Carita de cuarentona, con los labios pintados de pomelo y la mirada ácida y cansada a partes iguales. Camisa de secundaria, con balcón a unas tetitas pequeñas y caídas, pantalón demasiado estrecho, marcando tirachinas, botas de motera con no más de treinta. El pelo ralo de rata rubia de bote y en su mente una pregunta atormentándole-¿ qué más puedo hacer para detener el tiempo?-. No es la lentitud, ni que las cosas sean cada vez más apagadas; sólo su bonito cadáver, el que dirán, que sea siempre bello, el poder ser apabullante por un infinito; como en las fotos del calendario. Ella fue diciembre en todos los talleres del setenta y siete, algunos se negaron a quitarla cuando acabo el año y se quedo como un resistirse al futuro que, al final, a amarilleado todas aquellos papeles. Las mismas revistas que ahora la olvidan se rifaban sus sonrisas y ahora qué puede hacer?
Ahora que solo miran para reírse, cuchichean, la critican por no haber sabido envejecer. Con su cuerpo desbordado, los colgajos gelatinosos y los surcos entre los que se esconde el maquillaje. Se pasa el día llorando, vigilando los retratos de otros otoños, entonces eran primaveras – que no se estropeen mis recuerdos-, allí piensa que puede vencer por que nadie le ha dicho que ya no le quedan victorias en la manga. Y no son sus caderas generosas, ni su piel manchada,… todo lo que ella cambiaría se corresponde a la realidad, esta aceptado. Son las telas que no consiguen ocultarla, su parecer un payaso triste, un esperpento a la moda, un algo que no debería preocupar a nadie, igual que a ella que debería vivir en su siglo sin más. Pero somos un universo de misses frustradas, de cadáveres que aspiran a ser la próxima foto en el calendario.
Se queja mi ojo izquierdo que ha mirado por encima de sus posibilidades, que esta cansado y palpita hinchado para que lo cierre, lo deje descansar y pueda ver la luz de un nuevo amanecer.
-Salvaje.- espetan mis labios- no hables, mira, continua y revienta si es necesario. No ves que hay otro esperando. Sacara el trabajo de dos si tu estallas, si te paras. Vamos- lo azuza empujado por el cerebro que insiste en controlarlo todo.
– Revienta, revienta, revienta…- caminan las piernas, se retuerce el cuerpo para que no descanse- que tome vitaminas, que se engañe, que se crea sano aunque se pudra por dentro. Que trabaje y, si no, que lo arranquen las manos, que lo muerdan los dientes, que se joda por estar siempre enfermo, siendo el malo que no hace caso, queriendo dormir con todo lo que hay por hacer.
De mis encuentros pequeños con gente que no quiero, de mis palabras calladas y mis excusas sinceras por irme, alejarme y liberarme. De todo lo indeseable, de mi diccionario de exabruptos, de mis ganas de no repetir el comportamiento tóxico de escuchar venenos y envenenarme, de las pesadillas, los fantasmas enemigos, las garrapatas insidiosas y los vampiros poco elegantes vestidos de marca y dinero. Del que quiera entender, de mi ser hipócrita, de lo peor que me carcome para hacerme claro sabiendo que tejen mentiras suaves arañas de terciopelo. De mis tumbas cavadas y mis muertes anunciadas. De la absoluta mitad de vida que no me gusta y no lucha.
Sueños de gata.
Pensamiento sucio,
a veces.
Mirada sibilina y
siseante.
Mira y siente,
pero no ve.
La gata saborea
e, insistente,
se seca el pelo
que antes lamió.
Lame, sesuda y,
mientras se limpia,
se asombra
y se asoma
a la vida
tras la reja azul.
Acercaos mis niños y niñas, escuchad sobre la imaginación y la creatividad que os están robando para que podáis ser buenas hormiguitas:
Cuando Alicia era tan pequeña como un ratoncito de tres años fuimos a una actividad organizada por la navidad, a los centros comerciales les encanta mantener a los cachorros entretenidos mientras los adultos compran y compran y compran infinito amor de consumo rápido. Ella, siempre que veía un enjambre de niños entretenidos, insistía en acercarse y jugar como una niña normal. Yo me quedaba a su lado mientras ella adornaba algún árbol con ceras de colores, hacía brillar las estrellas con purpurina o no decapitaba a tres reyes… Escogió un calcetín de los que cuelgan en las chimeneas de muchas series y se sentó junto a un grupo en edad escolar, de los que ya saben como van las cosas.
Alicia miró todos los materiales a su alcance y se decidió por un color tan negro que se comía todas las líneas del dibujo; convirtiendo su calcetín navideño en uno desparejado, corriente y moliente. Sus improvisados compañeros comenzaron a reírse, se daban codazos y señalaban aquella locura. Ella, sin darse cuenta, continuo hasta que todo fue una mancha y pudo dejar la cera. Acto seguido cogió un bote de purpurina y trazo varias cenefas que silenciaron las burlas. Ninguno de los niños adiestrados hubiese sabido hacer aquello. Les habían enseñado que el color, que el no salirse de la línea, que lo raro…ahora intuían sin saber por que, tenían que desaprender a ser hormiguitas.
Entró; la puerta se lo permitió. Se abrió lentamente para dejarle pasar, lo complicado era poder salir. Ya era una puerta vieja y cascarrabias que chirriaba cada vez que la empujaban, estaba Rota y no funcionaba como deben funcionar todas las de su especie.
Al principio intentaron arreglarla, era inaudito una puerta que unicamente sirviese para entrar, ni tan siquiera se respeta a las que tienen un cartel para obligarlas a esa única función que decir de una sin cartel, ni cerrojo o cerradura…quisieron domarla sin que ningún técnico encontrase una solución. Al tercer diagnostico se cansaron de intentarlo y colgaron un prohibido el paso que, como podrás imaginar, nadie respetó.
Los hombres y mujeres allí encerrados empezaron a vivir en su pequeño país, colonizaron las tierras de todo el edificio. Cada nuevo inquilino era recibido con ilusión, avasallándolo con preguntas sobre el exterior. La vida se reproducía.
Como ya he dicho entró. Era un mundo asfixiante, sin horizontes. Se pasaba el día frente a las ventanas, soñando su antigua vida en los coches fugaces de la calle, cada transeúnte parecía el reflejo de alguien que había conocido, cada edificio era otro lugar lejos de aquella prisión- rompamos los cristales-. La idea surgió de la nada, alimentaba sus esperanzas incluso cuando el consejo se lo prohibió. Para ellos las ventanas no eran más que un televisor natural de la vida, no estaban hechas para escapar.
Ella, Libertad, siguió rondando aquella idea, respirando contra los ventanales y trazando planes sobre el vaho. Su melancolía enfermiza comenzó a calar entre los más jóvenes y, los adultos, hicieron lo único que es plausible con la mala hierba.- No tenemos otra opción- se lamentaron…
Bajaron al sótano donde el suelo,aún sin habitar, los recivió amoroso. Sobre sus paredes escribieron su nombre y la frase- lo que es no ha de cambiar. Lo que es sera.