus plegarias. A pesar de regar cada día con esperma, mimar el suelo y soplarle bonitas canciones de cuna, por mucho que haga, la vida no germina.
Se va quedando vacío mientras empiezan a aparecerle los primeros estigmas en la mano, las primeras rozaduras en la piel. Le duele la fricción y escuece cada ir y venir del puño cerrado sobre el pene, pero no puede parar.
-Señor- Ora un poco más fuerte- No dejes que mi esfuerzo sea en balde-. Y dios baja del cielo. Empuja el cuerpo desnudo contra el piso frío y detiene cualquier movimiento del creyente con una mano sobre el pecho. Mientras tanto una felación mezcla leche, sangre y saliva en la boca del recién llegado. Cuando acaba se acerca al rostro exhausto del fiel y le escupe el revuelto entre los labios agrietados, susurrándole suavemente- Nuestro hijo vivirá dentro de ti- después no volvió a saber de el.
Cada noche sentía una pequeña erección cuando le pedía al crucifijo que cuidara a su bebe en el orfanato para jóvenes cristianos. Se tocaba un poco recordando como le acariciaba el torso desnudo y lloraba felicidad por que sus soldaditos no habían muerto en los pecados de darse placer. Seguía siendo un buen cristiano aunque se sintiera sucio.
LaRataGris
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