Las noches de verano salía a respirar al balcón. Se sentaba y, sin mirar las estrellas, leía las historias del cielo inalcanzable.
-¿Te gustaría volver a surcarlo? – siempre le preguntaba su memoria.
-¿Yo?- se contestaba-Nunca hice nada importante para merecerlo.
– Y, sin embargo, viajaste por el firmamento, te bañaste en esponjosas nubes,…
-Niñerías- como si no tuviese pasado – solo era mi forma de vivir, nada especial, nada que añorar.
Entonces miraba el futuro infinito y sonreía arrugando un poco más su cara. -Lo hecho hecho está y, en realidad, no es nada. He sido feliz, lo tengo todo por delante.
– Ya tienes ochenta y tres años – le recordó su memoria.
– ¿Ochenta y tres? Nunca había estado en un país como ese.
En realidad podía volar. Unicamente tenía que cerrar los ojos y pensar que era más ligero, que con cada inspiración el aire que tomaba le permitía subir un poquito más.
Lo verdaderamente difícil era redirigir su movimiento, saber a donde iba y sentirse acompañado en esa altura infinita.
-¿De qué sirve elevarme por esta vertical sin fin si, yo, lo que quiero es estar con mi gente?
Cada día volaba menos, soñaba menos y caminaba más entre las personas que no podían subir al cielo.
Hablar con ellos provocaba una felicidad que, en la solitaria cumbre de nubes, no podía concebir. Era otro tipo de sueño, un vuelo distinto, horizontal.
Cerró los ojos para verse por dentro, respirando de forma profunda y acompasada.
Los campos de margaritas se extendían como un infinito de paz eterna.
Se sentó a dibujar el movimiento del aire, bailó el susurro del agua de un viejo arrollo. Sentía esa tranquilidad imposible de buscar, que se construye a fuerza de soñar activamente y no quedarse solo con la fantasía. Caminar sola, escucharse, sentir la realidad y transformarla.
-Entra, entra en mí.
Invitó a la gente que más quería, con la que respirar se hacía más sencillo.
-Bailad conmigo. Cerrad los ojos a la tristeza-, a la vez que ella cerraba los suyos.
Y fueron dos, fueron tres; aumentaban exponencialmente hasta ser demasiados en el paraíso, todos dormidos para estar juntos, todos esperando que la alegría les inundase.
Vuela, baila, canta, berrea; imagina dragones dorados y se defiende de ellos cuando es necesario; se hace su amiga, juegan juntas. Princesa y guerrera, Walkiria, rayo de luna, corazón y rabia. Sabe rescatarse.
Sus deseos multiplicados por mil, un infinito inexplorado del que aprendo y con el que puedo vivir.
Para el primer poema escrito no existían rimas ni musicalidad. Carecía de reglas que lo encorsetasen. Sentimiento y algo de sangre.
Los poetas, no tenían ese nombre, troceaban su ser. Ya llegarían los tiempos de vestirlo todo con razón. En aquel entonces solo era verdad; era volar sin alas, aterrizar sin freno.
Un te quiero susurrado, odiar de forma desmesurada, describir el viento, las estrellas… la letanía de la muerte, un cerezo,… Mamut, alud.
Sin reglas respiraban y exhalaban lo bello y lo terrible. Todo estaba permitido.
-Fijémonos en la estructura, contemos el número de silabas. Ojo con los signos, institucionalicemos la belleza.
Siempre existe quien, carente de alma, prefiere encerrar las ideas en cárceles de normas. Es su forma de destacar, señalando al que libre decide no cumplir las férreas directrices, al que es poeta pero se le ha olvidado sacarse el carnet de manipulador de rimas. Así escribieron un quinto poema y el décimo e infinitos muy correctos, muy de poetas profesionales.
A las nueve un pequeño clic. La máquina, hace mil años programada, se pone en marcha sin importar lo que le rodea.
Ella no se plantea si quedan humanos sobre la tierra, si alguien escuchara su retahíla, es fiel a la programación.
Suenan los acordes previstos, unos voces pregrabadas vuelan en un coro multitudinario mientras, una voz de barítono saluda a las generaciones futuras.
– … escuchando, mantienes vivo nuestro legado. Haces que nuestra vida no halla sido vana. Gracias por estar escuchando, mantienes vivo nuestro legado. Haces que nuestra vida no halla sido vana. Gracias por estar…
-Este- suena otra voz algo más leve- este es nuestro regalo al mundo- y lee un cuento de proporciones épicas.
Seguros de que alguien les habrá escuchado, otro clic, termina la grabación. En otro tiempo, cuando existían los humanos, alguien respira con orgullo. Acaba de grabar una historia que no será baladí, que se escuchara aeternum.
Salúdame negra noche, pasa por mi rincón tristemente iluminado y hazme compañía mientras parpadea el fluorescente.
Acaricia mis miedos más pueriles, dame a probar tu misticismo irracional. Deja que mi corazón palpite como la luna llena sobre los cuerpos fríos.
Abrázame mi amante incorpórea; idea de libertad, de dolor, de atadura. Contradicción y realidad, salvajismo…nocturnidad, sueño sin final, vida, tristeza, felicidad.