Los cuerpos flotaban en la deriva de la habitación. Distribuidos en filas paralelas hasta inundarlo todo.
-Aquel- Bru señalaba desde el marco de la puerta. Dos gigantes, actuando como sus brazos, se las ingeniaban para pasar entre la decadencia de los cuerpos, hasta llegar donde ella indicaba -. También aquel, y ese otro- todos aquellos que se habían consumido hasta volverse quebradizos.
Con cuidado recogían a los muertos para que no se hicieran polvo flotando en aquel mar de silencios.
Con la habitación limpia de parásitos, Bru, hacia pasar al nuevo inquilino de dinero caliente, ansioso por la experiencia.
– Allí- le indicaba uno de los cinco sitios que habían quedado libres-. Siéntate ,tumbate, disfruta.
Luego cerraba la puerta y dejaba que la habitación volviese a inundarse con gases del sueño.
Juan aspiró fuertemente hasta que sus pulmones fueron una botella llena. Cayó hasta estar vertical.
-¿Cuanto puedo estar? – y recordó: Hasta que se te acabe el dinero o la vida.
Aunque en sus ojos se leía la verdad había decidido mentir con su cuerpo. Se movía como una serpiente en el agua caminando decidida e impactante.
– Eres casi toda mentira y aun así…-Sin prestarme atención parpadeó para callarme y me quede mirando como se alejaba fuerte y sutil. Acabe la frase cuando ya estaba perdida en el infinito.-… aún así se intuye la triste verdad.
La leí en sus ojos de miel, una historia sin final que ya había acabado.
Ines, sólo unas iniciales en el periódico: I.S. murió buscándose la vida.
Baja flexible, reincorporación gradual,… llámalo como quieras que sigue siendo lo mismo. Las personas tienen derecho a enfermar sin que nadie te tenga que decir nada.
Su nombre era la contracción de dos nombres que se rompían, el susurro silencioso de una enredadera llena de flores marchitas.
Nos conocimos un mes de enero, junto al estanque.
Él llevaba a cuestas su vida triste mientras yo caminaba con cuidado por no pisar ninguna bomba.
La conexión fue inmediata; caímos muertos sobre el mismo lecho de hojas. Nuestras almas atrapadas en la tierra de los vivos y nuestros cuerpos sin poder tocarse, intangibles.
Mi nombre era el suyo invertido, mis ideas suyas también.
En el silencio de la noche se quebró en un ruido seco y constante.
– Es la hora – se dijo en el ritual de poco antes de la una. Recogió el desorden del momento y, como una inercia más, se derrumbó derrotado.
Una madera a la deriva; dejando que las olas de las sabanas empapen su espalda y la deshagan lentamente.
La piel cae como polvo, como semillas.
Respira un poco más lento, intentando concentrar sus heridas a lo largo de la columna vertebral, consciente del grito de cada una de sus células.
Inunda el colchón con los flujos de la desesperación, de la aceptación.
Respira tan profundo que se arquea hasta quebrarse con un sonido seco y penetrante. Las costillas atraviesan su piel, se retuerce como los nudos de un árbol. Sus huesos atraviesan la cama, se transforman en raíces con las que absorbe los nutrientes del suelo. Entonces germinan las semillas que había plantado, se le enredaban atándole un poco más a la tierra.
El cansancio, el dolor, le abandonan, desaparece en dirección contraria a los nutrientes.
Llora en ausencia de tormento. Completamente desconectado se hace consciente del daño. Se hace uno con el miedo y, finalmente, se duerme en la tortura de no sentir.
Se desprende, desaparece.
Al día siguiente, como cualquier otro día, rompe raíces y vuelve a rodar ajeno al descanso. Obviando cada pinchazo, todos los rotos. Normaliza el daño y la pena.
No hubo nada extraño en caer muerto, en que drenase su sangre, que cayera como hilos de olvido. Durmió como un vegetal y se levantó dispuesto a dolerse de nuevo.
¿Cómo murió Fran? Siempre hay leyendas sobre la muerte de algunas personas, como si no existiese un termino medio para poder explicarlas.
Mueres de viejo, por enfermedad, quizá en un accidente fortuito; mueres, en definitiva, de algo más o menos natural. Atropellado, si caes sospechosammente por la ventana, es algo común, dentro de cierta, digamos, normalidad.
Pero ¿Y si tiene que ver con una sustancia prohibida, un asesinato probado, un suicidio o algo más artificial?
Para los amigos de Fran no había duda. Siempre había vivido deprisa y estaban seguros de que murió lanzada, sabían que ella lo habría querido así.
No iban desencaminados. Cuando se vió atrapada en el primer grupo, el de muerte natural, ella mismo preparo todo un escenario para que nadie cometiese el error de verla envejecida.
Derramo alcohol por todo el coche, atiborro la guantera a todo tipo de estupefacientes y apretó el acelerador con todos sus fuerzas para que se encontraron el coche totalmente ahogado.
Pero, en realidad, no le quedaban demasiadas fuerzas. Aparcó, esperó la muerte.
La autopsia fue clara, estaba limpia, se fue de forma natural pero, sus amigos, sabían la verdad: había muerto como había vivido.