
Vamos, a levantarse
Aquella mañana se limpió la sangre de la cara y, cogiendo su mejor traje; un chándal que parecía hecho con papel de charol rojo, zapatos de tacón lila, y una diadema llena de flores; salió dispuesta a comerse el mundo.
Pisaba decidida las calles, saludaba a sus vecinos y sonreía. A algunos los conocía del trabajo: venían a pegarle amparados en el secreto profesional .
Por veinte euros podían marcarle el cuerpo, tatuado de cardenales que cada vez costaba más que se fueran, luego no tenían por que decirles nada a sus mujeres e hijos.
Contentos del servicio siempre dejaban una buena valoración en las redes, cinco estrellas y algún comentario positivo. Pegarle era un acto de caballerosidad, una ONG para no hacerla sentir como una mendiga, ella se ganaba su salario. El mundo no podía ser más perfecto para todos, con sólo fingir aceptaban sus propias mentiras y ella podía pasear con su mejor traje.
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No quedaba nadie en casa. El silencio oprimía al viejo como si toda su vida hubiese estado ahí, apretando, haciéndose un hueco hasta que solo él quedaba frío e inservible.
Encendió la radio para ver si conseguía autoengañarse con las voces, la música, los ruidos. Sonaba a un millón de años luz de distancia, en un tiempo perdido.
Lo apagó al instante, respiró de nuevo el silencio para que la nostalgia no lo llevase hasta la puerta de otra época, para que la soledad no volviese a tomar la iniciativa.
-¿Cuanto hace que estoy solo?- Se preguntó- ¿Cuantos años estuviste conmigo pero ausente?- Pregunta a los fantasmas.
Los platos quedan en el fregadero, los dientes negros adornan una sonrisa distante y apagada, se hecha a dormir con la ropa de la calle, abrazado a la desgana, soñando momentos que ya son imposibles.
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Jenni miró los carteles emocionada, por fin empezaba la gira de presentación de su, viejo, nuevo álbum. Tras un año de reclusión; lápiz, tinta china, planchas de color y una tipografía sencilla pero efectiva: Tontín en el Tibet estaba listo para deslumbrar.
Diversas librerías la habían invitado a dar charlas, firmar ejemplares y hacerse fotos con los fans de Ergue.
Tras el fracaso de sus proyectos más personales había decidido ser autora tributo. Disfrazada con corbata y camisa, el pelo ondulado hacia la derecha, fumando la misma pipa que él, mientras dibujaba de forma clara y sencilla. Repetía una y otra vez los mismos álbumes, apenas cambiando algún nombre que, impidiese a los representantes legales de la obra del muerto, no se enfadasen. Solo Totín continuaba manteniendo su icónico nombre y su polo azul cielo y su perrito faldero y su amigo refunfuñón… algo que permitiese a los Tontinólogos ser felices en las interminables horas de firmas y llenase la nevera de la autora.
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Llegó años cincuenta: el traje desordenado de noche y los colores equivocados. Apareció un siglo tarde; con el aliento apestando a cementerio, con el ego intacto de ceguera. Sordo a lo que no era su propia respiración entrecortada.
-¿iPor qué!?- gruñó exigiendo veneración- ¿ipor qué habéis cambiado sin mi permiso!?- Gritó desde otra época mientras, el ruido, seguía sonando demasiado actual.
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En el libro ya había más de mil preguntas, muy pocas respuestas. Cada año, por el festival, desde hacía más de un siglo, se añadían al menos siete cuestiones a las ya existentes, normalmente mas. Una por cada monje custodio que, posiblemente, se había pasado los últimos trescientos sesenta y cinco días pensando cual sería su aportación al libro de los enigmas.
Cada habitante, cada viajero que se encontrase en la ciudad de Penyagó, tenía la oportunidad de presentar alguna duda que creyese digna de ser incluida. Estas eran valorados por los monjes que, en el plazo de un mes, presentaban las que serían finalmente incluidas en sus páginas .
…
El festival atraía a mucha gente que venía para escuchar la lectura de las dudas .
El monje lector, cargo que rotaba cada año, escogía las más relevantes y las lanzaba al pueblo, para que aquel año, cualquiera, pudiese buscar una solución.
Así, la religión de las mil preguntas, no daban respuestas fáciles a miedos ancestrales. Más como una ciencia, ofrecía caminos de pensamiento que cualquiera podía aceptar o rechazar, acercarse al libro, leer dudas ofrecer las suyas a quien las quisiera resolver. Los enigmas solucionados, cada vez más complicados, eran celebrados y a la vez cuestionados. No debían haber verdades absolutas en el festival de las mil preguntas.
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