Siempre estaba dispuesta a morir por mí. Se clavaba un un cuchillo y me miraba con la sonrisa tonta; bebía arsénico por mí, se ahorcaba y regresaba como un fantasma para atormentarme y me preguntaba-¿Te duele? ¿Aunque sea un poco ?
– Duele demasiado.
Moría por mí cuando yo la había matado hace ya demasiado como para seguir recordando y, aún así, ella moría una y otra vez por mí; para que no olvidara como olvida la sociedad.
-¿Duele?
– Sí, duele aunque ya es tarde para arrepentirse- Y ella estaba muerta, muerta por mí, mientras yo vivía, vivía por mí.
– Euren – dijo la niña sin saber por qué quería poseerla.
– Es bonito, parece como inventado.
– Todos los nombres son inventados, Maurice- habló una sombra a la que sólo parecía escucharse cuando se movía el aire en lentas ráfagas.
De repente la sombra salió a la tenue luz. Tenia la cara marcada con el horror del fuego. -¿Qué haces en una calle tan terrible como esta, Euren? Pareces demasido buena niña para estar aquí.
– Mi madre quiere que le lleve su medicina pero no tiene dinero para pagarla.
– Dile a tú madre que aún eres pequeña como para pagar esa deuda.
-Pero, Tomo – babeo Maurice- yo no la veo tan pequeña, parece jugosa.
Tomo se detiene sobre sí mismo, saca un cuchillo, se lo clava a Maurice – Tu pareces muy muerto para tantas tonterías. Vete, niña. Tengo un amigo al que enterrar. y dile a tu madre que de momento es ella la que tendrá que pasar por su medicina.
No, no era uno de esos malvados megalómanos de opereta, de los de conquisto o destruyo. El simplemente era un malo nivel usuario.
Esas pequeñas cosas de tirar un papel al suelo, tirarse un pedo en el ascensor y mirar con sospecha al de al lado, beber demasiado, conducir contra el mundo. No le pegaba a nadie aunque siempre decía: Si me tocas los cojones te rajo.
Escupía, maldecía, no tenía problema en mentir para ahorrarse discusiones o meterse en discusiones para encontrar problemas. Por supuesto no reciclaba, ni daba los buenos días ni las buenas noches.
Era un imbécil prepotente; un problema para el mundo, suma y sigue.
Cosas pequeñas como las que todos nos perdonamos para hacer la vida agradable, plausible. Es más fácil eso que dejar de ser malvado.
Los verdaderos malos quedan para telefilmes de bajo presupuesto, cómicos, megalómanos que lo destruirían todo. Como nosotros pero a gran escala.
Y las grandes corporaciones que podrían poner su granito de arena, se frotan las manos después de señalar al pequeño malvado de turno.
Un coche sale de Murcia con dirección a Barcelona. Siempre a una velocidad constante, por la ruta más directa. Cuando, a la altura de Zaragoza, encuentra un cartel que marca una bifurcación.
Por el Camino de la izquierda, según indica la señal, el automóvil tendrá que arrollar a un bebe. En cambio, en la dirección contraria, el peso del vehículo activara un mecanismo secreto que iniciara la cuenta atrás que lanzará una bomba nuclear de la que solo se salvará el crio que iba a morir por la izquierda, gracias a que al tomar esa decisión le ha dado tiempo a la madre de esconderlo justo cuando la puerta del búnker se cerraba para ella.
¿A quien salvaras?¿ Eres malo o eres peor? y lo más importante ¿Por qué sigues leyendo este tipo de mierdas? Estas supuestas situaciones extremas ¿Cuando se supone que estarás expuesto a ellas? ¿No sería mejor que te preocupases de las cosas pequeñas de tu día a día?
-¡Dime su nombre! – En una dicción perfecta, remarcando cada sílaba de una forma impecable.
No había duda sobre su demanda y, aún así, Jorge miraba aquel hombre pequeño y desgarbado como si no supiese de que le estaba hablando.
-¡Dime su puto nombre! – volvió a gritarle sin apartar la mirada.
Paralizado articuló como pudo la pregunta -¿Yo?
– ¡ Pues claro, imbécil!- remarcó el insulto- ¡Dime el jodido nombre!
Jorge lo miró de arriba abajo sin conocerlo, sin saber de quien le hablaba. Con un gesto trató de quitárselo de encima, algo que todavía cabreó más a su interlocutor.
Golpeó su rostro, lo zarandeo hasta hacerlo vomitar pero no consiguió que le diera un nombre, el nombre.
-Habitación trescientos ochenta y seis, señor White. Ahora aviso a un botones para que le suba el equipaje.
-No será necesario.
Arrastra la gran y pesada maleta. En el ascensor para en cada piso, le preguntan si sube o baja y nadie sube con él, se quedan esperando uno vacío que nunca llegara.
En la suite abre e equipaje y sale una mujer pequeña, desnuda, con la mirada clavado en el suelo, en un silencio cortante. Como un susurro se acerca hasta la cama, donde se tumba.
El señor White saca un brillante cuchillo y empieza a hacerle suaves cortes sobre la piel. La vida escapa como el vaho en la mañana, sin que ella emita ningún sonido; él gruñe como un cerdo mientras los cortes son cada vez más profundos. Ya muerta la penetra antes de llamar a recepción.
-¿Recepción, dígame?
– Hay una chica muerta en mi habitación.
Y, aunque no es un servicio que ofrezca el hotel, contestan sin inmutarse – Disculpe MR. White. Un botones se la retirara enseguida y le proporcionara una nueva de inmediato.
-Que sea castaña. De mirada viva pero sumisa. Que cada vez cuesta más ser un hombre en este sitio de mierda.
-Por supuesto señor White. No tardaremos nada en devolverle la normalidad.
Me encanta hacer estas cosas. Este año Viaje Final, historia muy loca que le regalo a mis niños por Sant Jordi. Si te la quieres leer tú también aquí la tienes para su descarga.
-La guerra olía a pólvora y sangre seca, como fuego lamiendo la tierra. Carne fresca orando a gritos; desprendía el aroma agrio del llanto desesperado y la destrucción, un monstruo horrible al que se hacía necesario domesticar. Necesitábamos humanizar el horror.
Se crearon las batallas inodoras. Decididas en fríos despachos a golpe de teléfono. Contabilizar a los invisibles, convertirlos en víctimas silenciosas, eliminarlos de forma discreta.
-En el tercer mundo-, recalcó el consejero delegado para asuntos directos-, allí que se empeñan en las barbaries de siempre.
El primer mundo era más sutil y elegante.
Mataron en cada conflicto, de forma discreta, sin mancharse las manos. Dejaron que el hambre hiciera su trabajo, que la inanición se llevase las sobras-contribuye o desaparece.
Saca tu pistola-tarjeta, apunta, fuego para que todo sea más humano.