La empresa se compromete a suministrar las herramientas necesarias para que el trabajador pueda realizar su faena. Este recibirá: un bolígrafo, una hoja de papel y un orinal a compartir entre toda la plantilla.
Con estos elementos el empleado ha de realizar maravillas y conseguir unos buenos dividendos para el empresario.
cualquier desviación a la baja de la producción sera achacada al trabajador y se le preguntara por problemas familiares para exigirle una pronta recuperación. Cualquier crecimiento sera celebrado con palmaditas en la espalda. Evidentemente, gracias al plan de la empresa, subiremos y se le entregara un folio más a modo de recompensa, para que no tenga que seguir haciendo filigranas al rellenar el primero. Esta muestra de confianza conllevara un aumento de los labores y el consiguiente incremento de la riqueza.
La empresa agradece el pequeño esfuerzo que se le exige al trabajador para estar a la altura de las enormes expectativas depositados en él.
No podíamos permitirnos el paraíso, al menos no todos a la vez. Sorteamos una semana y, a piedra, papel, tijera, decidimos quien comenzaría el primer turno. Mamá preparo la maleta en una milésima de segundo, antes de que cambiasen las reglas y su triunfo fuese revocado.
Los que nos quedamos lo hicimos soñando oler los flores de un Edén artificial; perfecto, lejos de nuestros rutinarias vidas. Mirábamos con recelo a mi hermana, en un año seria la próxima afortunada. Parecía ser la más feliz de los tres y aún así no la odiábamos demasiado porque eramos personas civilizadas.
Cuando mamá regreso llena de vitalidad la escuchamos absortos, intentando paladear cada uno de sus recuerdos. Sobrevivimos haciendo nuestras sus experiencias, fingiendo que no quedaba nada para las que de verdad nos pertenecerían.
Hicimos una piña, en dos años mi paraíso sería real por siete maravillosos días. No iba a matar a la tata, no forzaría que mi semana llegase un poquito antes.
El día en que decidieron clonar a Van Gogh para hacer retratos familiares en un centro comercial todo el mundo felicitó a Rick:
«Has tenido una gran idea, muchacho», su jefe estaba muy contento pensando en todo el dinero que le iba a hacer ganar.
La inversión, según había calculado su departamento de finanzas, sería mínima. Además la publicidad y beneficios que obtendría superaba con creces la mísera cantidad que debía aportar.
«Por la compra», se podía leer en grandes letras fosforescentes, «de cuatro tetra bricks de leche consiga un retrato de Van Gogh»
Pero su estilo no era el adecuado. Vincent resultaba demasiado personal. Su trazo, excesivamente raro, no encajaba con el carácter sencillo de la campaña.
Todos los cumplidos iniciales le fueron retirados a Rick, el jefe dejó de estar contento y Van Gogh tuvo que hacer un cursillo para reciclarse. Aprendió a hacer fotografías y dibujar su firma sobre las instantáneas, algo que los clientes sabían apreciar.
En la esquina de las sombras y orín habita el viejo artista de días mejores. Esta lleno de sueños vintage y no pierde la esperanza de que algún día vuelva a llegar su momento.
Pero cuando algún borrachuzo se acerca a mear, sin verlo, y despierta al calor húmedo de la micción se queda hundido.
«La vida», piensa, «nos construye de miserias”
‘Ojalá», escribe sobre losas sucias, «alguien me reventase a patadas, dejando que mi arte escape por las heridas abiertas. Que mi suerte llame a la puerta de mis deseos «
Pero no habla en serio porque hace tiempo que en el no queden historias que le interesen a nadie, ¿quien querría leer sus tripas en un sucio callejón de ninguna parte?
Es viento lo que me interesa. Sus alas libres que mecen las olas del mar. Se acompaña de la luna coqueta y marea, y la salitre llega a la playa de un cielo, siempre es el cielo, lleno del brillo de la noche.
« Aprende a nadar», la voz me invita como canto de sirena, «Aprende a cabalgar sus aguas mansas y a la vez salvajes. Su infinito»
Yo miraba donde cortaba la linea el horizonte, allí no había huida posible
«Pero papá», le pregunté al viejo marino«¿por qué tengo que aprender a nadar?»
«Algún día te llamaran los peces y querrás sumergirte a buscar los tesoros que te prometan. Entonces el mar curtirá tu piel y seras un lobo navegando los senderos de la estrella polar»
«Y, si siempre he de acabar mirando el firmamento, buscando mi astro guía, las nubes esponjosas del sueño ¿por qué no me enseñas mejor a volar?»
«¿Teniendo tan cerca el agua?»
«Casi puedo notar como rozo el cielo»
«Te ayudare a construir tu propia barca»
«Un barquito de papel, con alas para que no se lo coma tu oceano»
«¿Para qué surque el mar celestial?»
«Si»
«Entonces tú ya sabes volar. Enseñame, enseñame tu a volar para que mi realidad no empequeñezca tu mundo»
-Dos veces dieciséis- treinta y dos. Para Maribel era una edad tan elevada que no se atrevía a nombrarla. siempre, solo desde que paso por la treintena, una eternidad según ella, hablaba de múltiplos de dos. Prefería los decimales a llenarse la boca con las arrugas de números tan elevados.
Así iba envejeciendo, dejando que su cara le mostrase en el espejo una burla imposible. Unicamente tenía treinta y dos pero ella se veía como una anciana decrepita que se iba ido curvando hacia el suelo, ya no tenía fuerzas ni para contradecirse.- Tengo que cuidarme más- se exigía mientras contaba sus penas en fracciones.