Hacía tiempo que no veía a David. Desde que éramos dos críos pasando horas muertas en el parque, con una bolsa de pipas y la burla como entretenimiento.
Nosotros Jamas seríamos los feos, los gordos, los torpes, los imbéciles… Nosotros eramos los guais; nunca los pardillos.
Por eso me costó reconocerlo: vestido de mendigo, con la cara de derrota, siendo, ahora; el objeto de burla de otros niños.
-Eh, tio – me dijo sin que yo quisiera reconocerlo – ¿Te acuerdas de mí?
– No – y me aleje sin saber hace tiempo de David, sin saber si había caído o por qué pero seguro de que yo jamas tropezaría.
Quiso escoger cada palabra como si no fuese un analfabeto. Quería jugar como lo había hecho de pequeño, formando mundos imperecederos solo con soñarlos.
Pero se sentía cansado y seco. Las frases eran balas rasgando la realidad; dolían cuando las disparaba a través de su garganta inflamada.
Libro de las formas correctas, leyó para si mismo.
Cada facción enemiga escribía párrafos que se contradecían con el inmediatamente anterior. Exigían cierta atenuación de la inteligencia para poder ser entendidos.
No solo eso, tenían que ser replicados como un manual de estilo que encorsetaba sus ideas.
Apartó las hojas en blanco, dejó su cerebro al sol para ver como se llenaba de hormigas.
Quería escoger las palabras pero eran ellas las que le poseían y, eso, no estaba permitido.
Recogió la mesa deprisa porque quería descansar. Le quitó la mierda a los gatos, puso una lavadora, planchó y dobló ropa; pensó: ¿Mañana que podríamos comer? Y decidió, cocinó, guardó y explicó: Judías verdes salteadas. Se oyó un no: No me gusta, no quiero, hazme otra cosa.
Volvió a pensar, volvió a decidir, volvió a cocinar, volvió a guardar y explicó a cada cual cada uno del plato que le tocaba: Judías, arroz, macarrones. Señalandose, señalando al niño, señalando al marido.
Luego vio algo en el suelo que nadie ni había tirado ni, por supuesto, recogido. Tiró del hilo hasta que hubo barrido toda la casa, ordenó una estantería y, finalmente, se sentó con su familia que esperaba, hace al menos una hora, para ir a dormir.
Siempre estaba dispuesta a morir por mí. Se clavaba un un cuchillo y me miraba con la sonrisa tonta; bebía arsénico por mí, se ahorcaba y regresaba como un fantasma para atormentarme y me preguntaba-¿Te duele? ¿Aunque sea un poco ?
– Duele demasiado.
Moría por mí cuando yo la había matado hace ya demasiado como para seguir recordando y, aún así, ella moría una y otra vez por mí; para que no olvidara como olvida la sociedad.
-¿Duele?
– Sí, duele aunque ya es tarde para arrepentirse- Y ella estaba muerta, muerta por mí, mientras yo vivía, vivía por mí.
La ciudad se había despertado como un caballo desbocado, siempre moviéndose, siempre destrozando. No había quien la domase, no había forma de razonar.
Jesabel se sentó a ver como todo caía.
-¿ No vas a hacer nada?- preguntó Rosa
– No, ya no puedo hacer nada- Dijo Jesabel. Se Había dedicado toda su vida a poner parches que no iban a ninguna sitio. Mientras, los demás, seguían gritando: ¡Caos y destrucción!
Estaba cansada.
-¿Vas a formar parte de la caída?
– No, pero no tengo fuerzas para lo contrario.
La ciudad en llamas sonrió y pensó: Quizá luego me puedas reconstruirme.