Nerestitis levantó la mano y se hizo el silencio. Levantó la mano y miraron su esbelta figura sobre la barandilla. Con melodiosa voz de ángel dijo algo ininteligible a aquella distancia. Mirando en otra dirección lo repitió, saludando a esa parte del público y, mientras todo el mundo aplaudía, se lanzó al vacío.
Con una belleza infinita acabó rompiendose tras un pequeño biombo. El jaleo de los vitores taparon el ruido gelatinoso al desaparecer.
– No se alejen – dijo el hombre de la compañia – en una hora más-. Otro ángel caído para un público entregado a la belleza de lo efímero.
Aunque mi nombre es de sobras conocido no está de más que me presente: Soy el amo del tiempo; creador de incertidumbres, viajero sin hogar viviendo en un rincón cualquiera del multiverso.
Aparezco y se extiende el rumor, desaparezco y el murmullo se eleva.
Gritan mi nombre a modo de invocación, me hacen presente y se maravillan.
Soy la palabra, soy luz, viento, mar, me extiendo como la plaga. Rico en sabores, agrio para quien no me paladea.
Soy el todo y, en amplitud, nada de importancia. Recto, soberano, populacho y león y hormiga, indiscutible, insignificante soy.
– ¿Quien? – le preguntó. Había pasado el tiempo y nadie reconocía su importancia. Solo era un texto en un libro olvidado. Ismael cerró las páginas, pensó: Que rápido que se pasa todo.
Nos empeñamos en esconder la tristeza entre luces de colores. Construimos paraísos artificiales y así evitamos aprender a convivir con ella. Su sola mención se nos hace insoportable porque no somos capaces de asumir que en la vida no todo es maravilloso y no pasa nada.
Selina dejó las llaves en el mueble del recibidor, se quitó los zapatos, se quitó la ropa y se tiró en el sofá sin siquiera pensar en ponerse el pijama.
Alberto seguía muerto, donde lo había dejado al irse a trabajar, dándole a los botones del mando; mientras su elfo oscuro brillaba en la pantalla.
-¿Cuando has llegado? No te he oído entrar – Preguntó sin apartar la mirada del videojuego.
– Acabo de abrir la puerta ¿Has comido algo o te has pasado el día incrustado en los cojines?
– Pues – pensó – Si ya estas aquí debe ser lo segundo.
Con desgana le preparó algo rápido, lo puso frente a su hocico.
– ¿ Cómo te ha ido el día?
– Trabajar es un puto asco
– Ya.
Sin más palabras murieron frente al televisor por lo que quedaba de día.