Olvida

10 noviembre 2011

Olvida


Lobo feroz ( revisitando caperucita roja)

31 agosto 2011

Los lobos no tenemos nombre, nos acompañan adjetivos que nos definen e intentan diferenciarnos a los unos de los otros. Somos salvajes, sanguinarios, voraces, brutales y crueles entre otros muchos miedos. Pero nos cuelgan el apellido y luego nos confunden entre todos. Yo soy el lobo feroz, en realidad uno de tantos, y esta es la historia de siempre, mi leyenda. Se ha contado tantas veces, se ha hablado tanto de ella, que ya ha dejado de ser verdad. Son habladurías, estupideces, cuentos para antes de ir a dormir.

Caperucita era una presa fácil, tan roja en mi bosque de marrones y verdes. Se paraba a cada instante a mirar las nimiedades de las flores, cantaba y silbaba como si provocase mi hambre… yo tenía tanta que me la hubiese comido de un solo bocado, aún así fui paciente. Espere mi turno, a tenerla en casa de la abuelita, alejada del camino y del cazador. Me creí muy listo pero ella lo fue más. Todo aquel mostrarse, el llevarme por la senda de las prisas me dejo a merced del trampero. Ella fue el cebo y yo mordí sus tiernas carnes llenas de veneno. Cuando me quise dar cuenta estaba en una jaula, en dirección a un zoo en el que exhibir mi ferocidad. Allí me convertí en el malo.

Mi estomago seguía rugiendo por que le diera algo y los niños estaban lejos y apetitosos. Sus madres les advertían sobre mi, me provocaban tras las rejas sin acercarse lo suficiente.

Aquella historia me había hecho tanto daño, la había escuchado tantas veces que empecé a asumirla. Lloraba cada vez que intentaba cazar algo. No importaba la trampa que me habían tendido, las mentiras que contasen para justificarse. Yo las conocía y aún así me sentía culpable por necesitar comer. Les pedí que me atasen, que me lanzasen en una bolsa, con el estomago lleno de piedras, a un río profundo para no tener que seguir sufriendo. Pero mi pena no era importante, ellos seguían necesitando un enemigo sobre el que contar sus victorias y volvieron a alimentarme…

LaRataGris


Tiempo de siembra.

8 mayo 2011

Apenas juntaron un poco de nada, un algo de insignificancia, menudencias y boberias, una montañita minúscula. Llegaba a la altura de un tobillo y en ella estaban los ahorros de todo el pueblo, su promesa de comida, las semillas de mañana.

Cada cual cogió con mimo la proporción adecuada para su familia, la plantó, cultivó y esperó… cada persona se sentó a verlas crecer. Todos menos el usurero. Contaba sus ganancias, sus castillos de dinero no cabían en una sola habitación, se multiplicaban hasta donde alcanzaba la vista. Que listo había sido al cambiar cuatro puñados de granos por todas aquellas riquezas que jamas se agotarían.

Llego el tiempo de la vida, del florecer y las semillas se habían extendido por todo el valle. Sus plantas colonizaban cada rincón, daban frutas, verduras y nuevo simiente para la siguiente cosecha. Dejaron de depender del avaro, construían sus vidas del esfuerzo propio, intercambiaban lo que les sobraba y sólo les faltaba dinero, aunque ya no era necesario para tristeza del prestamista.

LaRataGris


Corre

18 febrero 2011

corre


Las flores del sueño

11 febrero 2011

El campo de la soledad

 

No recuerdo cómo llegamos a este yermo, si lo hicimos a la vez o por separado pero, un día estábamos los dos necesitándonos. Empezamos a rellenar carencias hasta convertirnos en una sola persona, sobreviviendo a aquel infierno de soledad con la suave caricia de nuestros labios. Si se nos llevaba el viento nos cogíamos de la mano, nos atábamos a la tierra y curábamos las heridas del golpe. Si uno sentía el miedo girándole el estómago, el otro se acurrucaba a su lado, temblando, lloriqueando,…consolando.

 

Nos perdimos mil veces en ese desierto antes de admitir que jamás tendría fin aquel rojo abrasador. Moriríamos allí en cuanto dejásemos de poder comernos, cuando nuestros cuerpos no regenerasen por las noches todo lo que nos alimentaba de día. Construimos nuestro hogar junto al único árbol que vimos después de rendirnos. Levantamos paredes de nada, acostándonos a dormir sobre el suelo rojizo mientras nuestro techo de nubes nos protegía de la lluvia de estrellas. Amanecíamos abrazados, soportando el frío del silencio.

 

miedo

ilustración de Juan Kalvellido y Maria Jose Daffunchio

 

El camino de las hojas

 

Cada mañana brotaban del árbol cientos de brillantes hojas de vivos colores. Parecían gritarle al hiriente monocromo del lugar. Una pequeña esperanza de vida tan efímera como los segundos que nacen para morir al instante. Como si fuese primavera y otoño a la vez se asomaban para caer y dejarse llevar por el viento. Nada las retenía, no quedaban recuerdos de su paso, se perdían en el horizonte. Al atardecer sólo quedaba un árbol calvo, de tronco rojo y enfermizo, como si la luz hubiese sido un sueño transitorio.

 

A fuerza de repetirse la fantasía, de formar parte del espectáculo matinal, fuimos construyendo en nuestra mente la idea de que, a lo mejor, era real. En un acto reflejo despertábamos sin nada que hacer, con los ojos enfocados hacia sus ramas. Seguíamos con la mirada su recorrido hasta verlas desaparecer, siempre en la misma dirección, una supuesta salida del infierno.

– Tal vez- me susurró desesperada de aquella cárcel sin muros- si realmente no es un sueño… puede que estén huyendo, que conozcan un camino y…quizá si las seguimos podamos escapar nosotros también.

La até tan fuerte como pude, como siempre habíamos hecho, asustado de que se la llevase la misma brisa que a las hojas. Le hablé de cuando buscábamos el final de la prisión, de cómo destrozamos nuestros pies para seguir estando en medio de la nada.- Es un camino de viento, solo tendríamos que dejarnos llevar pero, desaparecería dejándonos caer o, en sus caprichos, nos abandonaría a distintas corrientes, nos separaría dejándonos huérfanos. Es mejor olvidarnos…aceptar de una vez nuestra situación-.

 

Pasaban los días y parecía incapaz de sentirse viva. Se tumbó a los pies del árbol, se hizo un nudo en los labios y me quedé solo. En sus ojos se leía la pena de verse atrapada. Lamí sus heridas como siempre había hecho, pero esta vez se negaba a sobrevivir. Regué sus labios con mi sangre, intenté alimentarla.

 

Acaricié su rugosa piel con dientes afilados. Su cuerpo ya no regeneraba mis mordiscos, su carne se volvía insuficiente y poco gustosa. Me cansé de cuidarla.

 

Empecé a tener siempre hambre. Mi cuerpo se retorcía hueco, se hacía pequeño y me costaba moverme. Miré a mi alrededor siempre igual. Ya no tenía sentido poder caminar. Brotaron raíces de mis piernas, se formaron ramas en mi cabeza y me convertí en un árbol como el que nos había cobijado, fue lo único que se me ocurrió para poder resistir.

 

Las hojas de viento.

 

Un día ella se levantó. Comenzó a caminar ligera sin el peso de su cuerpo. Bajo sus pies ya no quedaba mundo. Surcaba la senda del viento, rodeada de hojas multicolores que seguían su mismo camino. Avanzaban los kilómetros y empezaron a perder su color, se hacían transparentes, más suaves y delicadas. Se convertían en hojas de viento y se disgregaban libres. Su imagen también cambiaba, poco a poco se volvía invisible, desaparecía igual que mis flores del sueño en cada amanecer.

 

 

LaRataGris.




Dañado

21 enero 2011

Dañado


Festín

24 diciembre 2010

Festín


El fin de las clases sociales

16 enero 2010

El fin de las clases sociales


Pequeño

23 julio 2009

No era cierto que Rubén viviese en una casa tan pequeña. No podía ser porque era humanamente imposible caber en ella. Ya no sólo él, había que contar con los muebles, el polvo acumulado, el aire, el sonido, cosas tan ridículamente diminutas como un electrón, pero que también necesitan suficiente espacio para llegar a estar. Y, por supuesto, precisaba de un pequeño margen como para que Rubén pudiese respirar. Así que, definitivamente, aquella posibilidad no podía ser cierta y, sin embargo…

Si se quedaba tumbado, llegaba a cualquier rincón. Sólo tenía que encogerse ligeramente para no estar ya fuera al intentar coger algo. Hoy podría no levantarse de la cama, hacer toda su vida desde ella. Conseguir el poco desayuno que quedase en la cocina y no ir a trabajar. Al fin y al cabo, ya ni se acordaba de la última vez que le habían pagado con la excusa de la crisis. Su único incentivo era la promesa de seguir teniendo trabajo una vez se fuesen las vacas flacas. Por desgracía, las facturas no entendían los compromisos a largo plazo y Rubén se iba ahogando cada vez más.

Se miró, vestido ya estaba. De hecho siempre lo estaba desde que las polillas aprovecharon un despiste para dar buena cuenta de su pijama (él mismo se lo hubiese comido de haber llegado primero).

– ¿Por qué no ir?- pensó. Hasta la fecha se había dejado llevar por la corriente y eso era algo difícil de cambiar. No tenía el hambre necesaría como para replantearse según qué cosas, eso llegaría en un par de días, pero para entonces estaría demasiado débil como para levantarse.

Ya en pie se caga en todo por haberse golpeado contra el techo, da gracias por el pan duro que le destroza las encías y sale corriendo para no llegar tarde, puede que hoy sea el día en el que le vuelvan a pagar.

LaRataGris.