Olvidando sus penas
9 febrero 2012La revolución capitalista
7 febrero 2012Yo viví los cambios y no fueron revoluciones ni dignidad lo que nos movió. Nos sentíamos insignificantes, incapaces de transformar nuestro mundo en algo mejor. No eramos perfectos y siempre había alguien encargado de recordarnoslo. Necesitábamos disfrazarnos, pintarnos de una idea tan sublime que no teníamos tiempo de arreglar aquello que realmente importaba. De ser por nosotros la vida seguiría su curso sin que nadie llorase su insignificancia. Fue el mismo capitalismo, sus teorías del consumir desmesurado, del producir sin medida y siempre encontrar compradores. Nos hicieron desearlo todo, nuevas creaciones sustituían la misma pieza aún sin envejecer. Ansiosos buscábamos poder poseer cualquiera de sus promesas sin importar el como, la manera fue coger lo que no podíamos pagar.
En realidad no era nada nuevo, siempre nos lo habíamos prestado todo. Éramos pequeños grupos en los que uno traía la comida, otro despejaba su casa, se ponía música, leíamos libros y construíamos con las sobras del privilegio la totalidad que nos ponía los dientes largos. Eramos amigos y la única diferencia fue globalizarlo. Empezamos a formar redes entre todas las reuniones y dejó de ser importante a quien le prestabas tus tesoro. A lo largo del país corrían fotocopias, cintas mil veces grabadas y pusimos al alcance de cualquiera todo. Sin darnos cuenta las ideas revoloteaban el planeta, eramos los amigos de lo ajeno y sólo ajeno se quejaba de no cobrar dos veces un mismo trabajo. La mayoría era culpable de difundir y la pudiente minoría compro leyes para detener la revolución.
Pero cuando se dieron cuenta que todo el pueblo estaba intercambiándose bienes no pudieron aplicar las medidas adecuadas. Tendríamos que ir a la cárcel, dejándoles sin esclavos especializados. Por eso calmaron a la masa, la cosa no iba con la muchedumbre, no eran los contenidos, ni el querer tenerlo todo, eso era una actitud normal y ejemplificadora, el querer mejorar, pero no a costa de la propiedad privada. Aquella actitud tenía que cambiar o la falta de dinero circulando acabaría con el mundo.
Se cortaron las cabezas más visibles, se hundieron las críticas más feroces y dijeron que lo habían cambiado todo para dejarlo igual que siempre. Los sueños seguirían siéndolo y la élite permitiría acceder a todo con cuentagotas. Yo viví los cambios, sentí como todo era mejor pero no quisieron dejarnos disfrutarlos.
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La educación del señor Ramón
31 enero 2012Ramón jamás había aprendido lo que era la vida. Sus educadores prefirieron enseñársela tal cual la habían diseñado, especial para que nadie tuviese ningún problema, un teatro social.
Segmentaron las horas, dividieron los espacios en algo sencillo que el pudiese entender y le inculcaron los tics necesarios para reaccionar a cualquier situación.
En las zonas comunes, expuesto a todas las miradas, debía ser ejemplar. Producir a destajo, idolatrar a sus superiores y encontrar una mitad con la que encaminar una nueva descendencia por la senda correcta.- INCULCA LOS VALORES- le gritaba la vida moderna.
En la soledad de su casa era libre de actuar a su manera, podía dar rienda suelta a sus antojos privados. Pero nadie le ordenaba como hacerlo, no le habían enseñado y se sentaba a esperar la muerte o algo mejor, lo que llegase primero.
Alguna vez leyó un libro que no supo interpretar. Las palabras amontonaban sus significados sin decirle nada y tuvo que tirarlo corriendo antes de que le hiciera pensar. Esas noches soñaba vidas paralelas, mundos extraños en los que tampoco sabía como actuar, se sentaba a que lo devorasen los monstruos antes del amanecer y luego se juraba que jamás volvería a leer una sola palabra escrita.
En casa de Ramón sonaban muchas alarmas, programaba infinidad de actividades concertadas y, poco a poco, iba aprendiendo a estar ocupado para no seguir imaginando terrores nocturnos, no quería volver a caer en un mundo que nadie le explicaría. Necesitaba su cárcel para saber que lugar de la fila ocupar en todo momento.
Uno de los despertadores lo arrancó de forma imprevista de una pesadilla. Se había dormido a deshoras y, por desgracia, uno de sus habitantes lo había acompañado en el viaje de regreso.
A partir de entonces, a cualquier sitio al que fuese, tenía que ir con aquel ser de otra dimensión. El bicho, al que llamaba señor Uno, empezó a controlar hasta sus sueños y Ramón, viendo que no se lo podía quitar de encima, pensó que sería una buena media naranja con la que compartir la vida que desconocía. Desde aquel instante, cada noche, copulaban sin cesar esperando que Uno se quedase embarazado. Sometían sus cuerpos a toda clase de torturas imaginando que eso les hacía más fértiles. Finalmente fue Ramón el que se quedo en cinta y dio a luz una camada de siete criaturas que eran la envidia de todo el vecindario. Exóticas preciosidades de salvaje brusquedad. Ramón les enseñó todo lo que sabía, lo que le habían inculcado a fuego hasta conseguir que jamás aprendieran lo que era la vida.
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El inventor de necesidades
23 enero 2012Cuando el pájaro inventor imaginaba algún artilugio primero trazaba los planos, calculaba los costes, lo construía y, si era rentable, decidía para que iba a servir. Muchas veces, el prototipo, se quedaba en una complicada escultura de ingeniería mecánica, la copia de una copia que copiaba una copia existente de algo inservible y absurdo. Pero no se desanimaba, seguía soñando otros cielos llenos de maquinarias limpias y brillantes, al menos hasta conseguir algo de dinero y creerse demasiado importante como para construir sus castillos sobre las nubes.
Creó alas artificiales para aves, bombonas de oxigeno para respirar en una ambiente limpio y oxigenado… tantas locuras que le venían a la cabeza que se sugirió retirarse a pensar mientras osos especializados se encargaban del trabajo sucio. Enviaba los planos vía e-mail, administraba en una hoja de calculo y creía, desde su paraíso tropical, que, en aquel invierno, su fábrica de objetos raros sería la envidia de cualquiera con dos dedos de frente. Se sentía el creador por excelencia; se notaba rico, más que rico, nadando en la abundancia más absoluta y desmedida. Imaginaba que ya no tendría que seguir reinventándose, al menos hasta que regresó en primavera a la tierra donde dormían sus piezas orgánicas. Una alfombra peluda roncaba por mil cabezas junto a la cadena de montaje. Hibernaban los muy vagos.- DESPERTAD- gritó enfadado- TENÉIS QUE PRODUCIR-.
Pero los osos; sean mecánicos, camareros o peones, tienen un pésimo despertar. Se levantaron hambrientos, con una única idea aporreando sus tripas vacías, con un sólo animal al alcance de las zarpas afiladas.
Por primera vez, el pájaro inventor, tuvo la necesidad antes que el invento. Pero no trabajaba bien bajo presión, no sabía como solucionar los problemas e ideo un aparato vete a saber para que y que no sirvió de nada, ni evitó que los plantígrados lo devorasen justo antes de volver a sus puestos de trabajo.
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El complemento vitamínico
17 enero 2012Empezábamos a tener hambre. Seguíamos teniendo los lujos, las tiendas se llenaban de autenticas virguerias de la tecnología, finas fruslerías y esqueletos de hombre elefante para decorar nuestras suntuosas mansiones de treinta metros cuadrados. Gritábamos fiesta y las pupilas se nos dilataban de emoción, la tele nos hablaba, el edredón nórdico nos abrazaba y eramos todo lo felices que se podía en este capitalismo devastador. Pero es que cada vez nos rugían más las tripas.
No podíamos comprarlo todo y seguir comiendo así que elegimos la inmediatez y la publicidad nos vendió recetas a corto plazo. Seguíamos adquiriendo estatus pero esta vez en píldoras de colores, ricos complejos vitamínicos que disminuían las carencias y llenaban nuestro estómago. De la noche a la mañana empezamos a ingerir pastillas y a controlarnos las constantes vitales en brillantes máquinas ideadas para la ocasión. Sonreíamos con los buenos resultados, nos preocupaban y antidepresivos para los peores.
Era imposible equilibrarlo todo así que apostamos a los seguros de vida, los bonitos ataúdes y los placeres de digestión rápida. Nos aceleramos por que teníamos hambre de vida y seguimos teniéndola.
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La marca de la deuda
10 enero 2012La ropa había empezado a sentirse un poquito más importante de lo que era. Estilizaban dando glamour, llevándote de paseo y abrigándote en la comodidad de tu casa. Eran prendas venidas a más, descendientes de la lana de alguna oveja de rancio abolengo, pieles curtidas sobre los tejados de suntuosos palacios y cosidas con hilos dorados fabricados por Rulpenstinki. Trajes de nobleza estudiada y marcada con escuditos que las distinguían y elevaban por encima de las telas de mercadillo, confeccionadas en algún taller ilegal en el barrio chino de Santa Coloma.
Pero la flor y nata de la alta costura no se estaba vendiendo como debía. Se quedaban perfectamente dobladas en tiendas de diseño, dormitando a la espera de tiempos mejores, los que vendrían, los que creían merecer,…. los que necesitaban para subsistir. Habían dejado de ser rentables; ni abaratando costes, que menos gente haga lo mismo, que inframanos las toquen, haciendoles nacer de materiales fugaces, reduciendo gastos, incrementando precios para conseguir los beneficios de antes de la crisis, cuando el dinero no era importante si se podía pagar a plazos.
Tenían miedo, por eso se juntaron todas, incluso algunas consideradas submarcas subsidiarías que jamás tendrían que rozar a las mayores, estaban allí para decidir como recuperar el mercado perdido. Se saludaban, presumían entre ellas, debatían del pasado, creaban fórmulas y ecuaciones que explicaban la actual situación y encontraban nada parecido a una solución.
Casi al final, nadie sabe quien, alguien gritó que eran marcas y esa era, en si misma, la idea revolucionaria. Necesitaban un logo, una mascota que las distinguiese del resto; algo vivo que la gente pudiese entender como suyo. Por unanimidad empezaron a buscar la panacea, en una tormenta creativa las cabezas pensantes se rebanaban los sesos, exprimiendo sus escasas ideas hasta tener que admitirlo, no había nada en sus despachos suficientemente sugerente.
Derrotados, los importantes directivos, regresaron a sus mansiones preguntándose cuantos yates, coches o joyas venderían para mantener un nivel de vida aceptable, donde reinvertirían el cuantioso finiquito, a quien demandarían por injurias o a que santo rezarían… Nada parecía garantizarles un estatus a largo plazo pero no podían ver más allá de la crisis del momento, el desanimo les tenía presos. Se sentían como si ya fueran pordioseros ensuciando el parabrisas de limusinas ajenas por unas cuantas monedas, igual que el mendigo que les increpaba a la salida del trabajo, rodeados de miseria, con el hambre haciendo mella en sus rostros morenos. De repente uno de ellos le pidió al chófer que parara en seco, que diera media vuelta y buscara al pobre que todos tienen en mente. Tirado en la calle, comiendo los restos de una papelera, el prototipo de hombre era tal como lo recordaba el importante ejecutivo, tan desagradable y a la vez uniformado en ropa de marca, la mascota que estaban buscando.
Sus compañeros, desesperados, admiraron el hallazgo, alabaron la creatividad y la maquinaría empezó a girar de nuevo para promocionar el viejo producto, el novedoso envoltorio. Nadie iba a querer ser menos que un dame algo forrado con telas de renombre. La campaña se extendió como pólvora. Pagaron a todas las televisiones, la prensa se hizo eco y la calle asintió- Si el puede yo también, yo soy mejor, lo necesito- y se endeudaron hasta tener de todo.
El día de la presentación oficial asearon a la mascota, le pagaron un sueldo desorbitado y, para sorpresa de los medios, apareció vestido de cualquier cosa. Había cambiado, ya no representaba nada más que normalidad.
-¿por qué?- gritaron los mandamases- ¿por qué?- los periodistas- Porque- respondió- si vives en la calle es más fácil encontrar marcas pasadas de moda. Quien no las puede pagar aprovecha la ropa hasta dejarla inservible. Ahora que tengo dinero no quiero despilfarrarlo- Pero ya nadie escuchaba, la deuda contraída era grande y les dolía oír según que cosas.
LaRataGris

Escrito por laratagris 










