El jardín prohibido

24 octubre 2016

El poderoso señor salió al balcón. Unos inmensos jardines, repletos de aguerridos guardias, lo separaban de la muchedumbre furiosa que se agolpaba ante su, inmoralmente, lujoso palacio.

-¿Qué es esto?- le reclamó a su mayordomo, señalándose la nariz mientras la arrugaba en un gesto de desaprobación.

-Es el olor a pobreza, Sire.

Dilató las fosos nasales para dejar entrar la horrorosa fragancia- ¡Que asco! y ¿no podrían dejar de ser algo menos…. pobres?

-No en estas condiciones, Sire.

Anegado de arcadas se dejó caer sobre un precioso palanquín- ¿cómo es posible que aquí nos alcance su hedor?¿ Acaso su peste es Capaz de sortear kilómetros y kilómetros de un jardín que les es prohibido?

-Si- respondió acuchillando varias veces su garganta- ya que la pobreza también habita dentro de sus muros.

-¿Ya?- tras una sombra apareció el cocinero.

-Si, ya puedes decir que habrán las puertas a todo el mundo. Somos libres para vivir nuestros propios errores.

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Buen samaritano

9 junio 2016

Buen samaritano


Habitante

1 septiembre 2015

Habito las tierras yermas del extrarradio, dos veces excluidas por ser limítrofes a la gran ciudad que la ignora y periféricas a la vida de su propio núcleo. Pertenezco a una tribu mixta, mitad nómada mitad sedentaria: que cada día recorre kilómetros y kilómetros por la caza de unas pocas monedas y cada noche regresa a la vergonzosa ciudad dormitorio en la que se esconden los sueños.

Colecho en la cama vacía que siempre está ocupada. Dormito sobre el recuerdo de con quien no puedo coincidir más que en un: Buenas noches, buenos días; antes de desaparecer en el frío del trabajo o en la ausencia de las sabanas.

Soy habitante de la nada, ni de aquí, ni de allá. Apátrida de coraza blindado y de cuerpo en venta. Uno de los que ganan sudor con el esfuerzo de su pobreza.

LaRataGris


Barrio conflictivo

21 mayo 2015

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El imperfecto

25 agosto 2014

Tras los disturbios culpabilizaron a los más pobres. Dijeron que eran destructores, vándalos y, algo peor, enfatizaron que ellos mismos, con su actitud en el pasado, su no hacer nada, habían empujado a la sociedad a aquella situación. Para los que tenían que esconder tan mala resulto su inactividad como su acción posterior.

-¿ quien de vosotros,- gritaban en las asambleas, haciéndose pasar por ciudadanos-decidme si solo uno de vosotros esta libre de culpa para poder lanzar la primera piedra?-. Por norma general nadie se atrevía a hablar. El que más, el que menos, había tenido que robar para poder comer. Se creían alborotadores por gritar su pena y la acusación directa les hacía agachar la cabeza y acabar con el problema.

– yo- las cabezas reunidas buscaron. El orador intentaba distinguir al gamberro.- yo que no estoy libre de culpa lanzare la primera piedra y la segunda si no tengo a nadie a mi lado, también la tercera.- un círculo de vacío rodeo sus palabras y el anciano quedo en evidencia mientras no dejaba de hablar- sin ser perfecto no me culpabilizo. Intento mejorarme aunque se que es imposible la perfección en una sociedad corrupta. Por eso puedo, debo, lanzarla por que cambio lo que me rodea y eso me transforma. Estoy cansado de delinquir en esta forma legal. Y vosotros, todos y cada uno de vosotros, también tenéis el derecho ganado para poder tirarla. Esconded la mano después, es necesario hacerlo mientras nos persigan por ser consecuentes, por ser razonables, lógicos, libres… Apuntad, calculad bien la trayectoria que si no, el uno por el otro dejaremos la casa sin barrer. Que la culpa es una excusa perfecta para el vago de moral.- tras un silencio se lleno la nada y una lluvia de piedras, de frutas podridas, cayo sobre el estrado.

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La costura de la ilusión

25 junio 2014

la costura de la ilusion


Carne de cañon

29 mayo 2014

Carne de cañon


Emigrantes de segunda

29 mayo 2014

emigrantes de segunda


Integralismo

24 abril 2014

Integralismo


Las fotos del móvil

7 abril 2014

Era raro verla besar su móvil. Se acercaba a la pantalla sonreía, lloraba. Mezclaba felicidad y tristeza. Hilaba un nombre en el caudal de sus lágrimas, echaba de menos a su hijo. Vivía lejos, crecía con el dinero que conseguía enviarle, se volvía un hombrecito sin ella.
Se volvía tan guapo que cada nueva imagen aceleraba su pulso y le rasgaba el corazón sin remedio. Cuando ya no podía más apagaba y se iba a vender el pescado. Tanto si era fresco como de confianza, tenía que sacárselo todo de encima, era su billete de vuelta, los nutrientes de su tesoro. Haría cualquier cosa aunque se le cayese el mundo después, nada podría detenerla mientras su recompensa fuera sobrevivir, mientras su razón de ser estuviese protegido con los escudos de la distancia. -Has venido a robarnos, extranjera.- le dolía cada centímetro de su cuerpo para defenderse de las mentiras, necesitaba dormir, volver a su casa y sentirse de nuevo una persona. No tenía fuerzas para ninguna batalla, aunque tuviese la razón, podría escuchar cualquier cosa mientras los suyos estuviesen bien, como cualquiera, provenga del país que provenga.

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