Pálida como la luna llena, caminaba reflejando la luz del cielo, Como si fuese normal ser un cuerpo celeste caído.
Bailaba para nadie y todos la miraban porque bailaba y bailaba. Fue entonces cuando le arrancaron una promesa a dentelladas, por danzar respirando.
La tiraron contra el suelo para que dejase de reflejar las estrellas y, sin apartar la mirada, ningún ojo quiso ayudar a levantarse.
Quedo su cuerpo estelar tirado contra el frío cemento, formando un rio de rojo amargo.
Al amanecer la vida se había consumido, como peces muertos al final de un película que termina.
Sin admitirlo, aquello había sido un mal sueño, pues nadie quiere que sea real
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Ismael vivía en una habitación pequeña, llena de cómics, películas y libros. con todos sus tesoros construía castillos en los que esconderse.
En su mundo siempre sonaba algo de música, se podía tumbar mirando el cielo del techo, rodeado por sus amigos imaginarios.
Mas allá de la puerta, el resto de piso, era un lugar frio en el que convivir. Zonas comunes en las que tenías que desordenarlo todo de un forma exacta, para que nadie tropezase con nada.
El día en que cumplió cuarenta años, como si la vida se transformase, llegaron un montón de desconocidos a despedirse, cada uno con un regalo absurdo, algo que ya no cabía en su madriguera.
Tendría que desprenderse de algunos de sus tesoros para hacerle un sitio a un pisapapeles horrible, tarjetas y camisetas en las que se leía “demasiado viejo para la vida.”
Buscó algún rincón en desuso, quiso colonizar espacios comunes y al final tomo la decisión más acertada. Se deshizo de todo lo que le habían regalado, agradeciendo que fueran cosas tan inútiles que no le supusiera ningún problema el no quererlas.
-Ojala siempre me regaléis estas mierdas- les dijo antes de que la última persona, que llevaba veinte años sin ver, saliera para siempre de su vida.
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Acabaron la carretera y dejaron un grano de arena junto al mar. Era algo simbólico que recordase que justo allí, por donde ahora pasaban demasiados coches a demasiada velocidad, había existido una playa en la que perder el tiempo.
No lo protegieron del viento, no señalizaron el lugar. Por eso desapareció el insignificante grano. El recuerdo fue una fotografia en color sepia, que es el filtro melancolía con el que tiñen el pasado. Un albúm, en la red social de moda, recopila imagenes para que los mayores puedan demostrar que antes todo esto era playa, y, en ella, eramos más felices
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