Aún me quedan migajas de pan sobre el corazón. Es del último segundo que le vendí al traficante de trabajadores, para poder comer una punta de pan duro y darle miel a mis cachorros. Recojo con sumo cuidado las migas amargas, una a una para ver si puedo resistir con ellas y no necesito volver a prostituirme por cuatro monedas.
Con hambre me siento medianamente satisfecho, lo suficiente como para no necesitar que vuelvan a venderme.
– Tendrás que venderte- me dijo el esclavista- esto es un todo o nada.- si me voy no podre regresar famélico, nadie querrá volver a comprarme.
– ¡Que les jodan!-me hubiese gustado tanto gritárselo, hacer algún gesto obsceno con las manos, sacarle la lengua de una forma pueril e inmadura. En lugar de hacer lo que me pide el corazón lo entierro de nuevo en las miguitas que había recogido, no quiero tener que verlo mientras vuelvo a prostituirme. Me malvende para que pueda llorar por las noches.
Habito las tierras yermas del extrarradio, dos veces excluidas por ser limítrofes a la gran ciudad que la ignora y periféricas a la vida de su propio núcleo. Pertenezco a una tribu mixta, mitad nómada mitad sedentaria: que cada día recorre kilómetros y kilómetros por la caza de unas pocas monedas y cada noche regresa a la vergonzosa ciudad dormitorio en la que se esconden los sueños.
Colecho en la cama vacía que siempre está ocupada. Dormito sobre el recuerdo de con quien no puedo coincidir más que en un: Buenas noches, buenos días; antes de desaparecer en el frío del trabajo o en la ausencia de las sabanas.
Soy habitante de la nada, ni de aquí, ni de allá. Apátrida de coraza blindado y de cuerpo en venta. Uno de los que ganan sudor con el esfuerzo de su pobreza.
Llevaba una camiseta con un cristo del sagrado corazón, un tío con barba, solía llamarle. Sin dinero hasta los más ateos pueden parecer creyentes, si la ropa que donaron a la parroquia lo propicia o si el sueldo justifica los hábitos.
No le daba el sarpullido que esperaba, pero tenía que dar demasiadas explicaciones en cuanto reconocían al personaje famoso, Jesus. Eso si, siempre era una buena entradilla para predicar su buena nueva, ¡ Dios no existe!, que en realidad no era nada nuevo pero si una buena y vigente, urgente, necesidad el transmitirlo antes de que otro incauto picara, ya había demasiada oveja en el redil.
Vicente había empezado a trabajar sin cobrar en una fábrica muy prometedora, le prometo que si lo hace bien, le decían, si no rechista, si cumple, si se plega, si…llevaba ya tres meses así y empezaba a estar harto. El Cristo de su camiseta se había borrado con el sudor de su frente y, dignificado, esperaba que le lanzasen alguna miseria que pudiese roer. Tengo tanta hambre, rugían sus tripas, que aguantare un poco más para ver si compensan mi dedicación y altruismo. Pero la recompensa no llegaba y murió de inanición.
Lo recibieron en la fosa común, vestido con sus mejores galas, su camiseta desgastada y unos pantalones del uniforme que no había devuelto. Algún día, le decía siempre un fantasma que le había tocado como compañero, nos levantaremos como un sólo muerto y expropiaremos los mausoleos, seguro que la gente de los nichos de clase media nos apoya. Pero Vicente callaba por que ya sabía que o se había hecho en vida o, si no, uno se muere y se lo queda como un recuerdo de lo que pudo sin suceder.