Gana la banca
26 mayo 2016Colorear según el número – Un Mapa de color
14 noviembre 2013
Ten un mapa de color
para salir del papel
blanco es mi dolor
laberinto de cordel.
Toma conmigo el camino
que acaba en el horizonte
yo amaré ser tu pollino
tu serás mi Rocinante.
Luis Hernández Blanco
Imagen : LaRataGris
Poema: Luis Hernández Blanco
Voz: Jesús M. Palomo
Monoteístas monocromáticos
30 abril 2012De repente amaneció un día de un color azul celeste infinito. Los campos y la ciudad, animales racionales e irracionales, insignificantes objetos o, incluso, aquellos de una relevancia tal que se hace difícil imaginarles un cambio… absolutamente todo se había impregnado de esa misma tonalidad, haciendo imposible distinguir los límites de nada. La vida se había vuelto un gran fondo azul en el que se escuchaban ruidos y quejas por no poder ver, por quedar ahogados en el monocromatismo mas absoluto. Aunque eran pocos los que gritaban. La gran mayoría estaba feliz por la moda, preferían la estética y dejaron de lado las criticas y la desobediencia al celeste.
Conformados con la nueva pigmentación se hicieron uno con el orden establecido mientras los locos, se quedaron solos en sus celdas blancas. Algunos ácratas buscaron amarillos en los fondos de sus armarios, verdes y lilas luchaban contra la dictadura monoteística, rechazaban la adoración unilateral y sus trazos pintaban notas discordantes, estridencias en la realidad mas absoluta.
Mayoría se enfrento a minoría en la calma de los ganadores y los resignados hasta que, de repente, amaneció un día de color purpura y las tornas se giraron. Los celestes se dejaron llevar. Su color fue menospreciado, sinónimo de rebeldía. Los antiguos disidentes se volvieron azulados para poder seguir quejándose. Todos cambiaron de chaqueta para salvar las apariencias. Solo los corazones rojos, las entrañas negras… resistieron mas allá del momento sin ser gobierno u oposición, eran vida de la que no cambia ni cuando su color se pone o pasa de moda.
LaRataGris.
«Intergrados…»
12 noviembre 2011Hasta ahora la ciudad triste nos apagaba en matices de negro y gris. Cada edificio era el tono de una misma escala cromática, homogeneizando un abrazo sombrío y desalentador. La roca y el cemento se habían convertido en prisiones para nuestros espíritus libres. Sólo eramos bichos muertos sobre el arcén. Nos movíamos pero eran estertores, reflejos de una vida consumida. Me asfixiaba aquel sobrevivir de la manada. – ¿Te gustaría salir corriendo?- y siempre era la misma pregunta a la que me aterraba contestar. Agachaba la cabeza y hacía como si no escuchase las voces en mi interior- ¿Te gustaría?.-
Todo aquello formaba parte de una fórmula que yo desconocía. Una ecuación que alguien había calculado para saber cuanto tenía que aplastarnos para que siguiésemos trabajando sin que el descontento nos levantase. No eramos felices pero tampoco sabíamos que hacer para cambiarlo, aquella era la única existencia que habíamos conocido. Pintábamos el interior de nuestras casas de colores pero la realidad que nos construían en el exterior seguía enquistándose sin remedio.
Un día cualquiera mi amigo un millón doscientos veintisiete mil cuarenta y tres se dibujó un corazón verde sobre la piel del pecho. Salió a la calle siendo el mismo número de siempre, con la plomiza camisa tapando la rebeldía, se le intuía distinto. Era una forma de caminar, una media sonrisa ocultando algo… parecía uno de esos niños a los que la escuela aún no ha podido enseñar a no divertirse. No podíamos dejar de mirarlo y no sabíamos por que. Antes de llevárselo preso me confeso su pecado y sentí miedo al saberlo, que no se me notase la rareza, que no empezase a comportarme como si no hubiese perdido la esperanza…
Borré mis huellas de todos los colores felices de casa. Pinté las habitaciones de tristeza, quemé mis ideas y empecé a pensar igual que me comportaba, todo fue inútil. Los perros siguieron su rastro hasta dar conmigo.- señor tres billones setecientos seis mil, se le acusa de intentar ser diferente.- y acabé atrapado en una prisión más pequeña. Yo no había hecho nada pero era tarde para defenderme.
Le pusieron precio a mi libertad; cada idea revolucionaria que entregase, cada cachito de inteligencia que les diera equivaldría a diez minutos menos de condena. Cumplí siete de los ocho años y pude salir a un mundo muy distinto al que abandoné. Nos habíamos sacrificado y la ciudad parecía haberse contagiado de nuestro esfuerzo. Todo se había llenado de color y ya no era la tumba que abandoné. Helicópteros de limpieza lanzaban cubas de pintura allí donde empezaba a deslucir. Ríos de colorante impregnaban cada calle, arrastrando a los transeúntes que también quedaban teñidos en la operación. Los responsables de la ciudad la habían pintado de optimismo y los perros velaban por que nadie manchase las paredes de verdad. Nuestro incidente les sirvió para darse cuenta de que la ilusión de libertad nos tendría mejor controlados que el desánimo, el sistema nos había integrado a su manera, habían transformado la ecuación para un mismo resultado.
LaRataGris

Escrito por laratagris 










